LA CASA DE PATRICK CHILDERS (Novela) Mondadori, Barcelona, 1999

CEMENTERIOS DE ELEFANTES
IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN
Al principio de la novela, recuerda el narrador una vieja película de Tarzán en la que un buscador de marfil sigue a un elefante herido hasta el cementerio de elefantes que hará de él un hombre rico. Y añade “Años más tarde sufrí una gran desilusión al enterarme de que lo del cementerio de elefantes era un mito alimentado por la Metro-Goldwyn-Mayer”. Mito o no, lo cierto es que la idea del cementerio de elefantes parece ser el germen del nuevo libro de Lázaro Covadlo, autor argentino residente en Sitges desde hace veinte años. ¿Qué es lo que lleva a su protagonista, el próspero empresario Raúl Ramírez Collado, a recluirse en una antigua y solitaria mansión, habitada sólo por el fantasma de su primer propietario, Patrick Childers, que se quitó la vida colgándose de una cuerda? La muerte. O, mejor dicho, la casi inminencia de la muerte. Como el elefante herido de la película de Tarzán, Raúl busca un lugar en el que morir en paz, libre de la enojosa compañía de enfermeras, médicos y familiares. La nueva novela de Covadlo es un libro sobre la muerte, sobre cómo el ser humano se prepara para el momento en que tendrá que encontrarse con ella.
Pero la nueva novela de Covadlo es también un libro sobre el sexo. Desde la primera a la última página, La casa de Patrick Childers habla de sexo y de deseo, de ese sexo que se mantiene vivo incluso en la proximidad de la muerte y ese deseo siempre impetuoso que ha marcado de forma determinante la existencia del protagonista. No es, por supuesto, la primera vez que sexo y muerte aparecen tan íntimamente unidas en una obra literaria: se diría más bien que el uno no puede entenderse sin la otra. Lo que sí resulta original y novedoso es la naturaleza de esa unión, el tratamiento humorístico, burlón, radicalmente irreverente con que Covadlo aborda un tema literario que la tradición literaria suele asociar con los modos campanudos de la tragedia. No hay en La casa de Patrick Childers aliento trágico sino nihilismo zumbón y un antisentimentalismo y un descreimiento tan viscerales que ni uno solo de los párrafos del libro puede escaparse de ellos. ¿Sexo y muerte? Claro que sí, pero reducidos a meras funciones corporales, como nacer, defecar o dormir. ¿Entienden ahora por qué hablaba de nihilismo zumbón?
Nadie podrá negar que Covadlo posee una manera de interpretar la realidad, una visión del mundo singular y personalísima. Se percibía ya en los magistrales cuentos de Agujeros negros y en las desiguales novelas Remington Rand y Conversación con el monstruo, lastradas ambas por una trama errática y desmadejada. Vuelve ahora a percibirse en esta nueva novela, en la que, por suerte, el autor ha logrado ganar la batalla a todos esos problemas técnicos. Lo ha hecho, además, de la forma más sencilla: reduciendo esa trama a su mínima expresión. Es decir, eliminando historias superfluas y concentrándose en un foco narrativo central. El acierto de Covadlo en esta novela consiste en haber partido de un planteamiento tan sencillo como el siguiente: coloque usted a un personaje determinado en una situación determinada, agote todas sus posibilidades narrativas y tendrá una buena novela. Eso es lo que ha hecho con La casa de Patrick Childers y eso también lo que ha conseguido: una buena novela.
No estoy diciendo, sin embargo, que la novela carezca de un hilo argumental. Por supuesto que lo tiene. La casa de Patrick Childers narra el progresivo cumplimiento de una antigua aunque pocas veces formulada profecía según la cual el alma de Patrick Childers acabaría ocupando el cuerpo de otro ser humano, que naturalmente no es otro que Raúl Ramírez Collado. Éste escribe su propia historia entre las líneas del cuaderno en el que aquél redactó sus diarios, y los textos de uno y otro, como sus propias identidades y biografías, se encaminan hacia una fusión que se nos presenta como inevitable: la fusión de dos fantasmas, la del fantasma del hombre que se ahorcó en esa misma mansión y la del que ahora espera la muerte entre sus paredes, atento nada más a su propio organismo, a los recuerdos que convoca su memoria y a los ruidos de las ratas que le hacen compañía.
Este breve resumen del argumento habla a las claras del propósito de Covadlo de instalarse en un terreno bien delimitado: el de la literatura gótica y de terror. Pero parece evidente que las cosas no podían ser tan sencillas. La casa de Patrick Childers es, sí, un cuento gótico pero descalabrado y vuelto del revés: una divertida parodia del género. La casa de Patrick Childers es, también, una novela de terror en la que no queda ni rastro de ese terror y que nos coloca más cerca de la risa que del miedo. Un libro de humor, en definitiva, cuya comicidad como en todas las grandes obras humorísticas, surge de un conocimiento preciso y cabal de las debilidades del ser humano. No podía ser de otro modo, dada las características de su narrador y protagonista, un viejo sátiro y egoísta que no tiene empacho en presentarse como tal y que, a pesar de eso (o tal vez precisamente por eso), nos resulta simpático desde la primera a la última página.
ABC CULTURAL. Madrid, 18/12/1999
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EL HUMOR GROTESCO GANA LA PARTIDA
En uno de los cuentos más desasosegantes de su muy memorable libro de relatos Agujeros negros,
Lázaro Covadlo, escritor argentino afincado en España, se adentraba en los ominosos recovecos de la mente de un niño loco. Aquel esquinado viaje iba parejo a un sentido del humor desaforado y cruel (muy al estilo de Saki, un malicioso humorista británico que ignoro si será de su gusto).
La casa de Patrick Childers, última novela del autor y la que sigue a Agujeros negros –Conversación con el monstruo y Remington Rand, una infancia extraordinaria eran recuperaciones españolas de dos novelas publicadas originalmente en Argentina en 1993 y 1997–, sigue el camino abierto por el cuento antes mencionado: misma atmósfera gótica, misma indefinición en su geografía (pese a pequeños detalles costumbristas, el marco de la novela es fantástico), misma neurosis obsesiva de su protagonista (allí un niño, aquí un lúbrico sexagenario).
La diferencia es que aquí el humor grotesco ha ganado la partida. Un humor que no es sólo una cuestión de tono, sino la verdadera clave de la obra. No importa tanto la realidad como la fantasmagoría que ésta es capaz de generar. La forma adoptada es clásica, una novela gótica a la que sólo le faltaría una institutriz como protagonista. En su lugar, un industrial en crisis que se traslada a morir al imprescindible caserón cuyo último morador fue el presumiblemente maligno Patrick Childers.
Pronto aprenderemos a desconfiar del narrador: ¿un monstruo de mezquindad o sencillamente un paranoico con imaginación? Pocas cosas hay seguras en esta novela voluntariamente engañosa. Covadlo siembra el relato de pistas que sugieren más que apuntan. Así, el lector que se empecine en leerla como una historia clásica quedará defraudado. Su enigma sirve como decoración, no como razón de ser, y de ahí su modernidad. Sólo hay un miedo perdurable, parece decir Covadlo, el de la propia muerte. Y con eso no bromea. Con el resto, sí.
ELENA HEVIA
EL PERIÓDICO DE CATALUNYA (Libros), 3 de diciembre de 1999
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Lázaro Covadlo es uno de los pocos y felices hallazgos literarios que nos ha deparado, en el ámbito de la literatura hispánica, este ecléctico y soso fin de siglo. Los relatos de Agujeros negros le valieron el unánime aplauso de la crítica; Conversación con el monstruo lo
reveló como un versatil novelista; ahora La casa de Patrick Childers confirma sus excelentes dotes narrativas y, simultáneamente, lo imprevisible de sus planteamientos literarios. Porque estamos ante una sorprendente mixtura de novela gótica, experimento metaliterario, cuento de iniciación tardía y relato de humor, todo en el mismo frasco y convenientemente dosificado. Raúl Ramírez Collado, empresario industrial y millonario, se cree desahuciado y decide morir en la mansión de un siniestro suicida llamado Patrick Childers. Su fantasma –el fantasma de Childers– no tardará en hacerle compañía. Entretanto, Ramírez huronea en los diarios del muerto, escritos en gaélico, y escribe el suyo propio entre sus líneas, de manera que todo se entrelaza. Una regocijante historia donde la gravedad y la ironía juegan a confundirse (Mondadori, Barcelona, 1999).
JOSÉ FERNÁNDEZ DE LA SOTA.
PÉRGOLA, suplemento literario del diario Bilbao.
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“CARPETOVEGÓTICO”
Un acto de fe; sobrellevar el engañoso título y tan discutible portada, sumergirse en la prosa de Covadlo con la sonrisa a media hasta y permitir que sea su historia, de un neogoticismo pseudo paródico —
algo así como Alfredo Landa interpretando Otra vuelta de tuerca—, la que conduzca a mejores juicios y mas altas muecas de regocijo. Alguien sugiere esperpento, y desde luego que lo hay —la comunidad de seres marginales y promiscuos se mueve entre el hallazgo y la recuperación de los ambientes propios de Max Estrella—, pero son legión los apuntes, ingredientes que asoman en el momento justo para, sin estridencias, seducir al lector. Priman Dorian Gray y una pizca de fantasía sabatiana —si bien se ningunea la tragedia con fervor—, en realidad de elementos unificadores del relato; por detrás, un discurso que postula la fidelidad al amor y al odio como reafirmación de la personalidad, principalmente la cara de póquer que uno debe exhibir al encuentro con su suerte última. Flirtea con el cinismo esta disposición, mas el desencanto no deja de configurar la humanidad de un personaje al que, tras amplio ejercicio de voluntad, le llueven por doquier. Como a todos.
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Argumento:Destino de ratas
Aquejado de una grave enfermedad, Raúl Ramírez se re—
cluye en la mansión de Patrick Childers con la esperanza de morir en paz y soledad. Mas los fantasmas no tardan en hacer acto de presencia; transitan los recuerdos puntuados por la lectura del diario de Childers mientras, de puertas afuera, bulle la humanidad pachanguera del vecino pueblo de parias. A estas alturas, Ramírez decide expirar de sexo con la carnosa Florencia, descubrir qué misterios alberga el palacete de marras y evitar como si fuera la peste su destino de enfermo sin voz ni voto. Claro que cuando del destino se trata...
MILO J. KRMPOTIC
QUÉ LEER, Barcelona, enero 2000
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Un hombre solo se enfrenta a una muerte anunciada.
Raúl Ramírez, a quien le ha sido diagnosticada una enfermedad en estado terminal, decide pasar los últimos días de su vida en la misteriosa casa que perteneció a Patrick Childers, un macabro personaje que antaño se suicidó y cuyo retrato, como testigo del tiempo, cuelga de una de las paredes. Entre las paredes de la casa, Raúl, a quien la dolencia no le merma ninguna de sus facultades físicas, rememora sus escarceos sexuales con Carmen, una antigua enfermera con la que mantuvo una relación matrimonial paralela a la de su esposa legal, Teresa. Tal evocación tiene como función atestiguar la extraña y poderosa energía de quien, sin embargo, se sabe en ese espacio fluctuante y fronterizo, que separa la vida de la muerte.
Para Raúl Ramírez, enfrentarse con la muerte supone, por encima de todo, una lucha contra el indigno deterioro de la carne. De ahí su necesidad perentoria de mantener el estímulo sexual en vilo, aunque sea de memoria y en solitario. Y de ahí también, probablemente, que los fantasmas que pululan por la novela —los que pertenecen a la casa y los que surgen de la imaginación del protagonista— gocen de tanta presencia física que se confunden con personas de carne y hueso. Hallándose en camino hacia el fin de la carne, Raúl no puede menos que observar el mundo como materialidad gástrica finita (“Piense usted en que en unas pocas horas ese animal que nació de madre y gozó y sufrió, estará convertido en cacas diversas que saldrán de nuestros heterogéneos intestinos”) y con el apremio de la sexualidad en vísperas de desaparición.
Además de sumergirse en sus recuerdos, el protagonista se dedica a repasar los diarios de Patrick Childers. A partir del momento en que Raúl encuentra las memorias del antiguo dueño de casa, la novela pierde en escatología y gana en urdimbre argumental. Pertrechado de recursos estilísticos que proceden tanto de la novela gótica —un tanto parodiada— como de la detectivesca, Lázaro Covadlo opta por enfrentarse a una trama de identidades cruzadas. Las vidas y los recuerdos de Raúl Ramírez y Patrick Childers se entrecruzan; y en los momentos de máxima tensión narrativa es difícil saber a cuál de los dos pertenecen los recuerdos, las esposas —Teresa y Florencia—, las vivencias y las identidades textuales y psicológicas.
¿Novela gótica o relato escatológico, entendiendo el adjetivo en su doble acepción griega: como transformación de la materia y como doctrinas referentes a la vida de ultratumba? Una vez más, Covadlo apuesta por una escritura que pretende, si no borrar, sí al menos difuminar las ya de por sí dudosas fronteras genéricas. Pero subraya también, de paso, que la importancia de su proyecto literario reside en el placer de contar, sin perder de vista el juego intertextual con otros relatos y personajes (desde Tarzán hasta Dorian Gray) que le sirven para marcar los límites de su voluntad creadora.
KARMEN OCHANDO AYMERICH
LATERAL, Barcelona. Marzo 2000

Recopilación de artículos, comentarios, críticas y reseñas, publicados en los diversos medios, sobre los libros ya editados del escritor Lázaro Covadlo. Formulados por Enrique Vila-Matas; Sergi Pàmies; Juan Bonilla; Ignacio Martínez de Pisón; Marcos Giralt Torrente; Daniel Celis; José Fernández de la Sota; J.A. Masoliver Ródenas; Santos Sanz Villanueva; Francisco Casavella; Javier Memba; Edgardo Dobry; José Francisco Ruiz Casanova; Elena Hevia; Nuria Navarro; Rosa Mora; Karmen Ochando Aymerich; Patricia Rodón; Carlos Ramos Catalán; María Luisa Miretti; Arturo García Ramos; Milo J. Krmpotic; Pablo Ingberg;Ana Sousa; Jorgelina Nuñez; Luis Alonso Girgado; Sergio Criscolo, Matías Néspolo y Sérgio Almeida.