CRIATURAS DE LA NOCHE (Premio Novela Café Gijón 2004) Acantilando, Barcelona 2004

CUATRO RAZONES PARA LEER A COVADLO
Por algún misterio inextricable, los premios de
narrativa y la calidad literaria parecen estar reñidos desde hace ya tiempo. Me refiero a los galardones a obra inédita y con dotación económica. Y mayor es la contradicción cuanto mayor es el monto en juego y la proyección mediática del certamen.
Como la excepción hace a la regla, me ocupo hoy de Lázaro Covadlo (Buenos Aires, 1937). Más que una crítica rigurosa, lo que sigue es un alegato tendencioso destinado a todos aquellos lectores advertidos que, ante el último libro del argentino, se vieran tentados a hacerlo a un lado con desdén, a causa de la pretenciosa faja que reza “Premio Novela Café Gijón 2004”. Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía. En este caso la desconfianza es injustificada porque se trata de una novela excelente, pese a la faja. Aquí van cinco razones para convencer al santo lector de leer a Covadlo, que la limosna es grande de veras y bien vale la pena arriesgarse.
Primero. Criaturas de la noche es una novela descabellada de pies a cabeza y, sin embargo, creíble. El protagonista, Dionisio Kauffmann, es un ex agente inmobiliario cuarentón y fracasado. Su especialidad es no saber cerrar el pico a tiempo. Una fría noche de invierno, una aguda vocecita reverberante se le instala en el oído. La voz funciona como una suerte de chivato ante la metedura de pata inminente y le dicta las palabras más adecuadas para cada ocasión. La suerte de Dionisio cambia de la noche a la mañana: amasa una sólida fortuna en bienes raíces, goza de los favores sexuales de tres mujeres alternativamente y la vida le sonríe.
Como la novela se mueve dentro de los márgenes del más pedestre realismo, el lector ensayará varias hipótesis para explicarse el fenómeno: alucinación auditiva, brote esquizofrénico o, llegado el caso, metáfora del gusanillo de la conciencia. Pues no, la sabia voz consejera proviene de una pulga parlante. Desde el romanticismo, la verosimilitud ya no depende de la mimesis, sino de la coherencia y adecuación de los elementos a la lógica de cada ficción. Y el elemento fantástico de la pulga no casa en este contexto. Sin embargo, la máquina narrativa de Covadlo funciona a todo vapor y ni siquiera rechinan sus goznes. De a poco se va imponiendo el absurdo más feroz y, aunque las reglas del juego de la narración permanecen inalterables, el verosímil se mantiene. Todo un logro.
Segundo. La pulga de Dionisio no sólo habla, también canta boleros, tangos y nanas y lo martiriza día y noche con sus cínicas peroratas. Su sabiduría viene de antiguo, es una criatura milenaria y fotofóbica. Transmigra de huésped a huésped al ritmo de la muerte. Sin embargo, no se considera un parásito; ha elaborado una compleja teoría de la simbiosis. Se alimenta de fluidos corporales: sangre, sudor, saliva, semen, que obtiene mediante el chantaje. Si el infeliz de turno no vela por aplacar su insaciable sed de flujos orgánicos, la pulga se declara en huelga de consejos.
Esta situación, sumada a las salidas de tono del insecto y a la desesperación de Dionisio, harto de su tirano auditivo, provocan un continuo efecto humorístico. Pero el espectro va desde la carcajada a la sonrisa amarga. Covadlo parece aunar sin fisuras la típica comicidad británica con el humor negro centroeuropeo. Por su origen judío hay quien emparenta su humor corrosivo con el de Kafka o Bruno Schulz, pero la cosa es más compleja. Ironía, sarcasmo, comicidad franca, patetismo y absurdo van de la mano en Covadlo y el blanco al que apunta son las miserias humanas.
Tercero. El vampirismo de la pulga invita a pensar en un ente de naturaleza maligna y en un pacto mefistofélico, pero esto es erróneo. El insecto va a lo suyo, como todo el mundo. Su cinismo es en el fondo puro pragmatismo que viene dado por su viejo comercio con la humanidad. Lo que a simple vista parece una fábula moral se trastoca. Covadlo no es un predicador ni un moralista, por eso invierte la moraleja. Nos invita a reírnos de los valores socialmente compartidos: sexo, poder y dinero, pero no los condena. Como no condena al infierno a su héroe. A lo sumo, Dionisio acaba identificándose con la filosofía y hábitos nocturnos de su consejera. Y el lector lo agradece.
Cuarto. Criaturas de la noche es una novela breve o nouvelle. La medida es adecuada porque no hay aquí una trama sólida que permita un desarrollo más ambicioso. Se diría que se trata de un cuento largo, engordado con astucia. Una crítica rigurosa se empecinaría en atacar este talón de Aquiles, pero en mi alegato tendencioso se transforma en el último argumento a favor del libro.
Covadlo es un maestro en las distancias cortas y sabiamente arriba aquí a la intermedia por sumatoria de trayectos. La anécdota de base le permite enhebrar situaciones desopilantes y sórdidas por partes iguales, con otros pasajes menos autónomos. Por ejemplo, una disquisición filosófico-humorística sobre el parasitismo o la historia de Erzsébet Báthory, la célebre “Condesa Sangrienta”, en quien habría morado antaño la pulga.
Si la lectura en clave moral se derrumba a las pocas páginas, quien busque sesuda reflexión, más allá del placer de la narración, se dará de bruces a mitad del libro. El absurdo y el humor corrosivo van encadenando un relato con aparente irresponsabilidad. Aparente, porque sí hay un compromiso tácito que regula uno y otro, el de la felicidad de la escritura. Y eso el lector lo nota.
Si mi alegato ha surtido efecto, seguro el santo lector con la suculenta limosna a cuestas irá a por más. En ese caso cabe recomendar otros dos títulos del argentino (radicado en Barcelona desde 1975). El libro de relatos Agujeros negros (1997) elogiado en su momento por Vila-Matas y Quim Monzó, entre otros; y la novela Remington Rand: una infancia extraordinaria (1998), una de sus mejores obras según los entendidos.
MATÍAS NÉSPOLO. Revista Clarín, septiembre-octubre 2005
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LA PULGA DE LA CONCIENCIA
SERES HUMANOS IRRESPONSABLES, PULGAS, VAMPIROS... CON MIMBRES INVEROSÍMILES Y FRÍVOLOS, COVADLO HA CONCEBIDO UNA BUENA Y DIVERTIDA OBRA
Narrador de origen judío, Lázaro Covadlo nació en
Buenos Aires en 1937, donde realizó estudios de Física, una pasión irónica por la ciencia que se transparenta en toda su obra. En 1975 se instaló en Barcelona. El libro de cuentos Agujeros negros (1997), su primera obra publicada en España, mereció los elogios de, entre otros, Sergi Pàmies, Quim Monzó y Enrique Vila-Matas. Elogios absolutamente merecidos y que nos obligan a regresar a novelas publicadas previamente en Argentina como La cámara del silencio (1973) o Conversación con el monstruo, finalista del premio Planeta Sur 1994, y a la colección de relatos Los humaneros, de 1965. En todos ellos la claridad expresiva contrasta con una extrañeza que surge, amenazadora y al mismo tiempo irreverente y divertida, de la realidad cotidiana para ponerla en entredicho. Todas estas cualidades reaparecen en el que es, con Agujeros negros, su mejor libro, Remington Rand. Una infancia extraordinaria (1998), con muchísimos puntos de contacto con Criaturas de la noche. Si allí un niño entre loco y brujo era capaz de manipular la conducta y las palabras de sus víctimas, ahora será una pulga la que actuará de forma parecida.
El desdoblamiento, la metamorfosis, la relación entre animales y seres humanos, las apariciones fantasmales, la sombra y las sombras y hasta el ángel de la guarda son fenómenos que se remontan a la mitología clásica o la Biblia para culminar en el Quijote, donde la locura permite expresar la más alta cordura y los más atrevidos pensamientos. Entre estas voces interiores está, naturalmente, el gusanillo de la conciencia y, ahora, en Criaturas de la noche, Pulga, que tiene el aspecto de una pulga vulgar, “salvo que soy aún más pequeña”. Por su longevidad, representa la historia, ya que “habité los primitivos caballos y bisontes y anidé en el oído de un bello mamut lanudo”, “en la parte del continente americano que hoy se conoce como México, salté al interior de la oreja de un murciélago, un vampiro, criatura de la noche”, y finalmente se instala en el oído de los seres humanos, entre otros Erzsébet, sobrina del rey Esteban I Báthory, conocida como la Condesa Sangrienta, gracias a la cual puede extasiarse con la sangre y el semen. Pues una de las peculiaridades de Pulga es que se alimenta de los fluidos vitales, que exigirá a cambio de sus consejos. Pues no sólo es la voz de la conciencia sino que da consejos que cambian el destino de las personas en las que mora para protegerse de la luz, condenada así a la invisibilidad.
“Fue una noche de invierno la primera noche que Dionisio Kauffmann creyó oír la vocecita.” Así empieza la novela, con voz centroeuropea, para narrarnos la conflictiva relación entre Dionisio, un hombre de cuarenta años con una enorme facilidad para meter la pata, y la que se convierte en su salvadora “hasta que la muerte nos separe”. El tono general debe mucho a la literatura infantil, por lo que hay de relación inverosímil. Pero las distintas situaciones que crea por un lado la irresponsabilidad de Dionisio y por otro la singular biografía de la pulga dan una especial dinámica en la que domina más el placer de la narración que las consecuencias, el juego más que la reflexión. Y si esta literatura invita al simbolismo y no cae del todo en él es precisamente por lo que hay de divertida frivolidad. Nos seduce la imaginación y el talento de Covadlo para mantener la inverosimilitud sin salirse de la normalidad intensificada por la pragmaticidad expresiva. El lector no sólo seguirá con agrado las cervantinas conversaciones entre Pulga y Krauffmann, ambos sensatamente extravagantes, sino algunas descabelladas escenas o historias: las del Club la Cumbre, sobre todo la de los expulsados al caer en la pobreza, y la estupenda historia de Erzsébet Báthory relacionada con el vampirismo. Un feliz divertimiento sobre la felicidad y la infelicidad humanas.
J.A. MASOLIVER RÓDENAS
CULTURAS (LA VANGUARDIA). Barcelona, Miércoles, 19 de enero 2005
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LAS AFUERAS / JUAN BONILLA
LÁZARO COVADLO
Lázaro Covadlo ha ganado el premio Café Gijón de novela con la obra Criaturas de la noche, que publicará El Acantilado. Me lo encuentro en Cádiz, en una calle del barrio de La Viña donde un loco da gritos, aparentemente intentando cantar flamenco, una loca vestida del Barça habla con sus fantasmas y la gente disfruta de una perfecta noche de verano. Está feliz, con ganas de quejarse de que el teléfono no nos deja hablar porque le solicitan entrevistas de todas partes. Lleva un par de días así. Dice que hoy ha bajado un poco la afluencia de entrevistadores, y se ha sentido un poco deprimido cuando el teléfono ha estado más de media hora sin sonar, hasta el punto de que no ha podido aguantarse más y ha llamado él a su mujer para no estarse callado.
Qué bien esto de ser escritor notorio, bromea. Y en cuanto al loco que canta en la calle de Cádiz y a la loca vestida del Barça, Lázaro Covadlo lo tiene claro: le encantaría poder preguntarles cosas, convertirlos en personajes, oírlos, acercarse a ellos. Ambos son el tipo de personajes que busca, que lo alientan a escribir, como un japonés mendigo que hay en Sitges ganándose la vida tocando una flauta inca y al que le dedicó algún texto. Me cuenta su jornada, llena de fitness y literatura, nada de televisión, no porque le haga ascos sino por problemas de antena. Se pasa el día ideando historias. Le cuentas algo curioso y te pregunta enseguida, con ojos hambrientos: vas a utilizarlo para escribir algo sobre eso. Es un apasionado del cómic y sin prejuicio sobre los best-seller ni los libros de culto. Dos de sus favoritos, de uno y otro lado sobre los que dispendia elogios: Las cenizas de Angela y El secreto de Joe Gould.
A la espera de leer la novela ganadora del Café Gijón, no es complicado recomendar al argentino Covadlo. Excepcional en las distancias cortas, ahí están sus libros Agujeros negros y Animalitos de Dios, es autor también de Conversación con el monstruo, de una novela mal definida como gótica que aún no he leído, y de un raro y divertido libro titulado La bodrioteca. Covadlo anduvo metido en una secta a la que le ha dedicado una novela aún no publicada: de la secta recibe sus peores diatribas, mensajes firmados por Paz Y Fuerza donde lo tratan de (sic) escrotorzuelo. Sabe reírse Lázaro Covadlo, y sabe alumbrar con ingenio y erudición la realidad cotidiana: sobre el mantel dibuja el árbol de la cábala y explica a partir del dibujo la filosofía de un partido de fútbol. Lo mejor de todo es que no le gusta el fútbol. Si se le pide un adjetivo que lo defina, elegirá el adjetivo perplejo. Y algo de eso tiene su literatura: una diáfana guía de perplejos donde abunda el humor y donde se nota que no hace ascos a influencias vengan de donde vengan. Un escritor capacitado para escribir una versión tan deliciosa del Fausto como él escribió, es un escritor muy serio.
Si hablamos de literatura argentina actual, citará algunos nombres, Aira, Fogwill, Piglia, los valorará generosamente, porque no sabe hablar mal de casi nadie, y luego corregirá todas sus apreciaciones diciendo, como quien cuenta un chiste que sabe que nadie va a entender: pero yo creo que el mejor de los argentinos soy yo. No es exagerado decir que, ante los cuentos de Agujeros negros, es complicado no estar de acuerdo con él. Ojalá el premio sirva para que su literatura perpleja gane lectores, ojalá siga sonando su teléfono cada tanto, ojalá las dos novelas inéditas salgan pronto a la luz, y los de la secta que le envían e-mails insultándole no sean los únicos que esperen la salida de un nuevo libro suyo. No se lo pierdan.
EL MUNDO, Madrid. 20/9/2004
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El veterano escritor argentino Lázaro Covadlo mereció el último premio Café Gijón con una novela inteligente y amena. La obra, de apariencia sencilla, se titula Criaturas de la noche y tiene un espesor que desborda en mucho su aspecto inocente.
Su historia es bastante simple. Se centra en la
kafkiana peripecia de un pobre hombre, Dionisio Kauffmann, un hipocondríaco de humilde origen que sufre al ver cómo un amigo íntimo prospera mientras él se hunde en la pobreza y la mediocridad. La culpa la tiene su perniciosa y fatal costumbre de meter la pata en los momentos decisivos de su vida, sea en el trabajo o en el amor.
Este inveterado metepatas, atolondrando como él solo, recibe un día una visita como llovida del cielo: descubre una especie de lámpara de Aladino, una Pulga (con la mayúscula que se da a sí mismo por nombre el insecto) que se ha alojado en su oído, dirige sus acciones y le inspira en los momentos clave de su existencia el modo oportuno de comportarse. Siguiendo esos dictados, Dionisio se hace inmensamente rico y consigue las mejores mujeres. Pero la Pulga, como Mefis- tófeles a Fausto, le exige un pacto oneroso que le obliga a hacer cosas repugnantes, y cuando Dionisio trata de romperlo el bicho emigra a otro oído y el hombre vuelve a las andadas, y a su miserable condición originaria. Así varias veces.
Este trazado argumental encierra, por supuesto, una parábola de nuestro mundo, y ello se refuerza mediante varios divertidos alegatos del parásito. La fábula, porque en el fondo eso es esta sabrosa novelita, encierra un ánimo moralizador, aunque no sujeto a ninguna moral rígida. En el fondo, se percibe un disgusto con los valores socialmente dominantes, el poder, el dinero y el sexo. La novela no va contra esos valores en sí mismos sino contra su hipertrofia, contra la confusión moderna que pone su logro por encima de cualquier otra meta.
De presentar alguna alternativa expresa a esos “placeres y dulzores” que dijo el poeta Manrique, estaríamos en el aleccionamiento y la propaganda. Pero esto felizmente no ocurre. Por una doble e indisoluble razón. Porque, por una parte, Covadlo no es un predicador, sino un satírico bastante escéptico. Y, por otra, porque su novela apela al humor.
Criaturas de la noche resulta, ante todo, una historia divertida y ocurrente, llena de situaciones inventivas y simpáticas, de reflejos indirectos de nuestra vida perspicaces, y llena también de gracejo verbal. Tiene, además, la intuición de la medida conveniente, lo bastante corta como para dilatarse lo justo sin que esa invención ingeniosa se convierta en subterfugio para el encadenamiento caprichoso de anécdotas sueltas. Incluso, aun siendo una novela breve, aún podría serlo más, pues su ideación responde a un cuento un poco largo, a una situación curiosa prolongada. Y, por si fuera poco, está contada con esa fluidez propia de un cuentista nato que engancha.
Tiene esta pequeña y admirable novela un frente débil: el que, a falta de un verdadero argumento, se contenta con montar una trama muy leve y con dar vueltas a una ocurrencia. Pero esta reserva bien puede pasarse por alto en virtud de su mérito primero y capital, regalarnos con el placer de la lectura.
SANTOS SANZ VILLANUEVA
EL CULTURAL (EL MUNDO) 27/01- 2005
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LA PULGA EN LA OREJA
Entre los libros de Lázaro Covadlo (Buenos Aires,
1937; residente en Barcelona desde 1975) destaca la colección de relatos Agujeros Negros (Mondadori, 1998). Enrique Vila-Matas dijo que los 12 cuentos de ese volumen son “excepcionales” y que “exploran el corazón de nuestras tinieblas”; y, en estas páginas, Marcos Giralt Torrente escribió: “Uno de esos libros de verdad sobresalientes”. En una de esas narraciones, Covadlo intentaba una actualización del mito fáustico, imaginando qué forma asumiría, en el mundo de hoy, el pacto entre un hombre y el ángel caído. Esa misma inquietud está en la base de Criaturas de la noche, novela con la que el escritor argentino ha ganado el Premio Gijón de 2004.
Criaturas de la noche se deja regir por la fruición del humor absurdo, un polo siempre encendido en la obra de Covadlo pero contrastado hasta ahora por cierta voluntad de realismo. El protagonista de la novela, Dionisio Kauffmann, es un “pringado” sin más destino que la mediocridad y el fracaso. Pero un día se instala en su oreja una pulga, que le dicta con certeza lo que debe hacer para ganar dinero, conquistar a las mujeres que antes lo despreciaban, acceder a los círculos con los que nunca hubiera soñado. En ocasiones estos consejos adquieren la forma de pequeñas coplas o boleros: “Yo soy la pulga, Dionisio / la que ha venido a rescatarte, / del vicio...”. Sólo que el bicho sabio exige compensaciones y somete a Dioni, como lo llama, a duras pruebas de fidelidad, de las que él reniega. En este tira y afloja transcurre la novela, con el compás de las amantes rendidas, los maridos engatusados, las billeteras y las copas llenas y al rato vacías. Al final hay un crescendo carnavalesco, que incluye una incursión en el género fantástico-futurista, y que explota en un éxtasis como de orgía monumental, en el delirio de irradiaciones orgiásticas propias de pacto diabólico.
En algunos comentarios de esta novela aparecidos en la prensa brillaron, con resplandor lateral, los nombres de Kafka y de Bruno Schulz. No habría que olvidar, además, el famoso vodevil de Georges Feydeau La pulga detrás de la oreja (1907), muy representado en Argentina (incluso se llevó al cine en los ochenta). De hecho, Criaturas de la noche parece un amplio desarrollo sobre esa expresión popular “Tener la pulga detrás de la oreja”. Ya Augusto Monterroso, en una de sus célebres fábulas (en La oveja negra, 1981), se refería a una pulga que, en las noches de insomnio, imagina ser Kafka, Joyce o Goethe. La pulga de Covadlo tiene, no hay duda, un encomiable abolengo.
EDGARDO DOBRY/ Babelia (EL PAÍS). Sábado 29 de enero de 2005
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AFÁN DE ÉXITO
ARTURO GARCÍA RAMOS
L
a libertad imaginativa de Lázaro Covadlo apunta en esta novela a la parodia y caricaturización de una de las obsesiones que dominan al hombre de nuestro tiempo y tal vez al de todas la épocas: el afán por alcanzar el éxito. Pero lo que fue el noble propósito de esculpir una fama inmortal o permanecer imperecedero en la memoria de los hombres por haber llevado una vida ejemplar, modelo para las generaciones futuras, se restringe en la actualidad representada en Criaturas de la noche a pasiones pueriles o inmorales.
La bonanza económica y el éxito sexual son los temas de esta fábula cuya fantasía propone la existencia de una pulga locuaz que vive alojada en el oído del protagonista para sugerirle las palabras más acertadas en cada situación y conseguir de paso ascender económicamente o seducir a sus amantes.
Aunque no se trata de una obra lograda –son demasiados los momentos en que el ritmo de la narración se fractura por la aparente limitación de la idea que da pie al relato–, nos aproxima a una visión sorprendente del mundo en que vivimos, con un humor de gran originalidad y una atrevida trama, casi escandalosa, en que pronto los apetitos comunes del protagonista son tentados por pasiones más transgresoras.
Abismos perversos
Hay en esta novela de Covadlo no sólo una caricaturización del presente sino una advertencia moral: la pulga es mefistofélica al tentar al personaje. El argumento se propone una reflexión sobre los límites entre lo aceptable y lo inaceptable al llevar al protagonista hacia los abismos de amoralismo más perversos.
Gran parte del acierto de la obra reside en el aire desenfadado; el humor es siempre transgresor, no sólo de las normas que imperan en la literatura, sino aun de lo que el lector acepta. Por eso, a pesar de nuestra actual resistencia a ser moralizados, acabamos aceptando la reprensión de los deseos elementales, advirtiéndonos que en nuestro desenfreno, es decir, en el propio éxito del individuo que acopia riqueza o placeres, reside el germen de nuestra autodestrucción.
Es verdad que la perspectiva irónica permite siempre dudar de cualquier interpretación, pero ¿quién puede asegurar, tras la lectura, que no obedece a su propia pulga? Nuestra conciencia ya no permanecerá tranquila.
BLANCO Y NEGRO (ABC) Madrid, 15/1/2005
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Inmerso en la desolación y el frío de su mísero piso
de barrio marginal, Dionisio, desempleado de cuarenta años, asiste a la irrupción en su vida de lo maravilloso bajo la forma de una pulga –Pulga– que, alojándose en su oreja, le formula toda suerte de mefistofélicas promesas a cambio de hospedaje vitalicio ya que ella (“criatura de la noche”) precisa la oscuridad del pabellón auditivo para sobrevivir. Los atinados consejos del parásito (al que disgusta ser tenido por tal) cambiarán radicalmente la vida del antiguo vendedor fracasado y bocazas, que se ve catapultado al éxito por la vocecilla del animal.
Dionisio alcanza la cima de las ilusiones del hombre (¿del contemporáneo exclusivamente?): poder, dinero, fama y admiración femenina. A cambio, además de perder intimidad y capacidad de decisión, debe someterse a los caprichos de Pulga, bichito que nació antes que el ser humano y que, antes que en Dionisio, ha habitado desde mamuts hasta celebridades, pilotándolas sabiamente (no siempre: la Condesa Sangrienta, Erzsébet Báthory, se le fue de las patas). Con el tiempo, Pulga se revela tiránica y exige sangre y fluidos de todo tipo que Dionisio no siempre accede a proporcionarle. Esto provoca unos desencuentros entre ambos que contribuyen a poner de manifiesto tanto el carácter amoral de Pulga como el acomodaticio de Dionisio, quien, tras un abandono de Pulga, se pregunta si todos los humanos no serán “simples marionetas gobernadas por criaturas de la noche”. Entre los episodios biográficos del insecto merecen mención la historia de su vida con la Condesa Sangrienta –personaje de moda últimamente y protagonista, por ejemplo, del último libro de Javier García Sánchez, Ella, Drácula– y con Vito Tarsicio, para quien “la masturbación es el último reducto de la libertad”.
En esta fábula contemporánea que es Criaturas de la noche, Lázaro Covadlo (Buenos Aires, 1937) desarrolla con soltura el personaje de la pulga, que gana en interés conforme relata sus aventuras precedentes, se descubre en sus ingeniosos alegatos y se desenvuelve, dictatorial, mimosa y cargante, ante nuestros ojos. Con esta historia, de trazo hábil aunque algo grueso, sobre un motivo que ya tratara anteriormente, Covadlo, autor de culto en algunos círculos y que cuenta en su haber con títulos excepcionales como Agujeros negros (Mondadori, 1998), ha obtenido el Premio Novela Café Gijón 2004.
ANA SOUSA LATERAL, JUNIO 2005
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TEXTOS CASUALES
La frescura de la ironía
‘Criaturas de la noche’, de Lázaro Covadlo, es un libro que, parafraseando al catedrático Darío Villanueva, las palabras de los textos llaman a la crítica, para ejercitar su función más genuina: la axiología literaria.
Lázaro Covadlo es un lúcido e irónico cronista de los más obscuros recovecos de la actualidad. Así lo pone de manifiesto la trama argumental de su reciente novela, ‘Criaturas de la noche’, con la cual obtuvo el Premio de Novela Café Gijón. Una pulga de pensamiento reverberante y condición mefistofélica se cuela cierta noche en el oído de Dionisio Kauffmann. Dos motivos provocan que el personaje de condición humana se entere de la presencia del colonizador de su oreja. En primer lugar el dolor del mordisco del parásito que le provoca un desvanecimiento. Pero además la pulga es un parásito humanizado: tiene la capacidad del habla y llegará a convertirse en la voz de la conciencia de Dionisio que, guiado por los consejos del minúsculo inquilino de su pabellón auditivo, comenzará a ascender en el escalafón social y no habrá negocio, mujer u hombre que se le resista. Porque el chupasangre llega al oído de Dionisio precedido de una larga experiencia como asesor de imagen. En su hoja de vida figuran los pabellones auditivos del marqués de Sade, Erzsébet Báthory, Giacomo Casanova, Albert Einstein y el iluminado apocalíptico Vito Tarsicio. Para quienes no conozcan a Lázaro Covadlo, éste es un escritor que tiene al absurdo como motor de la vida. Nació en Buenos Aires en 1937 y es en la actualidad un mordaz y lúcido cronista de la edición catalana del periódico español ‘El Mundo’. En 1992 había resultado finalista de la versión argentina del Premio Planeta con la novela ‘Conversación con el monstruo’. Cinco años más tarde editó el volumen de cuentos ‘Agujeros negros’ y a partir de entonces, otras novelas y libros de relatos: ‘Remington Rand: una infancia extraordinaria’, ‘Bolero’, ‘La casa de Patrick Childers’ e incluso alguna publicación de humor. Su reciente creación es la novela ganadora del Premio Café Guijón, publicada por ‘El Acantilado’, el sello editorial con el cual han sido editadas en los últimos años las piezas literarias galardonadas en este certamen con el que se suele premiar “por los gustos del jurado y no por los gustos del editor”. Pacto pulgoso ‘Criaturas de la noche’ es uno de esos libros que el crítico siente el gusto de reseñar, libros en los que, parafraseando al catedrático de literatura comparada, Darío Villanueva, las palabras de los textos llaman a las palabras de la crítica para ejercitar su función más genuina: la axiología literaria. En este caso, el juicio de valor no puede ser más que positivo, porque con la frescura de la ironía, con una prosa fluida que avanza ella sola con insólita naturalidad, Covadlo aproxima al lector a una fábula moderna, al mismo tiempo divertida y moralizante, aunque del libro están desterradas las prédicas y las moralejas. Echando mano de la sátira social, tan antigua como la especie humana y recogiendo los tópicos de la Antigüedad clásica y de la Edad Media (el ‘ubi sunt’, las damas ‘du temps jadis’ de Villón o el retrato del latido temporal de la vida de Jorge Manrique), Covadlo nos atrapa con una fábula de condición a la vez kafkiana y fáustica. Una parábola del mundo de hoy que se convierte en alegato contra aquellos valores que dominan de forma hipertrófica de la actualidad: el poder, el dinero y el sexo. Serán ellas, las clases dirigentes que detentan estos poderes, las criaturas de la noche del reino humano. En el relato comparten protagonismo un hombre un poco pelma, Dionisio, ya habituado a constantes meteduras de pata y la pulga, la criatura de la noche, condenada a la oscuridad, y que halla alivio y sustento en toda clase de humanas secreciones. Este pobre hombre que es Dionisio, habita en un barrio marginal y trabaja como insignificante y mediocre vendedor inmobiliario. Pero una noche escucha la voz que lo llama. Es la de la pulga, una pulga muy especial acostumbrada a ‘pilotar’ seres humanos como si fuesen vehículos y a los que convierte en ricos y les enseña a ascender en la escala social a cambio de ciertos favores. Así pues, una pulga mefistofélica que vivirá en simbiosis con Dionisio. Simbiosis literaria La relación que establecen entre ambos es un calco de un pacto con el demonio y “una unidad de destino en lo universal”. La pulga quiere sangre, disfruta con todos los humores corporales. Por eso mismo el pacto que con ella hace Dionisio es muy sencillo: mujeres y riquezas a cambio de humores corporales. Los consejos de la pulga -algunos tan ‘razonables’ como el de que es mejor ir de putas que discutir- ayudan a Dionisio a tener ventas exitosas, a ser convincente, incluso empleando frases bíblicas inspiradas por Dios, el mejor asesor financiero que jamás existió. Es así como el hombre vulgar se convierte en triunfador. Hasta cuando Dionisio rompe lo acordado y entonces la pulga emigra a otros oídos y el protagonista vuelve a su condición original, empobrece y es expulsado del club de los afortunados. No tiene otra opción que instalarse en la acera de enfrente adonde “van los señoríos derechos para acabar y consumir”. Lázaro Covadlo no es un predicador sino un narrador satírico, quizás también escéptico, mas siempre ocurrente y divertido. Su humor transversal, como él lo califica, aleja la novela de cualquier tipo de maniqueísmo. E incluso en las largas peroratas que se permite el díptero, algunas, discursos muy evidentes, no hay adoctrinamiento. Sólo un recuento de las humanas miserias a través de una trama argumental inverosímil pero que se lee con placer a pesar de ciertas caídas de la tensión rítmica del relato. Un novela pues que afianza a Lázaro Covadlo en el territorio de la más fascinante literatura española contemporánea.
FRANCISCO MARTÍNEZ BOUZAS, especial desde España para GACETA
LA GACETA DOMINICAL, Diario "El País", Calí (Colombia)15/1/2006
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UN CANTO VULGAR A LA PROMISCUIDAD
JAIME NOGUERA
¡Pobre premio Café Gijón! Acaso tenga que purgar males pasados. Lázaro Covadlo esconde detrás de su pulga una epopeya genital; aunque crea que habla de la sexualidad, la manera tan explícita de proponer situaciones hace que nos olvidemos de las personas, desdibuja los personajes, vacía a los individuos y deja la narración sin protagonistas.
Una fábula excesivamente larga y pesada con ecos kafkianos y olor a dejà vu. Tal vez un Pinocho en plan porno cutre, con la pulga llamada Pulga en el papel de Pepito Grillo dominante y lascivo. El relato se hace repugnante, casposo y pringa con su simpleza. ¡Qué pena de libro, con lo bien presentado y encuadernado que está!
El recurso al eco en las repeticiones finales (como en "vida, ida, ida..., ida" o "contigo, igo, igo". página tras página) de la voz del narrador en primera persona rompe sistemáticamente el ritmo de lectura e incomoda al lector.
La estructura es plana y pobre. No hay trama. Se yuxtaponen suecuencias sin hilván. La puntilla de la historia de Vito Tarsicio (páginas 105-118), estúpida y ridícula: el arte moderno requiere trabajo y técnica, lo surrealista evoca, pero este relato es simplemente muy malo y empastado.
Una frase buena en la página 44 "...porque el que logra hacer reír sin maldad casi siempre se gana a los rientes"; lo único positivo que te encuentras entre las confusiones de primero entre oferta y demanda (página 20), redacciones de adolescente (páginas 54-57) describiendo las secreciones humanas)y conjunciones separadas de su contexto (página 108).
No sé si el autor ha sido vendedor alguna vez o siquiera respeta el oficio. Parece hablar de oídas.
Desde luego, le va a costar convencer con este libro largo y sin literatura.
LA GACETA DE LOS NEGOCIOS FIN DE SEMANA
Madrid, febrero 2004

Recopilación de artículos, comentarios, críticas y reseñas, publicados en los diversos medios, sobre los libros ya editados del escritor Lázaro Covadlo. Formulados por Enrique Vila-Matas; Sergi Pàmies; Juan Bonilla; Ignacio Martínez de Pisón; Marcos Giralt Torrente; Daniel Celis; José Fernández de la Sota; J.A. Masoliver Ródenas; Santos Sanz Villanueva; Francisco Casavella; Javier Memba; Edgardo Dobry; José Francisco Ruiz Casanova; Elena Hevia; Nuria Navarro; Rosa Mora; Karmen Ochando Aymerich; Patricia Rodón; Carlos Ramos Catalán; María Luisa Miretti; Arturo García Ramos; Milo J. Krmpotic; Pablo Ingberg;Ana Sousa; Jorgelina Nuñez; Luis Alonso Girgado; Sergio Criscolo, Matías Néspolo y Sérgio Almeida.
Piedad Arredondo dijo
Qué bien escrita que está esta novela. Qué bien maneja el lenguaje su autor, qué maestría... La pena es que se trate de una historia tan sucia e inmoral propia de la imaginación de un degenerado. El crítico Néspolo dice que Covadlo no es un moralista. Yo estoy de acuerdo, pero agregaría que es un "inmoralista". Más concretamente: un inmoral. Provoca risa, es verdad, pero también mucho asco, porque pocas veces he podido leer algo tan indecente. Una novela en la que se hace la apología de la sexualidad sin frenos, donde el personaje acaba conviviendo con tres mujeres. Todos lascivos y libertinos.
Yo no estoy de acuerdo con la censura, pero opino que existen algunos libros que deberían prohibirse porque atentan contra la sociedad y la familia. Cuando se traspasan los límites de la decencia y se cae en la propaganda del libertinaje que correo los fundamentos de nuestra civilización, entonces los poderes públicos deberían velar por la salud mental y espiritual de los lectores. Sobre todo porque esta clase de lecturas dañinas suele caer en manos de los mas jóvenes, ¿qué se puede esperar de las nuevas generaciones?
Es una opinión libre, y espero que no me borren si es que de verdad son tan abiertos como quieren aparentar.
Gracias.
Piedad Arredondo
9 Enero 2006 | 08:10 PM