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La Coctelera

OBRAS LITERARIAS DE LÁZARO COVADLO

SELECCIÓN DE ARTÍCULOS, CRÍTICAS Y RESEÑAS DE LOS LIBROS PUBLICADOS POR LÁZARO COVADLO (BUENOS AIRES, 1937)

6 Enero 2006

CONVERSACIÓN CON EL MONSTRO (Novela) Emecé, Buenos Aires, 1994 - Emecé, Barcelona, 1999

A petición de EMECÉ EDITORES, el 4 de febrero de 1999 Juan Bonilla presentó la novela de Lázaro Covadlo, Conversación con el monstruo, en el auditorio del FNAC de Madrid. Este es el texto que leyó en dicha ocasión.

Es curioso observar que de las novelas, cuando ha trascurrido algo de tiempo, nos suele quedar una vaga impresión general y unas cuantas anécdotas que conservamos casi siempre con menos nitidez de la que tiene en nuestra memoria nuestra propia imagen de los lectores que éramos cuando estábamos leyendo la novela. Las novelas sirven, sobre todo para recordarnos. Lo he podido comprobar últimamente, dedicándome a preguntar a algunos amigos qué les quedaba de alguna novela leída años atrás. El resultado era el que ya he descrito: vagas nociones del argumento, detalles de algunas escenas, rasgos de personajes que se habían adherido a las paredes de la memoria del lector con más eficacia que la sustancia narrativa de la obra. Y casi sin excepción, quedaba un cúmulo de impresiones sobre el propio lector, la imagen clara del ejemplar donde se leyó la novela, del lugar o los lugares donde se fue desarrollando la lectura, de la situación anímica por la que atravesaba el lector. Uno de mis encuestados llegó a decirme que no recordaba apenas nada de una novela que leyó hace años de Boris Vian, pero no podrá olvidar nunca el sabor de las pasas que se tomaba mientras leía la novela: por eso digo que las novelas nos sirven sobre todo para recordarnos. Yo creo que de cada novela leída podemos dar noticia a los demás con simples gestos: sonrisas, fruncir de cejas, encogimiento de hombros, mueca de indiferencia o despre­cio, mueca de asombro. Si una cámara secreta me hubiera grabado mientras leía Conversación con el monstruo de Lázaro Covadlo, cuando pasara el tiempo, podría demostrar lo mucho que he disfrutado con esta novela con la sola estrategia de mostrar las imágenes de esa cinta: mientras leía debía ponérseme una cara de regocijo y felicidad que no consiguen suscitarme muchos libros. Si me preguntarais, qué te quedará de esta novela, respondería sin duda: la impresión de libertad y valentía de un narrador generoso (pues no se ha guardado nada de su arsenal inventivo y lo ha derramado sin tacañería por la páginas de su novela), unas cuantas escenas regocijantes (como la del inolvidable concierto de Nicky Maremotto o el viaje en avión que, enfundado en un abrigo lleno de dólares, el protagonista hace de Santiago de Chile a Buenos Aires) y sobre todo una cabalgata de personajes alucinados y hechizantes de los que el narrador, Ernesto Pasternak, nos va dando noticia como los bardos antiguos, sabiéndose receptor de una sucesión de hechos milagrosos, sorprendentes, irreales, que merecen ser consignados para que no se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Porque como el replicante de Blade Runner, el Ernesto Pasternak de la novela de Lázaro Covadlo podría decir con toda justicia que ha visto cosas que no podríamos llegar a imaginar, y ha conocido seres que si no fueran por él no existirían.

Yo no sé si es verdad que en la vida de cualquiera de nosotros, enterrada como las estatuas en la piedra a la espera de la gubia maestra que las haga salir al aire, hay una novela magistral. Puede que sí, puede que no. Lo que parece evidente es que hay personajes de novela en cuyas vidas caben varias vidas como las nuestras, están dotados de una fuerza arrebatadora cuyo propósito no es otro que el de conseguir permanecer entre nosotros, formando parte de nuestras circunstancias, una vez que el libro se ha cerrado, una vez que hemos desapercibido la atención en otros libros o nos hemos dejado distraer por otras ficciones. Ernesto Pasternak es de esos personajes, y no sólo porque las cosas que le pasan, las gentes que conoce y su evidente propensión a los raros le permitan atesorar una galería de monstruos que por fuerza ha de llamarnos la atención, sino, también o sobre todo, por el tono con el que decide encarar el viaje a su pasado, un tono que acompaña a las peripecias y la convierten en regocijantes gracias a un humor delicioso en el que se va escudando, sin descartar los apuntes líricos y las reflexiones inteligentes. Hacer una nómina de los personajes de esta novela para dar una idea de su singularidad puede ser una pretensión tramposa, pues esa idea que se dé es posible que falsee la intensidad dramática de Conversación con el monstruo. Pero, corramos ese riesgo, y apuntemos que en esta novela los lectores encontrarán a gente como el gran buscador de monstruos Vicente Zárate; el presunto filósofo renacentista Giordano Tallaferro, de quien se reproducen algunos pensamientos tan desasosegantes como éste: "toda certeza de la pasión se revela ilusoria bajo la luz de la mañana" ; el jefe de una secta, Silas Rodrigo; Shulamit, la dama de pechos perfectos, que pertenece a un movimiento scout sionista; María Inés, la dama que no es de este mundo, que ama a un hombre a quien ha buscado en todos los cuerpos con los que ha yacido. Hablando de damas, Conversación con el monstruo es también un monumental homenaje a ellas: el enamoradizo Pasternak, casi sin quererlo, va esbozando un tratado del amor que, por mucho que nos suscite sonrisas y a veces nos invite a la carcajada, desgrana el siempre problemático asunto de las relaciones entre los sexos con una eficiencia inaudita.

Vuelvo al principio: es evidente que sin las novelas, algunos de nosotros tendríamos menos recuerdos de los que tenemos. Ganarse sitio en nuestra memoria con algo que sea una vaga impresión general o datos, llamémosle, científicos que suelen agarrarse mal a las deseadas paredes de la memoria: por ejemplo, de los amigos a los que les pregunté casi ninguno recordaba en qué persona está narrada Madame Bovary, porque eso no es más que un andamio imprescindible para levantar la casa, pero que se ha de retirar luego ganarse un sitio en nuestra memoria es algo a lo que aspira todo escritor que lo sea de verdad, que no se conforme con hacernos pasar un buen rato proponiéndonos una mera adivinanza. Lázaro Covadlo conoce la alquimia de la narración: en este sentido es un narrador antiguo, y espero que no se tome a mal este adjetivo que yo utilizo como el más soberano de los elogios. Al decidirse a contar la vida de Ernesto Pasternak, al tratar de que la memoria de éste nos perteneciera, contaba con su prodigiosa capacidad de crear personajes, representarlos con unos pocos y selectos detalles, que pueden ir desde un comentario aparentemente intrascendente, hasta su propia manera de expresarse. De esa prodigiosa capacidad ya sabíamos los lectores que quedamos hipnotizados con los relatos de Agujeros Negros. De que esa capacidad no tenía por qué quedar recluida en la extensión breve de los relatos, también nos enteramos los lectores de Remington Rand, una infancia extraordinaria. Ahora, al confirmar lo que ya habíamos tenido ocasión de descubrir y probar, nos enorgullecemos de disponer de un escritor tan valiente como Lázaro Covadlo. Yo, con esta Conversación con el monstruo, no puedo sino manifestar mi entusiasmo y esperar contagiarlo a los amigos o a quienes me escuchen. Les invito pues a que entren en estas memorias de un tipo excepcional que conoció a muchos otros seres excepcionales. Y les invito a que se graben con una cámara mientras leen, para que dentro de algún tiempo, si alguien les pregunta, qué les queda de la lectura de Conversación con el monstruo, puedan recordar, antes que a ninguno de sus personajes, antes que a ninguna de sus desopilantes escenas, sus propias caras de regocijo, indicativo insobornable de que estaban disfrutando mucho con la lectura.

Lean, pues esta novela, para, sobre todo tener un buen recuerdo de ustedes mismos.
JUAN BONILLA
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COVADLO EN LA EDAD DE LAS TINIEBLAS Narración que surge de lo personal y se transforma en literatura.
ENRIQUE VILA-MATAS
Como Gombrowicz, el escritor argentino Lázaro Covadlo es alguien que parece haber elegido, en lugar de la gravedad, la extravagancia y la cabriola literaria, siendo probablemente Valle Inclán, Gómez de la Serna, Albert Camus y Jack London algunas de sus brújulas que le llevan a huir, como si de la peste se tratara, de la Forma en mayúscula, es decir, de la siempre limitada y absurdamente prestigiosa forma nacional, lo que le ha conducido, como se apunta en la contraportada de Conversación con el monstruo —el tercer libro que publica entre nosotros tras el éxito de Agujeros negros y Remington Rand—, a tender con su escritura puentes estilísticos entre ambas orillas del Atlántico. Pertenece pues al sector más atractivo de los nuevos escritores hispanoamericanos que están publicando en los últimos meses en nuestro país, pertenece Covadlo a la caravana internacional de los narradores que no quieren tener pasaporte, artistas de alma nómada y enemigos de los viajes obligados: caravanas de excéntricos que encabezan el chileno Roberto Bolaño, los argentinos César Aira, Juan Forn y Rodrigo Fresán, el peruano Jaime Bayly, el mexicano Juan Villoro, el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa y la cubana Mayra Montero.
Conversación con el monstruo podría perfectamente haber sido encabezada por estas palabras de Sergio Pitol hablando de Gombrowicz: “Miré hacia atrás, de pronto la vida me resulta incomprensible, incoherente, turbia, ajena. ¿Es verdad que todo eso me ha ocurrido?”. Se trata de un escrito en el que Pitol trata de recordar ciertos episodios de su relación con Gombrowicz y sólo logra convocar alguno de sus rasgos. Parecido esfuerzo es el que realiza Covadlo en Conversación con el monstruo, novela que parte de la experiencia autobiográfica del autor pero sólo para transformarla en literatura, novela que habla de los años en que la vida del autor entró en lo que él llama un sendero “monstruoso”, una desviación de su trayectoria vital: su ingreso en la secta de Silo, pero también habla del tiempo pasado en Patagonia, o de cuando militó en un movimiento sionista socialista y vivió en un kibutz de Israel, o de cuando la monstruosidad le apartó de la escritura.
En cierta forma, esta novela, que es un discurso de trazado judío sobre la estupidez y monstruosidad contemporáneas, habla con humor amargo del retorno de esa “edad de las tinieblas” que, según Cirlot, vivió hace ya siglos la humanidad: un pasado regido por monstruos. A modo de ajuste de cuentas con esa edad de las tinieblas en la que Covadlo vive y vivió, esta novela sonámbula que ocurre entre Argentina y España cuenta la historia de la importancia de llamarse Ernesto Pasternak y hacerse pasar por pariente del ruso, una historia que cruza el siglo del Mal y de los monstruos, y habla de la guerra civil española, de la represión estalinista, de un movimiento sionista, de una improbable secta y de los escritos de un presunto pensador genovés. Y así no es extraño que se diga en esta novela, que apuntala el singular edificio narrativo de su autor: “Al encontrarme en la calle entendí que había sido arrojado a un mundo vacío y ausente de sentido (...) un mundo exterior, hostil y tenebrosos, pese a que era noche de luna”. Es precisamente en noches de luna cuando hay que leer a Covadlo, trágico y raro pero en convivencia fascinante con el humor.
BABELIA (El País) 30/1/1999

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CONFIRMACION DE UN NOVELISTA
Evocar la propia existencia a través del papel que jugaron en ella los demás, o lo que es lo mismo: admitir aquello de John Donne de que nadie es una isla, nos devuelve a propuestas de otros tiempos. Eso es precisamente lo que le ocurre a Ernesto Pasternak, protagonista de la tan esperada nueva entrega de Lázaro Covadlo y, sin embargo, la novela es admirablemente novedosa.

Más que a los motivos que movieron a aquellos, que nos contaban que la vida es una aventura colectiva, todo parece apuntar a que el procedimiento mediante el que Ernesto Pasternak evoca su pasado, no es más que un recurso de Covadlo para organizar la gran cantidad de ideas –al parecer muchas autobiográficas– que han dado forma a la narración. Por lo demás, los fragmentos referidos al kibutz israelita, dan fe del escepticismo del autor ante el cooperativismo y demás sandeces de épocas remotas.

Tras su encuentro con José María Ballesteros, Pasternak repasará toda su vida mediante el procedimiento ya referido. De esta manera, constatamos una constante en la obra de este autor argentino: la puesta en marcha de la historia tras producirse el contacto entre su protagonista y un ser, más o menos prodigioso, que en Remington Rand, una infancia extraordinaria era el Diablo.

También al igual que en aquélla, Covadlo se vale de la experiencia de su personaje para ofrecernos una visión heterodoxa y amena de algunos episodios de la historia de este siglo –campos de exterminio nazis, desilusión de los militantes comunistas al cómo el estalinismo pretende reconducir la revolución española, el fascismo de los años siguientes, etcétera– que, de no ser retratados con el talento que él demuestra, raramente admitirían una visión jocosa.

En los últimos años, muchos autores han conocido el éxito por cuestiones extraliterarias. No es el caso de Covadlo, quien a todas luces merece la buena fama que le han otorgado sus primeras ediciones españolas.

Javier Memba, Esfera (diario El Mundo, Madrid) 27 de febrero de 1999.

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GALERÍA DE EXTRAVAGANTES
La aparición hace poco más de un año del libro de cuentos Agujeros negros acreditaba a su autor, el argentino Lázaro Covadlo, como indiscutible maestro del género breve: su humor tenebroso y su claridad expositiva, unidos a un vigor narrativo poco común, eran la antesala ideal de un mundo literario como el que entonces se nos descubría, indudablemente personal y fecundo. Después de Agujeros negros, Covadlo, en lugar de dar a la imprenta una nueva obra, prefirió recuperar para el público español dos novelas con las que había resultado finalista del premio Planeta del Sur. La primera de ellas, Remington Rand, la historia iniciática de un niño dotado de unos peculiares poderes mentales, quedaba lejos de las expectativas suscitadas con su volumen de relatos. Algo parecido le ocurre a la otra novela, esta Conversación con el monstruo que ahora publica Emecé y que tampoco alcanza la altura que debe exigirse a un autor del talento y la singularidad de Covadlo.
Puebla el libro un buen puñado de seres curiosos y extravagantes: un brigadista norteamericano que se hace pasar por el hermano subnormal de su amante española, un judío trágico y gordísimo al que sólo consuela la ingestión desenfrenada de alimentos, el líder de una secta que insta a sus iniciados a “avanzar por el camino de la transmutación”, un alcalde contrabandista catalán, un trasvestido que disfruta encarnando a la Rita Hayworth de Gilda, un supuesto científico dedicado a la teratología o ciencia que estudia las monstruosidades, un hombre que posee el don de la velocidad absoluta y que es sucesivamente músico, carterista, boxeador...
El propio narrador, Ernesto Pasternak, forma parte de esa misma galería de personajes extraordinarios: falso sobrino del escritor ruso del mismo apellido, su pasión por la obra de un improbable filósofo genovés (y, todo hay que decirlo, el delirio febril en el que cae al contraer paludismo) le llevará a creer en la existencia de numerosos dobles de su persona, en un juego infinito de espejismos, más que de espejos. Para entonces, para cuando ese juego se plantee con claridad, Ernesto Pasternak será ya un hombre maduro y habrá tenido tiempo de hablarnos, entre otras muchas cosas, de su relación con la primera mujer a la que amó, de un botín de medio millón de dólares que viajó de aquí para allá en distintos aviones, de la temporada que pasó en la Patagonia llevando vida de ermitaño...
Los materiales, como se ve, son de lo más diverso, y acaso en esta diversidad esté la causa de que la historia no llegue a cuajar. Abundan en el libro los episodios interesantes, y algunos de ellos tienen ese aire de juguete fantástico que tanto gustaban al tandem Borges-Bioy Casares. Ocurre, sin embargo, que muchos de esos episodios se agotan en sí mismos y conviven unos con otros sin necesitarse. Como el agua y el aceite, se juntan sin llegar nunca a mezclarse, y esa unión incompleta, la de la simple contigüidad, hace que al lector le asalte la sensación de que, bajo el texto por otro lado ágil y entretenido de Conversación con el monstruo, falta esa concepción global que debe otorgar un sentido no sólo a las piezas sino también al conjunto de éstas.
IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN
ABC CULTURAL, 14/1/1999

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FILOSOFÍA DE LA EXTRAVAGANCIA
Sinopsis: Un chico judío, enamoradizo profesional, tiene diversos encuentros con pintorescos personajes en el Buenos Aires de los años 50. Finalmente encontrará el equilibrio existencial en España.
El descubrimiento de Lázaro Covadlo se produjo hace unos dos años gracias a un brillante y sorprendente libro de relatos, Agujeros negros. Escritores como Enrique Vila-Matas y Quim Monzó, exquisitos amantes de la excentricidad, dieron la voz de alerta y desde entonces Covadlo pasó a formar parte de esa interesante turba latinoamericana —César Aira, Roberto Bolaño, Rodrigo Rey Rosa y Juan Villoro— que en los últimos años puja con personalidad y fuerza.
Pese a su reciente emergencia en España, Covadlo, 61 años, judío, argentino, residente en Sitges, no es precisamente un recién llegado a la literatura. Conversación con el monstruo quedó finalista del premio Planeta Biblioteca del Sur en 1993 —¿cuándo se decidirá algún editor a lanzar aquí a otro argentino, Ricardo Piglia, que lo ganó el pasado año?— y su actual publicación ayuda a completar el conocimiento de un autor que ha hecho del humor y la distorsión las señas básicas de su identidad. Lo que llama la atención en él es su prodigiosa sensibilidad para percibir los aspectos más extraños de la realidad, su desopilante y dislocada visión de las cosas a través de una prosa que fluye con ligereza y transparencia.
Esos aspectos también se dan cita en esta novela, quizá de forma menos impactante que en Agujeros negros, un libro con mayor voluntad de estilo. Entrañable relato de aprendizaje, Conversación... sigue la peripecia vital de Ernesto Pasternak, un muchacho mitómano y judío, y de los estrambóticos personajes de los que se rodea. Dice Covadlo que todos llevamos un monstruo dentro, un monstruo que nos aleja de los demás y nos hace únicos. Esa reflexión teratológica proyecta asimismo una nueva luz en la identidad hebrea, en su incombustible capacidad de supervivencia pero también en la intransigencia del sionismo. Tan capaz de reírse de los demás como de sí mismo, Covadlo sugiere que lo mejor es conocer, conversar con nuestro monstruo interior. Ése es el mensaje final de una novela tan maliciosa como inteligente.

Elena Hevia

EL PERIÓDICO (LIBROS), Barcelona. 12/ 2 / 1999

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EL SOBRINO DE PASTERNAK
Los monstruos sirven de espejo a la humanidad. Si observamos con cierta atención a nuestro alrededor, caeremos en la cuenta de que estamos rodeados de monstruos políticos, banqueros, famosos y famosas, prácticamente todos los caretos que fatigan la prensa y la televisión ocultan un engendro detrás del maquillaje.
Eso lo sabe bien Vicente Zárate, que para eso el hombre es teratólogo. La teratología es la disciplina que se ocupa de las monstruosidades y anomalías biológicas, pero también —y quizás sobre todo— de las malformaciones sociales históricas y morales. Porque la historia es —como dice Zárate— una gran productora de monstruos y de monstruosidades. Aunque a Zárate lo que más le interesan son esos monstruos que andan por el mundo sin llamar la atención, disimulados como los gatos negros en las noches sin luna. Ernesto Pasternak, protagonista y narrador de Conversación con el monstruo, cree que puede ser uno de ellos, sospecha que en el fondo él puede ser un monstruo como los que persigue Zárate, y así empieza a enredarse la madeja de sus aventuras.
Ernesto Pasternak, además de héroe de la revolución sionista, quiere ser escritor. Un escritor vital, un vagabundo, no un vulgar cagatintas. Una de sus primeras decisiones es fingirse sobrino nieto de Boris Pasternak, el afamado autor de Doctor Zivago y premio Nobel de Literatura. También decidirá tomar clases de boxeo. “Si aprendo a pegar bien —se dice— podré castigar a los críticos que me maltraten”. El destino de Ernesto, sin embargo, seguirá otros caminos tirando a monstruosos. El Buenos Aires de los años 50 aparece habitado por monstruos como el rockero y púgil Nicki Maremotto, el maestro de ajedrez Shloime Matrajt, que come para olvidar su experiencia en un campo de exterminio nazi o el ex brigadista Richard Bailey, que aprendió a hacerse el tonto —como tantos— para salvar la vida.
Covadlo hace que el falso sobrino de Pasternak (su amado monstruo) nos lleve de la mano a través de un par de continentes, unas cuantas mujeres y un sinfín de aventuras y tribulaciones que se inician en una tienda de campaña de un campamento de scouts sionistas y concluyen en un chalet en la costa catalana. Treinta años en la vida de Ernesto Pasternak contada por él mismo, relatada con dosis insuperables de ironía y humor. Una historia de monstruos y también un relato sobre la soledad y las pasiones, el trascurso del tiempo y esas “encrucijadas” vitales de las que habla el supuesto filósofo renacentista Giordano Tallaferro, cuyas jocundas enseñanzas serpean a lo largo de todos los capítulos del libro.
Lázaro Covadlo, nacido en Buenos Aires en 1937, se dio a conocer en España con la publicación en 1997 de un memorable libro de relatos titulado Agujeros negros. Conversación con el monstruo fue finalista en 1993 del premio Planeta Biblioteca del Sur y fue editado en el 94 en Argentina. Esperemos que su próxima entrega literaria no nos llegue con años de retraso, porque son muchos ya los lectores afiliados al club de Lázaro Covadlo.
JOSÉ FERNÁNDEZ DE LA SOTA
EL CORREO, 10 / 2 / 1999
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Tras imponerse con Agujeros negros, Lázaro Covadlo lanza una novela en la que ajusta con ironía y profundidad alguna cuenta pendiente con su pasado
EL UNIVERSO COVADLO
El autor argentino publica la novela “Conversación con el monstruo”

NURIA NAVARRO
Hay escritores que con un libro ingresan en el pantocrátor de los autores de culto. Salinger lo logró con El guardián entre el centeno. A Lázaro Covadlo (Buenos Aires, 1937) le ha ocurrido algo parecido. Le bastó con que la editorial Áltera publicara desganadamente su libro de relatos Agujeros negros para que gente como Enrique Vila-Matas, Sergi Pàmies y Quim Monzó se lanzaran al cultivo del elogio (desinteresado). Ahora acaba de aparecer Conversación con el monstruo (Emecé), una novela con carga autobiográfica escrita antes que Agujeros negros.
Una de las bazas de Covadlo es que ha vivido. Siguió a un gurú de la escuela de Gurdjieff —“mi fantasía era meterme en un monasterio zen, pero Japón quedaba muy lejos y acabé en la secta de Silas Rodrigo”—, se desilusionó del socialismo en un kibutz —“en una guardia, a oscuras, disparé contra una vaca creyendo que era un ser amenazante”—, consumió LSD —“estuvo bien”—, fue limpiabotas en Río de Janeiro, beatnik en Porto Alegre, bajó el Paraná en un kayak y ejerció de quiosquero. Eran intentos de interpretar el mundo. Y algunos aparecen en Conversación con el monstruo. “Si no tuviéramos recuerdos no podríamos inventar futuros posibles”, aclara el escritor, cuya gracia es saber convertir lo vivido en ficción sin caer en el enervante onanismo.
Después de tanto experimentar, Covadlo ha llegado a una conclusión: “Los escritores hacen el mundo”. Ése es, dice, el valor teológico de la literatura. “¿Qué es la realidad si no la visión que tenemos de las cosas? La base de nuestra cultura es la Biblia, repetimos sus ideas fundamentales, pero también Kafka, que ha dado nombre a una realidad absurda”. A su juicio, entre los libros que fundan el mundo están el Quijote, el Tao, El Lazarillo, los de Borges y el Utz de Bruce Chatwin. Como ellos, Lázaro Covadlo es “un creador de historias, más que un escritor de palabras”.
EL PERIÓDICO 9/ 2 /1999

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flopy!!!!

flopy!!!! dijo

hola!!!! soy florencia de san justo y sa cando de tema esto le queria preguntar si usted no me puede dar informacion sobre NOVELA DE VIAJE INTERIOR O INICIATICA porque tengo un trabajo practico el jueves 20/4 si usted puede darmela mañana urgente se lo agradeceria!!!
saluda atte. flopy!

18 Abril 2006 | 01:25 AM

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Recopilación de artículos, comentarios, críticas y reseñas, publicados en los diversos medios, sobre los libros ya editados del escritor Lázaro Covadlo. Formulados por Enrique Vila-Matas; Sergi Pàmies; Juan Bonilla; Ignacio Martínez de Pisón; Marcos Giralt Torrente; Daniel Celis; José Fernández de la Sota; J.A. Masoliver Ródenas; Santos Sanz Villanueva; Francisco Casavella; Javier Memba; Edgardo Dobry; José Francisco Ruiz Casanova; Elena Hevia; Nuria Navarro; Rosa Mora; Karmen Ochando Aymerich; Patricia Rodón; Carlos Ramos Catalán; María Luisa Miretti; Arturo García Ramos; Milo J. Krmpotic; Pablo Ingberg;Ana Sousa; Jorgelina Nuñez; Luis Alonso Girgado; Sergio Criscolo, Matías Néspolo y Sérgio Almeida.

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