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La Coctelera

OBRAS LITERARIAS DE LÁZARO COVADLO

SELECCIÓN DE ARTÍCULOS, CRÍTICAS Y RESEÑAS DE LOS LIBROS PUBLICADOS POR LÁZARO COVADLO (BUENOS AIRES, 1937)

5 Enero 2006

AGUJEROS NEGROS (Relatos). ÁLTERA (Barcelona) 1997 - DEBOLSILLO - RANDOM HOUSE MONDADORI, PLAZA & JANÉS (Barcelona) 2002


EN LAS TINIEBLAS DEL SER

Tras la lectura casual de Agujeros negros consideré ineludible llamar la atención sobre este sorprendente libro, colocarme en la pechera de mi camisa una especie de estrella de cazador de talentos que otros críticos (siempre ocupados con los nombres consagrados) son incapaces de detectar. Es decir, que sentí y pensé como uno más de los peculiares funámbulos que protagonizan los relatos de este desazonante libro del escritor argentino Lázaro Covadlo, residente desde hace unos años en Barcelona, autor de una breve y sobria obra que ha explotado en su último libro, el primero que publica en España.

Covadlo pertenece a la generación posterior al boom que hasta fecha reciente ha sido ninguneada por las editoriales españolas. Por suerte, últimamente se han publicado entre nosotros varias joyas latinoamericanas de amplio brillo: en Alfaguara Materia dispuesta, de Juan Villoro. En Anagrama, Llamadas telefónicas, de Roberto Bolaño. En Mondadori, Ema la cautiva, de César Aira. Un punto en común: nada que ver con el realismo mágico. Algunos cuentos de Covadlo son de antología. Tres me han deslumbrado particularmente: Mucho cuero, Nunca apagaba la luz, y el impagable Nadie desaparece del todo.
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Preparativos para el abismo
Doce cuentos excepcionales de una voz narrativa que cuenta con un sorprendente mundo propio que nos habla de seres decididamente solitarios que tejen frágiles cuerdas sonámbulas al borde del abismo. Doce relatos que nos hablan de gente que comete crímenes perfectos que confiesa 50 años después para fastidiar las navidades a dos policías; doce cuentos que nos hablan de hombres completos que se vuelven casi incompletos del todo, de vientos que penan por su propio desamparo, de personas que de noche nunca apagan la luz... Doce cuentos desazonantes que exploran el corazón de nuestras tinieblas.

ENRIQUE VILA-MATAS, Revista Qué Leer, Barcelona, febrero de 1998

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LA CRÓNICA
COVADLO CON CUENTAGOTAS
SERGI PÀMIES

Lázaro Covadlo, escritor argentino, acaba de publicar un libro de relatos, Agujeros negros. Hace 22 años que circula por Barcelona. Salió de su país, como tantos otros compatriotas suyos, por piernas, pero no ama excesivamente hablar del pasado. De sus orígenes suele decir que cuando nació no sabía leer ni escribir, y las siguientes informaciones hay que sacárselas con cuentagotas, pero vale la pena hacerlo.

“El día que Gómez se hizo cortar la cabeza para que le fuera ofrecida a nuestro Presidente, éste le envió unas horas antes la bandeja. No era de oro, era sólo una bandeja de plata. Lo cierto es que el desempeño de Gómez en su función ministerial siempre fue algo mediocre. Sin embargo, dicen que se comportó como un valiente en el instante final, y cuando le ofrecieron inyectarle el usual tranquilizante lo despreció con gallardía” Así comienza el libro Agujeros negros (Ed. Áltera), la suma de 12 relatos espléndidos y perturbadores. Su autor es Lázaro Covadlo. Nacido en Buenos Aires, Covadlo llegó a Barcelona hace 22 años. Ahora vive en Sitges. A pesar de que le repugna potenciar el tópico del escritor que, para salir adelante, se ve obligado a desempeñar trabajos aparentemente contradictorios con su vocación (y que tanto amenizan las solapas de los libros y los informes de prensa), resulta que, para salir adelante, Covadlo tuvo que desempeñar trabajos aparentemente contradictorios con su vocación. A saber: representante de ropa, parrillero en un restaurante llamado La Pampa (los dueños eran unos franceses que nunca habían puesto un pie en Argentina), conductor de un camión volquete especializado en material para la construcción y máxima autoridad de un quiosco de periódicos y revistas. Como demasiados argentinos, él también tuvo que salir de su país, además de por piernas, por razones políticas. Eso —no hay mal que por bien no venga— le permitió poner en práctica un gusto por la aventura que ya había probado cuando, a los 15 años, abandonó provisional y airadamente el hogar paterno.
Al poco rato de estar con Covadlo, uno percibe que no le gusta hablar de su pasado. Para darse ánimos y para salvar el atraco biográfico al que lo someto con mi caótico cuestionario a mano armada, se refugia en el humor: “Cuando nací no sabía leer ni escribir”. Con cuentagotas van cayendo algunas informaciones complementarias. Estuvo en Maracaibo porque le encantaba la sonoridad del nombre de esa ciudad venezolana “y luego resultó que Maracaibo era un asco”. Su padre, que tenía un negocio de colchones, le inició en eso de los libros y le inculcó la necesidad de cuidar el espíritu. “Siempre quiso que leyera la Odisea, pero nunca llegué a contentarlo y preferí Tarzán de los monos”. Estudió Física en la universidad, pero las matemáticas pudieron con él. Fue periodista y todo lo hippy que pudo, trabajó en publicidad, publicó un libro, viajó, tuvo hijos, fumó mucho y bien, tuvo más hijos, una nieta, coleccionó apellidos curiosos, fue finalista de un premio literario con una novela que tiene la virtud de convertir lo biográfico en novelesco y lo novelesco en biográfico (y que incluye hallazgos tan inquietantes como éste: “Años más tarde se puso serio y le amputaron una pierna. No sabría precisar cuál de las dos desgracias ocurrió primero”).
“¿Sientes nostalgia de algo?”, le pregunto. Primero responde con una frase de bolero —“de lugares en los que nunca estuve”— y luego con otras, menos poéticas pero más sugerentes— “de Rusia, que no conozco, de donde vivían mis abuelos, de un montón de vivencias imaginadas”—. La conversación se anima cuando empezamos a hablar de literatura. Enseguida aparecen García Márquez y Jorge Luis Borges, maestros de casi todo. Y Raymond Carver, del que parece admirar la capacidad para crear climas aterradores a partir de situaciones aparentemente banales y de su talento para mantener en vilo al lector. Y, casi sin querer, surgen algunas pistas sobre las tripas de su peculiar voz narrativa: a) romper con lo establecido no sólo en la elección del argumento sino también de la forma, b) la obsesión por un lenguaje claro, que huya del rebuscamiento pero que, a su vez, fomente la musicalidad del texto, y c) la divagación como estímulo inicial para armar pequeños artefactos literarios que exploten ante el lector provocando una agridulce onda expansiva que refleja una gran perplejidad ante lo que denomina “maravilloso estado de estupidez general”. Y el humor, por supuesto, al que define como “lo más cercano a la no-estupidez por no hablar de inteligencia”. En la actualidad Covadlo dirige su propio taller literario, un invento que, observado a través de una metafórica lupa, ofrece, según él, una función parecida a la de los bancos: “les presta algo a los que ya tienen, pero no les sirve de nada a los que nada tienen”.
EL PAÍS (Cataluña) 17/ 12 / 1997

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DOCE CUENTOS SOBRESALIENTES

El escritor argentino Lázaro Covadlo ha escrito con estos Agujeros negros un libro de cuentos extraordinario, uno de esos libros de verdad sobresalientes que el buen degustador del género breve recibirá con incrédulo alborozo. Son doce cuentos, rebosantes de humor y de guiños literarios, escrito en un lenguaje desnudo de estériles grandilocuencias.

MARCOS GIRALT TORRENTE, BABELIA (El País), Madrid, 25 de abril de 1998.

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Me lo recomendó un amigo y desde que lo leí no he parado de, a mi vez, recomendarlo. Me siento muy cerca de esos relatos.

QUIM MONZÓ, La Vanguardia, Barcelona (Magazine), 19 de abril de 1998.

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SUTILES BOMBAS NARRATIVAS
SANTIAGO MARTÍNEZ
Nacido en 1937, en Buenos Aires, Lázaro Covadlo, pese a sus veinte años de permanencia entre nosotros, es un autor desconocido. No así en Argentina donde ha publicado ya un libro de relatos, “Los humaneros”, y dos novelas: “La cámara del silencio” y “Conversación con el monstruo”, finalista del premio Planeta del Sur 1994.
Los relatos que aquí nos presenta Covadlo muestran una madurez narrativa poco usual. Parecen concebidos como sutiles bombas de relojería, cuya finalidad última no es otra que provocar un estallido que subvierte los límites entre realidad y ficción. La ambición, el servilismo, la insatisfacción amorosa son temas de los que se sirve para enfrentarse con los inestables límites de la condición humana, presidida por la fatalidad de un destino azaroso e inevitable. Ese desplazamiento entre realidad y ficción se traslada, también a sus personajes: seres inconsistentes sacados de la más estricta cotidianidad, personajes subalternos de la vida, a los que cualquier leve modificación de sus hábitos los abisma en su propia irrealidad. Covadlo nos ofrece también una economía expresiva poco común y puesta siempre al servicio de la eficacia narrativa. La sutil ironía que empuja cada uno de estos relatos es fundamental: contribuye a la desrealización de los personajes a la vez que marca el distanciamiento necesario para subrayar los contrastes.
Así son estos “Agujeros negros”: “terribles entidades del espacio cuya gravedad atrapa todo lo que tiene cerca”. Como los personajes de Covadlo, también el lector queda atrapado por esta prosa rigurosa y sutil, que se abre, irónica, hacia los pequeños abismos cotidianos.
LA VANGUARDIA —Libros— (Barcelona) 6/3/1998

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Doce cuentos componen este sorprendente libro. En todos ellos palpita, agazapado tras una prosa diáfana y descriptiva, una suerte de horror que actúa como hilo conductor de todas las historias, lo que da al volumen una gran coherencia como conjunto. En cada cuento los personajes entablan una relación con los límites de lo humano: en unos casos la forma del límite es la muerte; en otros, la locura; en otros, el mal; pero todos ellos se asocian a un abismo que asumen como algo inevitable contra lo que casi nunca se rebelan. Lázaro Covadlo agarra el bisturí y lo aplica directamente al sentido común de lo cotidiano. Surge así un mundo invisible y silencioso, casi siempre hostil y cruel, que avanza indiferente al sufrimiento, mostrando en su implacabilidad una faz tenebrosa, sólo superable por el humor que trasciende en todos los cuentos. El autor coloca la realidad frente a un espejo cóncavo y describe —con inquietante naturalidad— su reflejo deformado; al lector tan sólo le queda el recurso de zafarse tras la risa que produce esa deformación grotesca para evitar sucumbir plenamente al desamparo.
Hay una literatura que rebasa los temas concretos, de manera que no es posible imaginar un solo motivo tras el que giran muchas de las grandes obras; destaca en ella la luz que es capaz de aportar a las experiencias humanas más comunes. En este caso y con la excepción de “Mundisueño” —un cuento destacable, que habla de la infancia y de la tristeza como una herida abierta entre la realidad y el deseo—, Agujeros negros sorprende fundamentalmente por su originalidad, no tanto por el tratamiento de los temas que refleja. Así, es posible imaginar un Covadlo agazapado tras una gran lupa, desde la que describe todo lo que ve. Tal actitud le emparenta directamente con un autor de la talla de Bruno Schulz.
CARLOS RAMOS CATALÁN
LATERAL, enero de 1998

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Recopilación de artículos, comentarios, críticas y reseñas, publicados en los diversos medios, sobre los libros ya editados del escritor Lázaro Covadlo. Formulados por Enrique Vila-Matas; Sergi Pàmies; Juan Bonilla; Ignacio Martínez de Pisón; Marcos Giralt Torrente; Daniel Celis; José Fernández de la Sota; J.A. Masoliver Ródenas; Santos Sanz Villanueva; Francisco Casavella; Javier Memba; Edgardo Dobry; José Francisco Ruiz Casanova; Elena Hevia; Nuria Navarro; Rosa Mora; Karmen Ochando Aymerich; Patricia Rodón; Carlos Ramos Catalán; María Luisa Miretti; Arturo García Ramos; Milo J. Krmpotic; Pablo Ingberg;Ana Sousa; Jorgelina Nuñez; Luis Alonso Girgado; Sergio Criscolo, Matías Néspolo y Sérgio Almeida.

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