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Terra
La Coctelera

Cita en la Enciclopedia Salvat - Edición año 2003

COVADLO, LÁZARO (n.1937) Escritor argentino, residente en Sitges (España) desde fines de la década de 1970, cuando optó por abandonar su país por motivos políticos. Cultivador de una prosa brillante, que rezuma ingenio e ironía, se dio a conocer con el volumen de relatos Agujeros negros (1997), al que han seguido las novelas Remington Rand, una infancia extraordinaria (1998), Conversación con el monstruo (1998), La casa de Patrick Childers (1999) y Bolero (2001), y otro libro de relatos, Animalitos de Dios (2000). También ha publicado La bodrioteca de Covadlo, ensayo humorístico que consiste en una recopilación comentada de pasajes de libros antiguos.
FOTO DANIEL MORDZINSKI

Administradora del sitio: Edith Reynolds (artimundo@terra.es)

FÁBULA AMORAL

E se uma pulga, vinda do nada, se alojasse no cérebro de um indivíduo falhado, comandando a partir daí os seus actos rumo à glória absoluta? É esta a estimulante premissa de "Criaturas da noite", "conto moral sem moral" com o qual Lázaro Covadlo argentino radicado em Espanha há mais de três décadas - se apresenta ao público português.

Kafka, Poe, Lovecraft e umm punhado de outros ilustres também obcecados pela "glória dos vencidos" - um tema só por si inesgotável na literatura - pairam sobre esta prosa eficaz, que, sob a sua aparente despretensão, revela inventividade e brilho narrativo em doses raras.

O absurdo e o fantástico em que se move a absorvente história encontram a antítese exemplar na figura do protagonista Dionísio Kauffman, um trintão derrotado pela vida que, qual Midas sem fortuna e virado do avesso, consegue transformar em latão (leia-se fracasso) tudo aquilo em que toca.

O errático percurso de vida da personagem começa a mudar no dia em que uma voz lhe interrompe a tranquilidade do sono. O que parecia ser uma alucinação auditiva ou um sintoma de demência revela-se, afinal, bem mais perturbador quando uma pulga propõe ao até aí infausto Kauffman tornar-se a sua consciência - abrindo-lhe de par em par as portas da felicidade terrena -, se, em troca, este lhe permitir uma existência pacífica, devidamente alimentada a sangue, no interior do seu ouvido.

Nesta reflexão sobre a natureza do mal, Covadlo evita habilmente uma tentação frequente em narrativas similares o moralismo. Só assim se explica que Kauffman, ao desviar-se dos rígidos códigos de conduta iniciais, comece a acumular sucessos, mesmo que para tal deixe atrás de si um rastro de atitudes impróprias.

Enquanto cidadão exemplar, embora com uma irreprimível tendência para proferir disparates nas ocasiões mais impróprias, o anti-herói limitou-se a acumular frustrações. A partir do momento em que resolve colocar de lado o altruísmo e centrar-se unicamente no 'eu', a sua sorte muda de rumo. Fama e fortuna passam a ser presenças indissociáveis da sua vida.

Com esta perspectiva arrojada, Lázaro Covadlo ascende ao terreno da amoralidade, ao expor uma visão do mundo que não se confina à redutora visão do bem e do mal, esses opostos tão próximos.

Voz da consciência privada de consciência, a insólita pulga é a personagem-chave de toda a história e, por paradoxal que pareça, a mais real de todas, pois revemos nas suas tomadas de posição os constantes dilemas que atravessam a vida.

A glória sobre a qual Covadlo disserta admiravelmente acabou por atingi-lo quando menos esperava. Depois de um percurso literário marcada pela discrição, o autor argentino obteve com "Criaturas da noite" o reconhecimento de que há largos anos era credor. Além de ter ganho o prémio Café Gijón, mereceu o aplauso unânime de figuras como Enrique Vila-Matas e Luis Sepúlveda. Um êxito improvável que, apesar de só ter chegado quando se aproximava dos 70 anos, ainda nos permite descobrir a sua obra e esperar novas incursões ficcionais em breve.

SERGIO ALMEIDA, JORNAL DE NOTICIAS (PORTO), domingo 18 de março de 2007

CRIATURAS DE LA NOCHE (Premio Novela Café Gijón 2004) Acantilando, Barcelona 2004

CUATRO RAZONES PARA LEER A COVADLO
Por algún misterio inextricable, los premios de narrativa y la calidad literaria parecen estar reñidos desde hace ya tiempo. Me refiero a los galardones a obra inédita y con dotación económica. Y mayor es la contradicción cuanto mayor es el monto en juego y la proyección mediática del certamen.
Como la excepción hace a la regla, me ocupo hoy de Lázaro Covadlo (Buenos Aires, 1937). Más que una crítica rigurosa, lo que sigue es un alegato tendencioso destinado a todos aquellos lectores advertidos que, ante el último libro del argentino, se vieran tentados a hacerlo a un lado con desdén, a causa de la pretenciosa faja que reza “Premio Novela Café Gijón 2004”. Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía. En este caso la desconfianza es injustificada porque se trata de una novela excelente, pese a la faja. Aquí van cinco razones para convencer al santo lector de leer a Covadlo, que la limosna es grande de veras y bien vale la pena arriesgarse.
Primero. Criaturas de la noche es una novela descabellada de pies a cabeza y, sin embargo, creíble. El protagonista, Dionisio Kauffmann, es un ex agente inmobiliario cuarentón y fracasado. Su especialidad es no saber cerrar el pico a tiempo. Una fría noche de invierno, una aguda vocecita reverberante se le instala en el oído. La voz funciona como una suerte de chivato ante la metedura de pata inminente y le dicta las palabras más adecuadas para cada ocasión. La suerte de Dionisio cambia de la noche a la mañana: amasa una sólida fortuna en bienes raíces, goza de los favores sexuales de tres mujeres alternativamente y la vida le sonríe.
Como la novela se mueve dentro de los márgenes del más pedestre realismo, el lector ensayará varias hipótesis para explicarse el fenómeno: alucinación auditiva, brote esquizofrénico o, llegado el caso, metáfora del gusanillo de la conciencia. Pues no, la sabia voz consejera proviene de una pulga parlante. Desde el romanticismo, la verosimilitud ya no depende de la mimesis, sino de la coherencia y adecuación de los elementos a la lógica de cada ficción. Y el elemento fantástico de la pulga no casa en este contexto. Sin embargo, la máquina narrativa de Covadlo funciona a todo vapor y ni siquiera rechinan sus goznes. De a poco se va imponiendo el absurdo más feroz y, aunque las reglas del juego de la narración permanecen inalterables, el verosímil se mantiene. Todo un logro.
Segundo. La pulga de Dionisio no sólo habla, también canta boleros, tangos y nanas y lo martiriza día y noche con sus cínicas peroratas. Su sabiduría viene de antiguo, es una criatura milenaria y fotofóbica. Transmigra de huésped a huésped al ritmo de la muerte. Sin embargo, no se considera un parásito; ha elaborado una compleja teoría de la simbiosis. Se alimenta de fluidos corporales: sangre, sudor, saliva, semen, que obtiene mediante el chantaje. Si el infeliz de turno no vela por aplacar su insaciable sed de flujos orgánicos, la pulga se declara en huelga de consejos.
Esta situación, sumada a las salidas de tono del insecto y a la desesperación de Dionisio, harto de su tirano auditivo, provocan un continuo efecto humorístico. Pero el espectro va desde la carcajada a la sonrisa amarga. Covadlo parece aunar sin fisuras la típica comicidad británica con el humor negro centroeuropeo. Por su origen judío hay quien emparenta su humor corrosivo con el de Kafka o Bruno Schulz, pero la cosa es más compleja. Ironía, sarcasmo, comicidad franca, patetismo y absurdo van de la mano en Covadlo y el blanco al que apunta son las miserias humanas.
Tercero. El vampirismo de la pulga invita a pensar en un ente de naturaleza maligna y en un pacto mefistofélico, pero esto es erróneo. El insecto va a lo suyo, como todo el mundo. Su cinismo es en el fondo puro pragmatismo que viene dado por su viejo comercio con la humanidad. Lo que a simple vista parece una fábula moral se trastoca. Covadlo no es un predicador ni un moralista, por eso invierte la moraleja. Nos invita a reírnos de los valores socialmente compartidos: sexo, poder y dinero, pero no los condena. Como no condena al infierno a su héroe. A lo sumo, Dionisio acaba identificándose con la filosofía y hábitos nocturnos de su consejera. Y el lector lo agradece.
Cuarto. Criaturas de la noche es una novela breve o nouvelle. La medida es adecuada porque no hay aquí una trama sólida que permita un desarrollo más ambicioso. Se diría que se trata de un cuento largo, engordado con astucia. Una crítica rigurosa se empecinaría en atacar este talón de Aquiles, pero en mi alegato tendencioso se transforma en el último argumento a favor del libro.
Covadlo es un maestro en las distancias cortas y sabiamente arriba aquí a la intermedia por sumatoria de trayectos. La anécdota de base le permite enhebrar situaciones desopilantes y sórdidas por partes iguales, con otros pasajes menos autónomos. Por ejemplo, una disquisición filosófico-humorística sobre el parasitismo o la historia de Erzsébet Báthory, la célebre “Condesa Sangrienta”, en quien habría morado antaño la pulga.
Si la lectura en clave moral se derrumba a las pocas páginas, quien busque sesuda reflexión, más allá del placer de la narración, se dará de bruces a mitad del libro. El absurdo y el humor corrosivo van encadenando un relato con aparente irresponsabilidad. Aparente, porque sí hay un compromiso tácito que regula uno y otro, el de la felicidad de la escritura. Y eso el lector lo nota.
Si mi alegato ha surtido efecto, seguro el santo lector con la suculenta limosna a cuestas irá a por más. En ese caso cabe recomendar otros dos títulos del argentino (radicado en Barcelona desde 1975). El libro de relatos Agujeros negros (1997) elogiado en su momento por Vila-Matas y Quim Monzó, entre otros; y la novela Remington Rand: una infancia extraordinaria (1998), una de sus mejores obras según los entendidos.

MATÍAS NÉSPOLO. Revista Clarín, septiembre-octubre 2005
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LA PULGA DE LA CONCIENCIA

SERES HUMANOS IRRESPONSABLES, PULGAS, VAMPIROS... CON MIMBRES INVEROSÍMILES Y FRÍVOLOS, COVADLO HA CONCEBIDO UNA BUENA Y DIVERTIDA OBRA
Narrador de origen judío, Lázaro Covadlo nació en Buenos Aires en 1937, donde realizó estudios de Física, una pasión irónica por la ciencia que se transparenta en toda su obra. En 1975 se instaló en Barcelona. El libro de cuentos Agujeros negros (1997), su primera obra publicada en España, mereció los elogios de, entre otros, Sergi Pàmies, Quim Monzó y Enrique Vila-Matas. Elogios absolutamente merecidos y que nos obligan a regresar a novelas publicadas previamente en Argentina como La cámara del silencio (1973) o Conversación con el monstruo, finalista del premio Planeta Sur 1994, y a la colección de relatos Los humaneros, de 1965. En todos ellos la claridad expresiva contrasta con una extrañeza que surge, amenazadora y al mismo tiempo irreverente y divertida, de la realidad cotidiana para ponerla en entredicho. Todas estas cualidades reaparecen en el que es, con Agujeros negros, su mejor libro, Remington Rand. Una infancia extraordinaria (1998), con muchísimos puntos de contacto con Criaturas de la noche. Si allí un niño entre loco y brujo era capaz de manipular la conducta y las palabras de sus víctimas, ahora será una pulga la que actuará de forma parecida.
El desdoblamiento, la metamorfosis, la relación entre animales y seres humanos, las apariciones fantasmales, la sombra y las sombras y hasta el ángel de la guarda son fenómenos que se remontan a la mitología clásica o la Biblia para culminar en el Quijote, donde la locura permite expresar la más alta cordura y los más atrevidos pensamientos. Entre estas voces interiores está, naturalmente, el gusanillo de la conciencia y, ahora, en Criaturas de la noche, Pulga, que tiene el aspecto de una pulga vulgar, “salvo que soy aún más pequeña”. Por su longevidad, representa la historia, ya que “habité los primitivos caballos y bisontes y anidé en el oído de un bello mamut lanudo”, “en la parte del continente americano que hoy se conoce como México, salté al interior de la oreja de un murciélago, un vampiro, criatura de la noche”, y finalmente se instala en el oído de los seres humanos, entre otros Erzsébet, sobrina del rey Esteban I Báthory, conocida como la Condesa Sangrienta, gracias a la cual puede extasiarse con la sangre y el semen. Pues una de las peculiaridades de Pulga es que se alimenta de los fluidos vitales, que exigirá a cambio de sus consejos. Pues no sólo es la voz de la conciencia sino que da consejos que cambian el destino de las personas en las que mora para protegerse de la luz, condenada así a la invisibilidad.
“Fue una noche de invierno la primera noche que Dionisio Kauffmann creyó oír la vocecita.” Así empieza la novela, con voz centroeuropea, para narrarnos la conflictiva relación entre Dionisio, un hombre de cuarenta años con una enorme facilidad para meter la pata, y la que se convierte en su salvadora “hasta que la muerte nos separe”. El tono general debe mucho a la literatura infantil, por lo que hay de relación inverosímil. Pero las distintas situaciones que crea por un lado la irresponsabilidad de Dionisio y por otro la singular biografía de la pulga dan una especial dinámica en la que domina más el placer de la narración que las consecuencias, el juego más que la reflexión. Y si esta literatura invita al simbolismo y no cae del todo en él es precisamente por lo que hay de divertida frivolidad. Nos seduce la imaginación y el talento de Covadlo para mantener la inverosimilitud sin salirse de la normalidad intensificada por la pragmaticidad expresiva. El lector no sólo seguirá con agrado las cervantinas conversaciones entre Pulga y Krauffmann, ambos sensatamente extravagantes, sino algunas descabelladas escenas o historias: las del Club la Cumbre, sobre todo la de los expulsados al caer en la pobreza, y la estupenda historia de Erzsébet Báthory relacionada con el vampirismo. Un feliz divertimiento sobre la felicidad y la infelicidad humanas.
J.A. MASOLIVER RÓDENAS
CULTURAS (LA VANGUARDIA). Barcelona, Miércoles, 19 de enero 2005

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LAS AFUERAS / JUAN BONILLA
LÁZARO COVADLO
Lázaro Covadlo ha ganado el premio Café Gijón de novela con la obra Criaturas de la noche, que publicará El Acantilado. Me lo encuentro en Cádiz, en una calle del barrio de La Viña donde un loco da gritos, aparentemente intentando cantar flamenco, una loca vestida del Barça habla con sus fantasmas y la gente disfruta de una perfecta noche de verano. Está feliz, con ganas de quejarse de que el teléfono no nos deja hablar porque le solicitan entrevistas de todas partes. Lleva un par de días así. Dice que hoy ha bajado un poco la afluencia de entrevistadores, y se ha sentido un poco deprimido cuando el teléfono ha estado más de media hora sin sonar, hasta el punto de que no ha podido aguantarse más y ha llamado él a su mujer para no estarse callado.
Qué bien esto de ser escritor notorio, bromea. Y en cuanto al loco que canta en la calle de Cádiz y a la loca vestida del Barça, Lázaro Covadlo lo tiene claro: le encantaría poder preguntarles cosas, convertirlos en personajes, oírlos, acercarse a ellos. Ambos son el tipo de personajes que busca, que lo alientan a escribir, como un japonés mendigo que hay en Sitges ganándose la vida tocando una flauta inca y al que le dedicó algún texto. Me cuenta su jornada, llena de fitness y literatura, nada de televisión, no porque le haga ascos sino por problemas de antena. Se pasa el día ideando historias. Le cuentas algo curioso y te pregunta enseguida, con ojos hambrientos: vas a utilizarlo para escribir algo sobre eso. Es un apasionado del cómic y sin prejuicio sobre los best-seller ni los libros de culto. Dos de sus favoritos, de uno y otro lado sobre los que dispendia elogios: Las cenizas de Angela y El secreto de Joe Gould.
A la espera de leer la novela ganadora del Café Gijón, no es complicado recomendar al argentino Covadlo. Excepcional en las distancias cortas, ahí están sus libros Agujeros negros y Animalitos de Dios, es autor también de Conversación con el monstruo, de una novela mal definida como gótica que aún no he leído, y de un raro y divertido libro titulado La bodrioteca. Covadlo anduvo metido en una secta a la que le ha dedicado una novela aún no publicada: de la secta recibe sus peores diatribas, mensajes firmados por Paz Y Fuerza donde lo tratan de (sic) escrotorzuelo. Sabe reírse Lázaro Covadlo, y sabe alumbrar con ingenio y erudición la realidad cotidiana: sobre el mantel dibuja el árbol de la cábala y explica a partir del dibujo la filosofía de un partido de fútbol. Lo mejor de todo es que no le gusta el fútbol. Si se le pide un adjetivo que lo defina, elegirá el adjetivo perplejo. Y algo de eso tiene su literatura: una diáfana guía de perplejos donde abunda el humor y donde se nota que no hace ascos a influencias vengan de donde vengan. Un escritor capacitado para escribir una versión tan deliciosa del Fausto como él escribió, es un escritor muy serio.
Si hablamos de literatura argentina actual, citará algunos nombres, Aira, Fogwill, Piglia, los valorará generosamente, porque no sabe hablar mal de casi nadie, y luego corregirá todas sus apreciaciones diciendo, como quien cuenta un chiste que sabe que nadie va a entender: pero yo creo que el mejor de los argentinos soy yo. No es exagerado decir que, ante los cuentos de Agujeros negros, es complicado no estar de acuerdo con él. Ojalá el premio sirva para que su literatura perpleja gane lectores, ojalá siga sonando su teléfono cada tanto, ojalá las dos novelas inéditas salgan pronto a la luz, y los de la secta que le envían e-mails insultándole no sean los únicos que esperen la salida de un nuevo libro suyo. No se lo pierdan.
EL MUNDO, Madrid. 20/9/2004
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El veterano escritor argentino Lázaro Covadlo mereció el último premio Café Gijón con una novela inteligente y amena. La obra, de apariencia sencilla, se titula Criaturas de la noche y tiene un espesor que desborda en mucho su aspecto inocente.

Su historia es bastante simple. Se centra en la kafkiana peripecia de un pobre hombre, Dionisio Kauffmann, un hipocondríaco de humilde origen que sufre al ver cómo un amigo íntimo prospera mientras él se hunde en la pobreza y la mediocridad. La culpa la tiene su perniciosa y fatal costumbre de meter la pata en los momentos decisivos de su vida, sea en el trabajo o en el amor.
Este inveterado metepatas, atolondrando como él solo, recibe un día una visita como llovida del cielo: descubre una especie de lámpara de Aladino, una Pulga (con la mayúscula que se da a sí mismo por nombre el insecto) que se ha alojado en su oído, dirige sus acciones y le inspira en los momentos clave de su existencia el modo oportuno de comportarse. Siguiendo esos dictados, Dionisio se hace inmensamente rico y consigue las mejores mujeres. Pero la Pulga, como Mefis- tófeles a Fausto, le exige un pacto oneroso que le obliga a hacer cosas repugnantes, y cuando Dionisio trata de romperlo el bicho emigra a otro oído y el hombre vuelve a las andadas, y a su miserable condición originaria. Así varias veces.
Este trazado argumental encierra, por supuesto, una parábola de nuestro mundo, y ello se refuerza mediante varios divertidos alegatos del parásito. La fábula, porque en el fondo eso es esta sabrosa novelita, encierra un ánimo moralizador, aunque no sujeto a ninguna moral rígida. En el fondo, se percibe un disgusto con los valores socialmente dominantes, el poder, el dinero y el sexo. La novela no va contra esos valores en sí mismos sino contra su hipertrofia, contra la confusión moderna que pone su logro por encima de cualquier otra meta.
De presentar alguna alternativa expresa a esos “placeres y dulzores” que dijo el poeta Manrique, estaríamos en el aleccionamiento y la propaganda. Pero esto felizmente no ocurre. Por una doble e indisoluble razón. Porque, por una parte, Covadlo no es un predicador, sino un satírico bastante escéptico. Y, por otra, porque su novela apela al humor.
Criaturas de la noche resulta, ante todo, una historia divertida y ocurrente, llena de situaciones inventivas y simpáticas, de reflejos indirectos de nuestra vida perspicaces, y llena también de gracejo verbal. Tiene, además, la intuición de la medida conveniente, lo bastante corta como para dilatarse lo justo sin que esa invención ingeniosa se convierta en subterfugio para el encadenamiento caprichoso de anécdotas sueltas. Incluso, aun siendo una novela breve, aún podría serlo más, pues su ideación responde a un cuento un poco largo, a una situación curiosa prolongada. Y, por si fuera poco, está contada con esa fluidez propia de un cuentista nato que engancha.
Tiene esta pequeña y admirable novela un frente débil: el que, a falta de un verdadero argumento, se contenta con montar una trama muy leve y con dar vueltas a una ocurrencia. Pero esta reserva bien puede pasarse por alto en virtud de su mérito primero y capital, regalarnos con el placer de la lectura.
SANTOS SANZ VILLANUEVA
EL CULTURAL (EL MUNDO) 27/01- 2005
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LA PULGA EN LA OREJA
Entre los libros de Lázaro Covadlo (Buenos Aires, 1937; residente en Barcelona desde 1975) destaca la colección de relatos Agujeros Negros (Mondadori, 1998). Enrique Vila-Matas dijo que los 12 cuentos de ese volumen son “excepcionales” y que “exploran el corazón de nuestras tinieblas”; y, en estas páginas, Marcos Giralt Torrente escribió: “Uno de esos libros de verdad sobresalientes”. En una de esas narraciones, Covadlo intentaba una actualización del mito fáustico, imaginando qué forma asumiría, en el mundo de hoy, el pacto entre un hombre y el ángel caído. Esa misma inquietud está en la base de Criaturas de la noche, novela con la que el escritor argentino ha ganado el Premio Gijón de 2004.
Criaturas de la noche se deja regir por la fruición del humor absurdo, un polo siempre encendido en la obra de Covadlo pero contrastado hasta ahora por cierta voluntad de realismo. El protagonista de la novela, Dionisio Kauffmann, es un “pringado” sin más destino que la mediocridad y el fracaso. Pero un día se instala en su oreja una pulga, que le dicta con certeza lo que debe hacer para ganar dinero, conquistar a las mujeres que antes lo despreciaban, acceder a los círculos con los que nunca hubiera soñado. En ocasiones estos consejos adquieren la forma de pequeñas coplas o boleros: “Yo soy la pulga, Dionisio / la que ha venido a rescatarte, / del vicio...”. Sólo que el bicho sabio exige compensaciones y somete a Dioni, como lo llama, a duras pruebas de fidelidad, de las que él reniega. En este tira y afloja transcurre la novela, con el compás de las amantes rendidas, los maridos engatusados, las billeteras y las copas llenas y al rato vacías. Al final hay un crescendo carnavalesco, que incluye una incursión en el género fantástico-futurista, y que explota en un éxtasis como de orgía monumental, en el delirio de irradiaciones orgiásticas propias de pacto diabólico.
En algunos comentarios de esta novela aparecidos en la prensa brillaron, con resplandor lateral, los nombres de Kafka y de Bruno Schulz. No habría que olvidar, además, el famoso vodevil de Georges Feydeau La pulga detrás de la oreja (1907), muy representado en Argentina (incluso se llevó al cine en los ochenta). De hecho, Criaturas de la noche parece un amplio desarrollo sobre esa expresión popular “Tener la pulga detrás de la oreja”. Ya Augusto Monterroso, en una de sus célebres fábulas (en La oveja negra, 1981), se refería a una pulga que, en las noches de insomnio, imagina ser Kafka, Joyce o Goethe. La pulga de Covadlo tiene, no hay duda, un encomiable abolengo.
EDGARDO DOBRY/ Babelia (EL PAÍS). Sábado 29 de enero de 2005

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AFÁN DE ÉXITO
ARTURO GARCÍA RAMOS

La libertad imaginativa de Lázaro Covadlo apunta en esta novela a la parodia y caricaturización de una de las obsesiones que dominan al hombre de nuestro tiempo y tal vez al de todas la épocas: el afán por alcanzar el éxito. Pero lo que fue el noble propósito de esculpir una fama inmortal o permanecer imperecedero en la memoria de los hombres por haber llevado una vida ejemplar, modelo para las generaciones futuras, se restringe en la actualidad representada en Criaturas de la noche a pasiones pueriles o inmorales.

La bonanza económica y el éxito sexual son los temas de esta fábula cuya fantasía propone la existencia de una pulga locuaz que vive alojada en el oído del protagonista para sugerirle las palabras más acertadas en cada situación y conseguir de paso ascender económicamente o seducir a sus amantes.

Aunque no se trata de una obra lograda –son demasiados los momentos en que el ritmo de la narración se fractura por la aparente limitación de la idea que da pie al relato–, nos aproxima a una visión sorprendente del mundo en que vivimos, con un humor de gran originalidad y una atrevida trama, casi escandalosa, en que pronto los apetitos comunes del protagonista son tentados por pasiones más transgresoras.

Abismos perversos

Hay en esta novela de Covadlo no sólo una caricaturización del presente sino una advertencia moral: la pulga es mefistofélica al tentar al personaje. El argumento se propone una reflexión sobre los límites entre lo aceptable y lo inaceptable al llevar al protagonista hacia los abismos de amoralismo más perversos.
Gran parte del acierto de la obra reside en el aire desenfadado; el humor es siempre transgresor, no sólo de las normas que imperan en la literatura, sino aun de lo que el lector acepta. Por eso, a pesar de nuestra actual resistencia a ser moralizados, acabamos aceptando la reprensión de los deseos elementales, advirtiéndonos que en nuestro desenfreno, es decir, en el propio éxito del individuo que acopia riqueza o placeres, reside el germen de nuestra autodestrucción.

Es verdad que la perspectiva irónica permite siempre dudar de cualquier interpretación, pero ¿quién puede asegurar, tras la lectura, que no obedece a su propia pulga? Nuestra conciencia ya no permanecerá tranquila.
BLANCO Y NEGRO (ABC) Madrid, 15/1/2005
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Inmerso en la desolación y el frío de su mísero piso de barrio marginal, Dionisio, desempleado de cuarenta años, asiste a la irrupción en su vida de lo maravilloso bajo la forma de una pulga –Pulga– que, alojándose en su oreja, le formula toda suerte de mefistofélicas promesas a cambio de hospedaje vitalicio ya que ella (“criatura de la noche”) precisa la oscuridad del pabellón auditivo para sobrevivir. Los atinados consejos del parásito (al que disgusta ser tenido por tal) cambiarán radicalmente la vida del antiguo vendedor fracasado y bocazas, que se ve catapultado al éxito por la vocecilla del animal.
Dionisio alcanza la cima de las ilusiones del hombre (¿del contemporáneo exclusivamente?): poder, dinero, fama y admiración femenina. A cambio, además de perder intimidad y capacidad de decisión, debe someterse a los caprichos de Pulga, bichito que nació antes que el ser humano y que, antes que en Dionisio, ha habitado desde mamuts hasta celebridades, pilotándolas sabiamente (no siempre: la Condesa Sangrienta, Erzsébet Báthory, se le fue de las patas). Con el tiempo, Pulga se revela tiránica y exige sangre y fluidos de todo tipo que Dionisio no siempre accede a proporcionarle. Esto provoca unos desencuentros entre ambos que contribuyen a poner de manifiesto tanto el carácter amoral de Pulga como el acomodaticio de Dionisio, quien, tras un abandono de Pulga, se pregunta si todos los humanos no serán “simples marionetas gobernadas por criaturas de la noche”. Entre los episodios biográficos del insecto merecen mención la historia de su vida con la Condesa Sangrienta –personaje de moda últimamente y protagonista, por ejemplo, del último libro de Javier García Sánchez, Ella, Drácula– y con Vito Tarsicio, para quien “la masturbación es el último reducto de la libertad”.
En esta fábula contemporánea que es Criaturas de la noche, Lázaro Covadlo (Buenos Aires, 1937) desarrolla con soltura el personaje de la pulga, que gana en interés conforme relata sus aventuras precedentes, se descubre en sus ingeniosos alegatos y se desenvuelve, dictatorial, mimosa y cargante, ante nuestros ojos. Con esta historia, de trazo hábil aunque algo grueso, sobre un motivo que ya tratara anteriormente, Covadlo, autor de culto en algunos círculos y que cuenta en su haber con títulos excepcionales como Agujeros negros (Mondadori, 1998), ha obtenido el Premio Novela Café Gijón 2004.
ANA SOUSA LATERAL, JUNIO 2005
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TEXTOS CASUALES
La frescura de la ironía
‘Criaturas de la noche’, de Lázaro Covadlo, es un libro que, parafraseando al catedrático Darío Villanueva, las palabras de los textos llaman a la crítica, para ejercitar su función más genuina: la axiología literaria.

Lázaro Covadlo es un lúcido e irónico cronista de los más obscuros recovecos de la actualidad. Así lo pone de manifiesto la trama argumental de su reciente novela, ‘Criaturas de la noche’, con la cual obtuvo el Premio de Novela Café Gijón. Una pulga de pensamiento reverberante y condición mefistofélica se cuela cierta noche en el oído de Dionisio Kauffmann. Dos motivos provocan que el personaje de condición humana se entere de la presencia del colonizador de su oreja. En primer lugar el dolor del mordisco del parásito que le provoca un desvanecimiento. Pero además la pulga es un parásito humanizado: tiene la capacidad del habla y llegará a convertirse en la voz de la conciencia de Dionisio que, guiado por los consejos del minúsculo inquilino de su pabellón auditivo, comenzará a ascender en el escalafón social y no habrá negocio, mujer u hombre que se le resista. Porque el chupasangre llega al oído de Dionisio precedido de una larga experiencia como asesor de imagen. En su hoja de vida figuran los pabellones auditivos del marqués de Sade, Erzsébet Báthory, Giacomo Casanova, Albert Einstein y el iluminado apocalíptico Vito Tarsicio. Para quienes no conozcan a Lázaro Covadlo, éste es un escritor que tiene al absurdo como motor de la vida. Nació en Buenos Aires en 1937 y es en la actualidad un mordaz y lúcido cronista de la edición catalana del periódico español ‘El Mundo’. En 1992 había resultado finalista de la versión argentina del Premio Planeta con la novela ‘Conversación con el monstruo’. Cinco años más tarde editó el volumen de cuentos ‘Agujeros negros’ y a partir de entonces, otras novelas y libros de relatos: ‘Remington Rand: una infancia extraordinaria’, ‘Bolero’, ‘La casa de Patrick Childers’ e incluso alguna publicación de humor. Su reciente creación es la novela ganadora del Premio Café Guijón, publicada por ‘El Acantilado’, el sello editorial con el cual han sido editadas en los últimos años las piezas literarias galardonadas en este certamen con el que se suele premiar “por los gustos del jurado y no por los gustos del editor”. Pacto pulgoso ‘Criaturas de la noche’ es uno de esos libros que el crítico siente el gusto de reseñar, libros en los que, parafraseando al catedrático de literatura comparada, Darío Villanueva, las palabras de los textos llaman a las palabras de la crítica para ejercitar su función más genuina: la axiología literaria. En este caso, el juicio de valor no puede ser más que positivo, porque con la frescura de la ironía, con una prosa fluida que avanza ella sola con insólita naturalidad, Covadlo aproxima al lector a una fábula moderna, al mismo tiempo divertida y moralizante, aunque del libro están desterradas las prédicas y las moralejas. Echando mano de la sátira social, tan antigua como la especie humana y recogiendo los tópicos de la Antigüedad clásica y de la Edad Media (el ‘ubi sunt’, las damas ‘du temps jadis’ de Villón o el retrato del latido temporal de la vida de Jorge Manrique), Covadlo nos atrapa con una fábula de condición a la vez kafkiana y fáustica. Una parábola del mundo de hoy que se convierte en alegato contra aquellos valores que dominan de forma hipertrófica de la actualidad: el poder, el dinero y el sexo. Serán ellas, las clases dirigentes que detentan estos poderes, las criaturas de la noche del reino humano. En el relato comparten protagonismo un hombre un poco pelma, Dionisio, ya habituado a constantes meteduras de pata y la pulga, la criatura de la noche, condenada a la oscuridad, y que halla alivio y sustento en toda clase de humanas secreciones. Este pobre hombre que es Dionisio, habita en un barrio marginal y trabaja como insignificante y mediocre vendedor inmobiliario. Pero una noche escucha la voz que lo llama. Es la de la pulga, una pulga muy especial acostumbrada a ‘pilotar’ seres humanos como si fuesen vehículos y a los que convierte en ricos y les enseña a ascender en la escala social a cambio de ciertos favores. Así pues, una pulga mefistofélica que vivirá en simbiosis con Dionisio. Simbiosis literaria La relación que establecen entre ambos es un calco de un pacto con el demonio y “una unidad de destino en lo universal”. La pulga quiere sangre, disfruta con todos los humores corporales. Por eso mismo el pacto que con ella hace Dionisio es muy sencillo: mujeres y riquezas a cambio de humores corporales. Los consejos de la pulga -algunos tan ‘razonables’ como el de que es mejor ir de putas que discutir- ayudan a Dionisio a tener ventas exitosas, a ser convincente, incluso empleando frases bíblicas inspiradas por Dios, el mejor asesor financiero que jamás existió. Es así como el hombre vulgar se convierte en triunfador. Hasta cuando Dionisio rompe lo acordado y entonces la pulga emigra a otros oídos y el protagonista vuelve a su condición original, empobrece y es expulsado del club de los afortunados. No tiene otra opción que instalarse en la acera de enfrente adonde “van los señoríos derechos para acabar y consumir”. Lázaro Covadlo no es un predicador sino un narrador satírico, quizás también escéptico, mas siempre ocurrente y divertido. Su humor transversal, como él lo califica, aleja la novela de cualquier tipo de maniqueísmo. E incluso en las largas peroratas que se permite el díptero, algunas, discursos muy evidentes, no hay adoctrinamiento. Sólo un recuento de las humanas miserias a través de una trama argumental inverosímil pero que se lee con placer a pesar de ciertas caídas de la tensión rítmica del relato. Un novela pues que afianza a Lázaro Covadlo en el territorio de la más fascinante literatura española contemporánea.
FRANCISCO MARTÍNEZ BOUZAS, especial desde España para GACETA
LA GACETA DOMINICAL, Diario "El País", Calí (Colombia)15/1/2006

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UN CANTO VULGAR A LA PROMISCUIDAD
JAIME NOGUERA
¡Pobre premio Café Gijón! Acaso tenga que purgar males pasados. Lázaro Covadlo esconde detrás de su pulga una epopeya genital; aunque crea que habla de la sexualidad, la manera tan explícita de proponer situaciones hace que nos olvidemos de las personas, desdibuja los personajes, vacía a los individuos y deja la narración sin protagonistas.
Una fábula excesivamente larga y pesada con ecos kafkianos y olor a dejà vu. Tal vez un Pinocho en plan porno cutre, con la pulga llamada Pulga en el papel de Pepito Grillo dominante y lascivo. El relato se hace repugnante, casposo y pringa con su simpleza. ¡Qué pena de libro, con lo bien presentado y encuadernado que está!
El recurso al eco en las repeticiones finales (como en "vida, ida, ida..., ida" o "contigo, igo, igo". página tras página) de la voz del narrador en primera persona rompe sistemáticamente el ritmo de lectura e incomoda al lector.
La estructura es plana y pobre. No hay trama. Se yuxtaponen suecuencias sin hilván. La puntilla de la historia de Vito Tarsicio (páginas 105-118), estúpida y ridícula: el arte moderno requiere trabajo y técnica, lo surrealista evoca, pero este relato es simplemente muy malo y empastado.
Una frase buena en la página 44 "...porque el que logra hacer reír sin maldad casi siempre se gana a los rientes"; lo único positivo que te encuentras entre las confusiones de primero entre oferta y demanda (página 20), redacciones de adolescente (páginas 54-57) describiendo las secreciones humanas)y conjunciones separadas de su contexto (página 108).
No sé si el autor ha sido vendedor alguna vez o siquiera respeta el oficio. Parece hablar de oídas.
Desde luego, le va a costar convencer con este libro largo y sin literatura.
LA GACETA DE LOS NEGOCIOS FIN DE SEMANA
Madrid, febrero 2004

ANIMALITOS DE DIOS (CUENTOS) Mondadori, Barcelona 2000

ALUCINACIONES

Entre los muchos rasgos que caracterizan la literatura de Lázaro Covadlo, escritor argentino residente en España, está su afición por los personajes extravagantes, cuando no directamente monstruosos. Extravagantes o monstruosos eran los protagonistas de los mejores cuentos de Agujeros negros (1997), extravagantes o monstruosos también los de las mejores páginas de sus novelas posteriores: Remington Rand, una infancia extraordinaria (1997), Conversación con el monstruo (1999), La casa de Patrick Childers (1999). No muy distintas son las criaturas que pueblan los relatos de su última obra, estos Animalitos de Dios que parecen brotar del sueño de la razón, de los rincones más oscuros e insondables del alma humana, verdaderos habitantes de los sueños o las pesadillas sin encaje posible con esta realidad nuestra de cada día.

Veamos algún ejemplo: un inválido que se entretiene pegando tiros desde su ventana, un hombre que cree que su mujer ha quedado embarazada de un osito de peluche, un pordiosero que descubre el camino de la santidad en el amor a todo tipo de animales, un suicida lacónico y ceremonioso, un historiador obsesionado por dejar constancia escrita, minuto a minuto, de todos sus actos, un médico militar al que se le aparecen los cadáveres de las personas en cuya desaparición colaboró activamente en los años de la dictadura... Prisoneros de sus propias alucinaciones, los personajes de Covadlo hace tiempo que atravesaron el umbral de la locura, y no parece que vayan nunca a regresar de ahí. La locura es, de hecho, el tema central de este volumen de cuentos, y el mayor de sus logros acaso consista en esa forma especialmente equilibrada y sensata de enfrentarse al desequilibrio y la falta de sentido. Acierta Covadlo al observar esa locura desde fuera, estableciendo entre los narradores y sus historias la distancia suficiente para que todo, incluida por supuesto la misma locura, acabe sometido a la más sólida de las lógicas narrativas. Lógica y locura: acaso en la armoniosa y feliz alianza entre ambas resida la clave última de las muchas virtudes que encierra la última entrega literaria de Covadlo.

Pero he hablado de una forma equilibrada y sensata, y tal definición no alcanza a trasladar una idea cabal de la riqueza de recursos narrativos que el autor acredita en este libro. Hablando de la obra de Covadlo, uno no puede dejar de aludir a dos de los elementos que en mayor medida contribuyen a caracterizar su concepción literaria. Dos elementos, la parodia y el humor, que pueden rastrearse en todos sus libros y que (no podía ser de otro modo) suelen presentarse estrechamente unidos. En cuanto a la parodia, insiste Covadlo en adoptar determinadas convenciones de la tradición narrativa para darles vuelta y desbaratarlas. Si en La casa de Patrick Childers proponía una revisión paródica de la literatura gótica, en varios de los cuentos de Animalitos de Dios hace algo muy parecido con géneros tales como el policiaco, el de terror, el cuento infantil, las narraciones extraídas del folklore o incluso la vida de santos. Gusta el autor de jugar con todas las tradiciones literarias: toma elementos de aquí y allá, los mezcla, los transforma, a menudo los violenta, y el resultado final tiene algo, si no mucho, de broma literaria. En cuanto al humor, parece evidente que este gran burlón literario que es Lázaro Covadlo no puede sino cimentar en él el núcleo central y más consistente de sus particulares construcciones narrativas. Un humor que unas veces se escora hacia lo grotesco (estoy pensando en el episodio de los celos de Florencio Galsgaard, en el relato titulado “Acero inoxidable”) y que, otras, puede acabar resolviéndose en un simple chiste (la historia del perdedor que pierde hasta en un concurso de perdedores, la del peculiar triángulo amoroso formado por un hombre, una mujer y Toti, ¡un osito de peluche!). Un humor en todo caso irreverente y zumbón que irremediablemente se gana la complicidad y la simpatía del lector.

En feliz contraste con la índole de su prosa, siempre sobria y contenida, las historias de Covadlo tienden a la desmesura y el exceso, lo que hace que algunos de sus cuentos se muevan en el borde mismo del precipicio, con grave riesgo de despeñarse. Pero es ahí, en ese borde del precipicio, donde el escritor, cuando consigue asentar sus pies y mantener el equilibrio, alcanza a dar lo mejor de sí mismo. Es el caso, por ejemplo, del cuento escuetamente titulado “Relato de carretera”, en el que, cumpliendo una especie de maleficio (“haré que vivas tus peores pesadillas”) y obedeciendo a la caprichosa pero implacable lógica de los malos sueños, un viajero pierde un autobús y acaba encontrándose desnudo en mitad de un bar de carretera: el lector tiene en todo momento la sensación de que el cuento está a punto de desmoronarse pero tal cosa no llega a ocurrir, y si eso es así es porque su autor avanza por el límite último del abismo con la destreza y el aplomo de un funámbulo experimentado.

Libros como éste son de los que afianzan en uno la certeza de que un buen cuentista jamás escribe un mal cuento. Lázaro Covadlo es sin duda un buen cuentista, y eso garantiza que, pese a las naturales e inevitables desigualdades, no haya entre los relatos de Animalitos de Dios ninguno que llegue a defraudarnos.

IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN, ABC CULTURAL, Madrid. 18 de noviembre de 2000.
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LA CRÓNICA

NOTICIAS DE COVADLO

SERGI PÀMIES
Nadie escribe como Lázaro Covadlo. Ténganlo en cuenta cuando se enfrenten a su último libro, una recopilación de relatos titulada Animalitos de Dios (Mondadori, 160 páginas, 1.500 pesetas), escritos casi todos en los dos últimos años. Encontrarán historias que empiezan, por ejemplo, con frases como ésta: “Le había sacudido un bofetón a su mujer a eso de las tres de la tarde”. Es un comienzo que sugiere vida cotidiana, violencia doméstica, acaso un lío de celos. Pues no. Quizá porque, como dice Ricardo Piglia, un cuento siempre cuenta dos historias, éste habla de los desaparecidos durante la dictadura argentina, reflexiona sobre la barbarie en general a partir de la barbarie en particular, juega con la hipocresía del juramento hipocrático y acaba haciéndole justicia a la hondura de un título inolvidable: Llovían cuerpos desnudos.

Covadlo vive en Sitges y es argentino, aunque también podría decirse que es judío y coleccionista de máquinas de escribir, y todo sería verdad hasta cierto punto, como que le cuesta hablar de sí mismo y que, antes que responder a las preguntas que le hago, prefiere perderse por los recodos de una conversación en la que caben el humor, la física cuántica, los recuerdos de ácidos lisérgicos, el patriotismo, la memoria, la ficción o una realidad que, según él, “suele confundirse con lo tangible. De mirada nerviosa, Covadlo (Buenos Aires, 1937) pone a prueba la capacidad de escandalizarse de su interlocutor en un juego dialéctico estimulante y confuso. Se deja fotografiar sin poner pegas, conversa con la fotógrafa y, de reojo, no deja de observar ese extraño mar de Sitges, que tiene la rara peculiaridad de estar mucho más tranquilo en otoño que en verano. Confiesa ser un pésimo contador de cuentos y tampoco podría ganarse la vida contando chistes. Y, sin embargo, escribe como nadie. Novelas, cuentos, lo que le echen. Aunque en Animalitos de Dios, tras dos novelas, ha vuelto a lo breve dejándose llevar por una metodología que tiene mucho de intuición. “Escribo por el gusto de la narración, sin esperar forzosamente el momento sorpresa. Si se da, se da. Si no, mala suerte. Mientras estoy en ello, disfruto del cuento. Ocurre como con el sexo. Uno no debería ponerse a follar pensando sólo en alcanzar el orgasmo. Si llega, bienvenido sea. Pero si no llega, también habrás disfrutado”, dice tras pedir su tercer café. Y lo que acaba de decir, de un modo aparentemente desordenado y huyendo del intelectualismo fácil, me recuerda algo que escribió Piglia: “El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Reproduce la busca siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta”. Y, sin embargo, lo que hace Covadlo no parece tan mental, y sus personajes, indigentes o fantasmas, hijos de osos o cuervos, parecen decidir por ellos mismos. “Me dejo llevar y a veces tiendo al disparate. Con los personajes me comporto un poco como con mis hijos: ellos quieren hacer su vida, así que yo me limito a ser un notario de lo que hacen”, añade.

Covadlo sonríe. Le ilusiona la aparición de su libro y también que su amigo y vecino Fernando Krahn le haya ilustrado la portada con un dibujo que dice mucho sobre Krahn, pero también sobre la especie humana. “Me identifico plenamente con el humor de Krahn. Me encanta su capacidad de reflexionar sobre el todo a partir de un pequeño detalle”. Cuando intento teorizar sobre su estilo, atraparlo con la camisa de fuerza de las etiquetas, Covadlo se escabulle con una sonrisa que, combinada con la tristeza de su mirada, produce un efecto similar al que, en una entrevista, él definía como de “chiste en un velatorio”. Insiste en no dejarse atrapar por lo teórico y, sin darle importancia, comenta: “Las teorías siempre vienen después de los hechos. Algunos insisten en que un cuento debe ser una máquina perfecta, pero la perfección es un objetivo poco estimulante. Si algo es perfecto, ya no se puede modificar y, por tanto, eso no me interesa porque se trataría de algo terminado, muerto”. Nos despedimos junto a un aparcamiento, él con la sensación de que no ha contestado a ninguna de mis preguntas y yo con la sensación de que mis preguntas eran idiotas y que, por tanto, hizo bien en no contestarlas. Cuando llego a casa, releo El fantasma de Castelldefels y Llovían cuerpos desnudos y empiezo a escribir este artículo a partir de una primera frase que me arrastra hacia las demás: nadie escribe como Covadlo.

EL PAÍS, 13 de octubre de 2000
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AL BORDE DE LA PERFECCIÓN

ANIMALITOS DE DIOS
Por Lázaro Covadlo-Mondadori-160 páginas-($13)

No es el primer caso, ni será el último, de un argentino que es primero reconocido en el exterior. Eduardo Lázaro Covadlo nació en Buenos Aires en 1937, y entre 1965 y 1973 publicó en Argentina sus primeros libros (que él mismo considera "borradores pasados por la imprenta"). Sin embargo, Animalitos de Dios desembarca con el aura que rodea al autor a partir del momento en que se publicó en España -donde reside desde 1975- el volumen de cuentos Agujeros negros (1997), que recibió el inmediato elogio de varios escritores españoles de renombre, como Enrique Vila-Matas o Antonio Muñoz Molina.

Luego, su novela Conversación con el monstruo , finalista del premio Planeta Argentina y publicada aquí por Emecé en 1994, fue reeditada por la filial española de la misma editorial. En dirección inversa, Mondadori promete ahora la publicación, en Argentina, de los dos primeros libros que cimentaron la fama del autor en España, el citado Agujeros negros y la novela Remington Rand, una infancia extraordinaria .

Al igual que su anterior volumen de cuentos, Animalitos de Dios contiene doce relatos. Todos ellos tienden a producir la impresión de que Covadlo posee un variado arsenal de recursos que ya son tradición en el cuento relativamente breve (poco más de veinte páginas el más extenso). Siempre hay una línea de acción concentrada, con giros más o menos imprevistos que modifican definitivamente la vida (o la muerte) de los personajes. Éstos son en todos los casos seres con características muy marcadas, con una cierta rareza o extravagancia. Y el humor, con predomio de la ironía, nunca está ausente.

En un par de casos, el resultado, dentro de la propuesta, roza la perfección. El título de uno de esos cuentos, "Acero inoxidable", alude al material de que estaba hecho un cinturón de castidad en el siglo XI, según una novela "histórica" escrita por la coprotagonista. Para su desgracia, la dueña de tan inexacta imaginación se casa con un historiador obsesionado por la exactitud de datos y registros.

El pugilato existencial entre ambos, narrado en tercera persona pero con la inclusión de fragmentos de los diarios en que ambos registran cada minucia de sus vidas, está formidablemente construido. En "El cuervo", un tétrico cuento infantil se entrelaza con el presente de la mujer que recuerda haberlo escuchado, siendo niña, de boca de su trágico padre.

Los diez cuentos restantes se sitúan un pequeño escalón más abajo. En algunos casos, porque no alcanzan la misma apariencia de perfección en todas las piezas del mecanismo; en otros, porque arriban a un final que no tiene tanta contundencia como el impecable desarrollo que lo precede. Entre los últimos está "Relato de carretera" (el más largo), un día en la vida de un hombre que, conminado por su mujer, viaja a encontrarse con ella y los hijos de ambos, hasta que en el camino algo le impide llegar a destino. Entre los primeros hay dos cuentos "argentinos". Uno, "Llovían cuerpos desnudos", es la debacle final de un médico retirado de la Armada que, cuando viaja en avión, cree ver por la ventanilla cuerpos de detenidos arrojados al Río de la Plata durante la dictadura. En el otro, "Colorado", un tal Covadlo recuerda, de sus tertulias en el Buenos Aires de los sesenta y setenta, a un amigo jujeño cuya figura termina confundiéndose inquietantemente con las historias folclóricas de aparecidos y desaparecidos que aquel muchacho solía contar.

La inventiva de Covadlo despliega un abanico de otros curiosos personajes, entre los que se cuenta un mendigo, beato, que se cruza con un Nietzsche anacrónico y termina santificado por Salomé (Lou Andreas).

PABLO INGBERG
LA NACIÓN, BUENOS AIRES 17/9/2000

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DESFILE DE MASCOTAS FEROCES
Lázaro Covadlo es argentino, aunque reside en Cataluña, más precisamente en Sitges, a pocos kilómetros de Barcelona, desde hace veinticinco años y, de hecho, es más conocido en España que en nuestro país. Agujeros negros es el libro con el que hace apenas tres años comenzó a hacerse conocido en las librerías hispanas, y desde entonces ha publicado en tiempo record las novelas Remington Rand, una infancia extraordinaria; Conversación con el monstruo y La casa de Patrick Childers, además de un libro de artículos periodísticos. La edición reciente de su obra puede hacer creer que se trata de un escritor novel, pero Covadlo no lo es. Antiguo redactor de Confirmado, antes de que la dictadura lo obligara a buscar otras salas de redacción, siempre matizó su profesión de periodista con la escritura de ficciones. Y en éstas, lo que predomina es el gusto por hacerle un hueco a la realidad para escaparse a través de él.
Como si trataran de cumplir con una de las pocas máximas que Ernest Hemigway se imponía a la hora de escribir sus relatos —“Dejar de lado todo e inventar a partir de lo que se conoce”—, las doce historias reunidas en Animalitos de Dios convocan al mismo tiempo la proximidad de lo conocido y la inquietud por lo que puede ocurrir. Y si bien es cierto que lo segundo procede más de una escritura que avanza por cuenta propia que del cálculo de efectos que se quiere provocar, la búsqueda de la proximidad es deliberada. Esa cercanía funda una confianza y también una complicidad con el lector. Ambas son condiciones necesarias para poder desarrollar el aspecto más artesanal de su estilo: un humor cáustico y sutil, impregnado de minucias de la vida cotidiana, y que la confluencia de la nacionalidad argentina con la residencia española no ha hecho más que agudizar.
Rastros de su pasado porteño subsisten en dos de los cuentos: “Llovían cuerpos desnudos” y “Colorado”. En ambos hay una línea temática común, como si los años de represión en Argentina hubieran impreso a fuego la presencia irreductible y el carácter fantasmático de la muerte. En el primero, un médico militar trata de ahogar con alcohol y comida el recuerdo de los “vuelos de la muerte”. El segundo está protagonizado por un extravagante personaje, el Colorado Amaral, frecuentador de los bares de la avenida Corrientes en la década de los setenta, que en un extraño sincretismo aunaba la mitología de su Jujuy natal y el troskismo, y que terminó abatido mientras soñaba un futuro revolucionario.
Tanto los anteriores como el resto de los cuentos de este volumen están sujetos al régimen de lo imprevisible. Y no porque su autor se asuma como un profeta de las sorpresas —su arte carece de esa mala fe— sino porque entre todas las resoluciones que estos relatos podrían tener, siempre opta por aquellas que, siendo posibles, resultan las más inesperadas. A un primer contacto casi íntimo, en el que se narran situaciones que cualquiera puede reconocer o al menos imaginar, le sigue un desarrollo que se desvía hacia un desenlace difícil de predecir.
Sin embargo, sería equivocado afirmar que las soluciones estén prefiguradas de antemano, pues la eficacia de estas historias no reside en los finales contundentes. Se sostiene, en cambio, en pequeños detalles de construcción que marcan una variación mínima, pero suficiente para determinar el curso posterior de los acontecimientos. Variación desconcertante que imprime un interés continuo, creciente.
Para ilustrar este procedimiento es necesario hacer una breve reseña de algunos de los argumentos. Un distinguido profesor universitario decide suicidarse luego de haber recibido un homenaje por sus cuarenta años de carrera: pero en el momento en el que está a punto de beber una copa de champán con cianuro, dos asaltantes irrumpen en su casa (“Intrusos”). Un hombre inclinado a la juerga y a la buena vida recibe el ultimátum de su esposa quien lo conmina, después de haberlo abandonado, a que se reúna con ella y sus hijos. Decidido a cambiar de vida, el hombre va a su encuentro, pero el colectivo en el que viaja parte cuando él todavía está en el baño de un parador. Corre semidesnudo para alcanzarlo, pero los parroquianos malinterpretan su actitud y lo toman por un exhibicionista (“Relato de carretera”). Una recién casada se niega a separarse de su osito de peluche, veinte años más tarde, su hijo tratará de desentrañar los motivos por los que su padre fue encerrado en un instituto psiquiátrico (“Los osos”). Un historiador obsesivo obliga a su joven esposa, escritora de novelas históricas, a apuntar en un diario hasta sus mínimos movimientos. Al leerlo, cada noche, le resulta imposible discernir la ficción de la realidad (“Acero inoxidable”). Un escritor profesional, que redacta libros ajenos por encargo, explica los motivos por los cuales un literato siempre debe llevar consigo un arma (“Un escritor debe ir armado”).
Otra de las características sobresalientes de estos cuentos es el contraste manifiesto entre el perfil de los protagonistas y las circunstancias que les toca vivir. Dotados de algún rasgo que los vuelve entrañables, y por eso mismo, cercanos y reconocibles, la suerte quiere que les sucedan cosas extraordinarias, no por fantásticas, sino por infrecuentes y raras. Incluso, el resto de los personajes con los cuales se relacionan también están dotados de una buena dosis de extrañeza. La elección no es casual y encierra una moraleja que toma la forma de una invitación al lector. En la identificación a la que ellos convocan y a la que éste accede gustoso, está la trampa. “Vengan, acérquense —parecen decir—, que nosotros vamos a acompañarlos a dar un paseo por esta galería del horror y del absurdo que es la realidad”.
El cuento que da título al libro es una muestra cabal de esa intención y de la voluntad mordaz que la acompaña. La figura de Antonio Medina condensa la inocencia y la tontería, exaltadas por una sociedad que cree ver en ellas una iluminación trascendental. Pordiosero de nacimiento y luego mendicante profesional, Antonio se las rebusca para perfeccionar sus métodos, al tiempo que incrementa sus lecturas licantrópicas y la adicción a los pegamentos. En ese estado de confusión, traba amistad con Friederich Nietszche, de quien extrae una única y equívoca enseñanza: el amor a los animales aplaca la fiereza humana. Rodeado de mascotas de toda laya, Antonio alcanza una santidad involuntaria, celebrada por numerosos fieles.
Cuentista de los buenos, Covadlo sabe exactamente dónde detenerse para que la impresión profunda que suscita cada uno de sus relatos permanezca en la memoria del lector y para que, como los buenos vinos, madure lentamente en su paladar.
JORGELINA NÚÑEZ
Diario CLARÍN /Cultura y Nación. Buenos Aires, 12/112000

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DOCE CUENTOS SIN AGUJEROS

Una docena de cuentos basta para reafirmar que Covadlo es un buen narrador y, tan grato como esto, que tiene historias para contar, algo no del todo frecuente en estos días (meses, años). Con un lenguaje claro, este escritor desparrama vitalidad e imaginación en la mayoría de los relatos que integran Animalitos de Dios. Sus cuentos atrapan desde las primeras líneas, ya se trate del enfermizo amor entre un historiador y una novelista (donde además de hacer reír y de erotizar, Covadlo hace reflexionar sobre las novelas históricas) o de la vida de un pordiosero que comparte vino barato con Nietzsche. En ciertas ocasiones la diversidad temática y tonal de los cuentos que se reúnen en una misma obra puede señalarse como una falla, pero en Animalitos de Dios se trata de un elemento positivo, subraya la vitalidad y la sorpresa que depara la lectura. La unidad es otorgada por una mirada que transita la crítica, la ironía, el humor, la piedad y la tristeza de párrafo a párrafo, una mirada libre, ágil. Dos o tres cuentos poseen un desarrollo un poco previsible y están por debajo del resto, pero "Animalitos de Dios", "Acero inoxidable", "Un escritor debe ir armado" y "La estructura de la belleza", entre otros, justifican acercarse a este nuevo libro de Covadlo
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Argumento: Temas diversos e historias que van desde el puro realismo a lo grotesco. Hay caso para todos los gustos en esta obra del escritor argentino radicado en Sitges desde 1975: el accidentado suicidio de un catedrático; un concurso para elegir al hombre más perdedor; un médico militar de la dictadura argentina que ve llover cuerpos; las trampas de la memoria en la cabeza de un exiliado; desencuentros amorosos entre arquitectos; un escritor que se ofrece de negro; el encuentro entre un obsesivo historiador y una escritora de novelas históricass; el imposible reencuentro entre un marido arrepentido y su mujer; la relación de una mujer con su osito de peluche; un padre políticamente incorrecto; una historia de amor en torno a los gatos, y la vida y obra de un pordiosero muy particular.

SERGIO CRISCOLO
Revista QUÉ LEER, Barcelona, enero 2001>

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QUERIDOS MONSTRUOS
El argentino radicado en España Lázaro Covadlo se dio a conocer con la publicación en 1997 de “Agujeros negros”, una deslumbrante colección de relatos publicados por una editorial (Áltera) tan excelente como desconocida. Gracias al éxito de aquella docena de cuentos, Covadlo pudo publicar las novelas “Remington Rand, una infancia extraordinaria”, “Conversación con el monstruo” y “La casa de Patrick Childers”, editadas respectivamente por Áltera, Emecé y Mondadori.
Ahora vuelve Lázaro Covadlo de la misma manera que empezó, es decir con otros doce cuentos en los que desarrolla todo su excepcional talento para la narración en las distancias cortas. ¿Se figuran un bar que convoque un concurso de perdedores? ¿Se imaginan que el rey de los fracasados se presente al concurso y que lo pierda por culpa de un fantasma? Hechos tan paradójicos, raros y divertidos se suceden en las páginas de “Animalitos de Dios”, cuyo título informa perfectamente bien de la filosofía que preside la escritura y el mundo literario de Lázaro Covadlo.
Una visión del mundo y sus atribulados habitantes (esos “animalitos de Dios” torpes y descarriados) tierna e irónica. El escritor contempla la parada de los monstruos con la sonrisa de un demiurgo amable y nada aciago, comprensivo y un punto socarrón. Covadlo redescubre el placer de contar sin efectismos y sin pretensiones, con amor y talento.

JOSÉ FERNÁNDEZ DE LA SOTA
EL CORREO, 10/1/2001
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Extraños personajes y, en no escasas ocasiones, insólitas historias que derivan en desenlaces no menos inesperados. Esta parece ser la tónica de Lázaro Covadlo. El singularísimo escritor argentino, desde hace años afincado en Barcelona, no deja de regalarnos con unos mundos excéntricos que, en su periplo hispano, empezaron a ser publicados por primera vez en Agujeros negros (1997). A este volumen de cuentos siguieron novelas como Conversación con el monstruo, Remington Rand y La casa de Patrick Childers. En Animalitos de Dios, el lector encontrará héteros de toda índole. El libro se abre con la historia de un profesor recién jubilado que, en el preciso momento en que intenta suicidarse, es asaltado por unos delincuentes, y concluye con la del mendigo Antonio Medina, quien se convierte en un santón vegetariano tras una conversación con Nietzsche. Entre una y otra, sobriedad en el arte narrativo y destilación de un humus que combina ironía cáustica y sorpresa para presentar una amplia gama de protagonistas desclazados y marginales donde los haya. Entre otros, el de un militar argentino obsesionado por la lluvia de cuerpos desnudos de aquellos a quienes asesinó; el de Cayetano Amaral, originario de Jujuy, y la corte de místicos y míticos monstruos que lo acompañan en su viaje a Buenos Aires; el de Florencio Glasgaard, un meticuloso profesor que anota todas las acciones en un dietario personal, y el de su esposa Anabel Camargo, una novelista que acabará traicionándolo por ser, precisamente, fiel a sus consejos de literalidad; el del novio que se ve despechado por una mujer que no ha sabido desprenderse de su fijación por un oso de peluche. Ninguno tiene desperdicio.
Los cuentos reunidos en torno al título Animalitos de Dios no parecen, en principio, guardar relación con la primera recopilación ni, mucho menos, con las novelas; sin embargo, todos los relatos comparten la marca de unas presencias procedentes de un imaginario tan singular como heterogéneo. Las influencias (en absoluto temidas) enraizan, entre otros, en Borges y Cortázar; en la narrativa anglosajona, en general, y en la norteamericana, en particular; en la novela negra, el jazz y el cine también norteamericano. Las realizaciones descansan en la firmeza de una escritura que es capaz de cristalizar la voluntad de hacer desvanecer, en primer lugar, las denominaciones genéricas y, en segundo, a fuer de introducir delirios y visiones como formas de conocimiento de la condición humana, la distancia entre realidad y ficción.
KARMEN OCHANDO
Revista LATERAL, Barcelona. Marzo 2001
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EMPECÉ POR EL ÚLTIMO CUENTO, ANIMALITOS DE DIOS, Y LO TERMINÉ CON UNA SONRISA: CADA PÁRRAFO ERA UN MOTIVO DE FELICIDAD.

Mataría –o al menos amenazaría a alguien con una pistola sin balas, ¿o con balas?, ¿es necesario tanto dramatismo?– por tener entre manos otro libro de Lázaro Covadlo; el viejo –tiene 67 ó 68 años, y su primer libro lo publicó a los 60– no es un autor reconocido ni famoso; no figura en ninguna lista de los más vendidos ni es un acontecimiento de mercadotecnia literaria, ¡quién hace filas para comprar un libro de Covadlo! Ni yo.

Animalitos de Dios –como un truco del más allá, o de Lázaro: su nombre tiene algo de milagro– apareció, se me apareció, en una mesa de saldos; el lugar maldito al que van a parar todos los bastardos del mercado editorial antes de caer en una trituradora de papel. Me gustaron la portada y el título y lo abrí al azar. Era un libro de cuentos. Leí las primeras líneas de uno de los del centro y me encantó su prosa: una escritura limpia y con la elegancia de otro tiempo que exhibía Bioy Casares en sus relatos. Más adelante, cuando lo leí todo, me di cuenta de que además era un escritor camaleónico: podía escribir como Chandler o como Cortázar. Y siempre era él. Lázaro Covadlo. Pagué una suma irrisoria por el libro y me fui a casa

Empecé por el último cuento, "Animalitos de Dios", y lo terminé con una sonrisa –en realidad varias: cada párrafo era un motivo de felicidad– y decidí leer el libro en orden. Fracasé. Leí el primer cuento –una sonrisa más, un momento más de regocijo– y volví a "Animalitos de Dios", ¡que historia tan… ¿por qué me cuesta tanto encontrar un adjetivo?! Terminé el segundo relato –otra sonrisa fantástica– y de nuevo volví a poner mis ojos en "Animalitos de Dios". Después de finalizar el tercer cuento sólo devoré un pequeño fragmento de mi adorado "Animalitos de Dios" y tomé la decisión de no leer más. Este condenado libro, pensé, es demasiado breve para agotarlo como si se tratara de un cochino best seller. Además tenía miedo de aprendérmelo de memoria. Tomé otros libros de cuentos –grandes libros de cuentos– para hacer la pausa más llevadera. Repasé a Monterroso y a Arreola. Me entretuve con los Cuentos completos de Truman Capote. Y regresé a Animalitos de Dios. En el séptimo cuento, "Acero Inoxidable", creí que me hallaba ante un prodigio, ¿por qué nadie me había hablado de Covadlo? Tuve que contener mi hambre de más historias con otro autor: Roberto Bolaño. Leí algo de sus Putas asesinas y en el momento menos pensado –¿este libro tiene algún tipo de narcótico?– tenía una vez más Animalitos de Dios entre las manos. ¿Por qué tanta adicción? ¿Por qué tantos halagos? Hace un tiempo, 6 ó 7 años, la literatura latinoamericana tuvo una pequeña sacudida con el manifiesto de McOndo, palabras más, palabras menos: No más Realismo Mágico, No más mujeres voladoras, No más encantadores de serpientes; Covadlo no debió leerlo; o lo leyó y lo desechó. Porque la literatura es otra cosa. Continuó con lecturas como El secreto de Joe Gould y dejó que pasara lo que ha pasado: una proliferación absurda de novelistas urbanos empeñados en contarnos sus borracheras y sus experiencias con las drogas; han aparecido detectives obvios que dejan al descubierto desfalcos millonarios de políticos corruptos y cientos de amantes irredentos que tratan de explicarnos el porqué los dejó la mujer de sus sueños. Entre tanto está él: un argentino que nos narra las desventuras del hijo natural de un oso de peluche y las angustias de un historiador que quiere ponerle un cinturón de castidad a su mujer; la matanza de una legión de gatos y el desconcierto de un hombre desnudo que tiene que besarle el culo a una princesa que tiene la piel cubierta de verrugas y se desplaza por el piso con sus brazos y piernas convertidos en muñones. Narra todo eso y fue capaz de escribir "Animalitos de Dios", ¿no quieren leerlo? Es el mejor cuento que me he leído en mucho tiempo.
Por FERNANDO GÓMEZ
Revista GATOPARDO, Bogotá, Noviembre 2004

LA CASA DE PATRICK CHILDERS (Novela) Mondadori, Barcelona, 1999

CEMENTERIOS DE ELEFANTES
IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN
Al principio de la novela, recuerda el narrador una vieja película de Tarzán en la que un buscador de marfil sigue a un elefante herido hasta el cementerio de elefantes que hará de él un hombre rico. Y añade “Años más tarde sufrí una gran desilusión al enterarme de que lo del cementerio de elefantes era un mito alimentado por la Metro-Goldwyn-Mayer”. Mito o no, lo cierto es que la idea del cementerio de elefantes parece ser el germen del nuevo libro de Lázaro Covadlo, autor argentino residente en Sitges desde hace veinte años. ¿Qué es lo que lleva a su protagonista, el próspero empresario Raúl Ramírez Collado, a recluirse en una antigua y solitaria mansión, habitada sólo por el fantasma de su primer propietario, Patrick Childers, que se quitó la vida colgándose de una cuerda? La muerte. O, mejor dicho, la casi inminencia de la muerte. Como el elefante herido de la película de Tarzán, Raúl busca un lugar en el que morir en paz, libre de la enojosa compañía de enfermeras, médicos y familiares. La nueva novela de Covadlo es un libro sobre la muerte, sobre cómo el ser humano se prepara para el momento en que tendrá que encontrarse con ella.
Pero la nueva novela de Covadlo es también un libro sobre el sexo. Desde la primera a la última página, La casa de Patrick Childers habla de sexo y de deseo, de ese sexo que se mantiene vivo incluso en la proximidad de la muerte y ese deseo siempre impetuoso que ha marcado de forma determinante la existencia del protagonista. No es, por supuesto, la primera vez que sexo y muerte aparecen tan íntimamente unidas en una obra literaria: se diría más bien que el uno no puede entenderse sin la otra. Lo que sí resulta original y novedoso es la naturaleza de esa unión, el tratamiento humorístico, burlón, radicalmente irreverente con que Covadlo aborda un tema literario que la tradición literaria suele asociar con los modos campanudos de la tragedia. No hay en La casa de Patrick Childers aliento trágico sino nihilismo zumbón y un antisentimentalismo y un descreimiento tan viscerales que ni uno solo de los párrafos del libro puede escaparse de ellos. ¿Sexo y muerte? Claro que sí, pero reducidos a meras funciones corporales, como nacer, defecar o dormir. ¿Entienden ahora por qué hablaba de nihilismo zumbón?
Nadie podrá negar que Covadlo posee una manera de interpretar la realidad, una visión del mundo singular y personalísima. Se percibía ya en los magistrales cuentos de Agujeros negros y en las desiguales novelas Remington Rand y Conversación con el monstruo, lastradas ambas por una trama errática y desmadejada. Vuelve ahora a percibirse en esta nueva novela, en la que, por suerte, el autor ha logrado ganar la batalla a todos esos problemas técnicos. Lo ha hecho, además, de la forma más sencilla: reduciendo esa trama a su mínima expresión. Es decir, eliminando historias superfluas y concentrándose en un foco narrativo central. El acierto de Covadlo en esta novela consiste en haber partido de un planteamiento tan sencillo como el siguiente: coloque usted a un personaje determinado en una situación determinada, agote todas sus posibilidades narrativas y tendrá una buena novela. Eso es lo que ha hecho con La casa de Patrick Childers y eso también lo que ha conseguido: una buena novela.
No estoy diciendo, sin embargo, que la novela carezca de un hilo argumental. Por supuesto que lo tiene. La casa de Patrick Childers narra el progresivo cumplimiento de una antigua aunque pocas veces formulada profecía según la cual el alma de Patrick Childers acabaría ocupando el cuerpo de otro ser humano, que naturalmente no es otro que Raúl Ramírez Collado. Éste escribe su propia historia entre las líneas del cuaderno en el que aquél redactó sus diarios, y los textos de uno y otro, como sus propias identidades y biografías, se encaminan hacia una fusión que se nos presenta como inevitable: la fusión de dos fantasmas, la del fantasma del hombre que se ahorcó en esa misma mansión y la del que ahora espera la muerte entre sus paredes, atento nada más a su propio organismo, a los recuerdos que convoca su memoria y a los ruidos de las ratas que le hacen compañía.
Este breve resumen del argumento habla a las claras del propósito de Covadlo de instalarse en un terreno bien delimitado: el de la literatura gótica y de terror. Pero parece evidente que las cosas no podían ser tan sencillas. La casa de Patrick Childers es, sí, un cuento gótico pero descalabrado y vuelto del revés: una divertida parodia del género. La casa de Patrick Childers es, también, una novela de terror en la que no queda ni rastro de ese terror y que nos coloca más cerca de la risa que del miedo. Un libro de humor, en definitiva, cuya comicidad como en todas las grandes obras humorísticas, surge de un conocimiento preciso y cabal de las debilidades del ser humano. No podía ser de otro modo, dada las características de su narrador y protagonista, un viejo sátiro y egoísta que no tiene empacho en presentarse como tal y que, a pesar de eso (o tal vez precisamente por eso), nos resulta simpático desde la primera a la última página.
ABC CULTURAL. Madrid, 18/12/1999
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EL HUMOR GROTESCO GANA LA PARTIDA
En uno de los cuentos más desasosegantes de su muy memorable libro de relatos Agujeros negros, Lázaro Covadlo, escritor argentino afincado en España, se adentraba en los ominosos recovecos de la mente de un niño loco. Aquel esquinado viaje iba parejo a un sentido del humor desaforado y cruel (muy al estilo de Saki, un malicioso humorista británico que ignoro si será de su gusto).

La casa de Patrick Childers, última novela del autor y la que sigue a Agujeros negrosConversación con el monstruo y Remington Rand, una infancia extraordinaria eran recuperaciones españolas de dos novelas publicadas originalmente en Argentina en 1993 y 1997–, sigue el camino abierto por el cuento antes mencionado: misma atmósfera gótica, misma indefinición en su geografía (pese a pequeños detalles costumbristas, el marco de la novela es fantástico), misma neurosis obsesiva de su protagonista (allí un niño, aquí un lúbrico sexagenario).

La diferencia es que aquí el humor grotesco ha ganado la partida. Un humor que no es sólo una cuestión de tono, sino la verdadera clave de la obra. No importa tanto la realidad como la fantasmagoría que ésta es capaz de generar. La forma adoptada es clásica, una novela gótica a la que sólo le faltaría una institutriz como protagonista. En su lugar, un industrial en crisis que se traslada a morir al imprescindible caserón cuyo último morador fue el presumiblemente maligno Patrick Childers.

Pronto aprenderemos a desconfiar del narrador: ¿un monstruo de mezquindad o sencillamente un paranoico con imaginación? Pocas cosas hay seguras en esta novela voluntariamente engañosa. Covadlo siembra el relato de pistas que sugieren más que apuntan. Así, el lector que se empecine en leerla como una historia clásica quedará defraudado. Su enigma sirve como decoración, no como razón de ser, y de ahí su modernidad. Sólo hay un miedo perdurable, parece decir Covadlo, el de la propia muerte. Y con eso no bromea. Con el resto, sí.

ELENA HEVIA
EL PERIÓDICO DE CATALUNYA (Libros), 3 de diciembre de 1999

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Lázaro Covadlo es uno de los pocos y felices hallazgos literarios que nos ha deparado, en el ámbito de la literatura hispánica, este ecléctico y soso fin de siglo. Los relatos de Agujeros negros le valieron el unánime aplauso de la crítica; Conversación con el monstruo lo reveló como un versatil novelista; ahora La casa de Patrick Childers confirma sus excelentes dotes narrativas y, simultáneamente, lo imprevisible de sus planteamientos literarios. Porque estamos ante una sorprendente mixtura de novela gótica, experimento metaliterario, cuento de iniciación tardía y relato de humor, todo en el mismo frasco y convenientemente dosificado. Raúl Ramírez Collado, empresario industrial y millonario, se cree desahuciado y decide morir en la mansión de un siniestro suicida llamado Patrick Childers. Su fantasma –el fantasma de Childers– no tardará en hacerle compañía. Entretanto, Ramírez huronea en los diarios del muerto, escritos en gaélico, y escribe el suyo propio entre sus líneas, de manera que todo se entrelaza. Una regocijante historia donde la gravedad y la ironía juegan a confundirse (Mondadori, Barcelona, 1999).

JOSÉ FERNÁNDEZ DE LA SOTA.
PÉRGOLA, suplemento literario del diario Bilbao.
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“CARPETOVEGÓTICO”
Un acto de fe; sobrellevar el engañoso título y tan discutible portada, sumergirse en la prosa de Covadlo con la sonrisa a media hasta y permitir que sea su historia, de un neogoticismo pseudo paródico —algo así como Alfredo Landa interpretando Otra vuelta de tuerca—, la que conduzca a mejores juicios y mas altas muecas de regocijo. Alguien sugiere esperpento, y desde luego que lo hay —la comunidad de seres marginales y promiscuos se mueve entre el hallazgo y la recuperación de los ambientes propios de Max Estrella—, pero son legión los apuntes, ingredientes que asoman en el momento justo para, sin estridencias, seducir al lector. Priman Dorian Gray y una pizca de fantasía sabatiana —si bien se ningunea la tragedia con fervor—, en realidad de elementos unificadores del relato; por detrás, un discurso que postula la fidelidad al amor y al odio como reafirmación de la personalidad, principalmente la cara de póquer que uno debe exhibir al encuentro con su suerte última. Flirtea con el cinismo esta disposición, mas el desencanto no deja de configurar la humanidad de un personaje al que, tras amplio ejercicio de voluntad, le llueven por doquier. Como a todos.
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Argumento:Destino de ratas
Aquejado de una grave enfermedad, Raúl Ramírez se re—cluye en la mansión de Patrick Childers con la esperanza de morir en paz y soledad. Mas los fantasmas no tardan en hacer acto de presencia; transitan los recuerdos puntuados por la lectura del diario de Childers mientras, de puertas afuera, bulle la humanidad pachanguera del vecino pueblo de parias. A estas alturas, Ramírez decide expirar de sexo con la carnosa Florencia, descubrir qué misterios alberga el palacete de marras y evitar como si fuera la peste su destino de enfermo sin voz ni voto. Claro que cuando del destino se trata...
MILO J. KRMPOTIC
QUÉ LEER, Barcelona, enero 2000
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Un hombre solo se enfrenta a una muerte anunciada. Raúl Ramírez, a quien le ha sido diagnosticada una enfermedad en estado terminal, decide pasar los últimos días de su vida en la misteriosa casa que perteneció a Patrick Childers, un macabro personaje que antaño se suicidó y cuyo retrato, como testigo del tiempo, cuelga de una de las paredes. Entre las paredes de la casa, Raúl, a quien la dolencia no le merma ninguna de sus facultades físicas, rememora sus escarceos sexuales con Carmen, una antigua enfermera con la que mantuvo una relación matrimonial paralela a la de su esposa legal, Teresa. Tal evocación tiene como función atestiguar la extraña y poderosa energía de quien, sin embargo, se sabe en ese espacio fluctuante y fronterizo, que separa la vida de la muerte.
Para Raúl Ramírez, enfrentarse con la muerte supone, por encima de todo, una lucha contra el indigno deterioro de la carne. De ahí su necesidad perentoria de mantener el estímulo sexual en vilo, aunque sea de memoria y en solitario. Y de ahí también, probablemente, que los fantasmas que pululan por la novela —los que pertenecen a la casa y los que surgen de la imaginación del protagonista— gocen de tanta presencia física que se confunden con personas de carne y hueso. Hallándose en camino hacia el fin de la carne, Raúl no puede menos que observar el mundo como materialidad gástrica finita (“Piense usted en que en unas pocas horas ese animal que nació de madre y gozó y sufrió, estará convertido en cacas diversas que saldrán de nuestros heterogéneos intestinos”) y con el apremio de la sexualidad en vísperas de desaparición.
Además de sumergirse en sus recuerdos, el protagonista se dedica a repasar los diarios de Patrick Childers. A partir del momento en que Raúl encuentra las memorias del antiguo dueño de casa, la novela pierde en escatología y gana en urdimbre argumental. Pertrechado de recursos estilísticos que proceden tanto de la novela gótica —un tanto parodiada— como de la detectivesca, Lázaro Covadlo opta por enfrentarse a una trama de identidades cruzadas. Las vidas y los recuerdos de Raúl Ramírez y Patrick Childers se entrecruzan; y en los momentos de máxima tensión narrativa es difícil saber a cuál de los dos pertenecen los recuerdos, las esposas —Teresa y Florencia—, las vivencias y las identidades textuales y psicológicas.
¿Novela gótica o relato escatológico, entendiendo el adjetivo en su doble acepción griega: como transformación de la materia y como doctrinas referentes a la vida de ultratumba? Una vez más, Covadlo apuesta por una escritura que pretende, si no borrar, sí al menos difuminar las ya de por sí dudosas fronteras genéricas. Pero subraya también, de paso, que la importancia de su proyecto literario reside en el placer de contar, sin perder de vista el juego intertextual con otros relatos y personajes (desde Tarzán hasta Dorian Gray) que le sirven para marcar los límites de su voluntad creadora.
KARMEN OCHANDO AYMERICH
LATERAL, Barcelona. Marzo 2000

CONVERSACIÓN CON EL MONSTRO (Novela) Emecé, Buenos Aires, 1994 - Emecé, Barcelona, 1999

A petición de EMECÉ EDITORES, el 4 de febrero de 1999 Juan Bonilla presentó la novela de Lázaro Covadlo, Conversación con el monstruo, en el auditorio del FNAC de Madrid. Este es el texto que leyó en dicha ocasión.

Es curioso observar que de las novelas, cuando ha trascurrido algo de tiempo, nos suele quedar una vaga impresión general y unas cuantas anécdotas que conservamos casi siempre con menos nitidez de la que tiene en nuestra memoria nuestra propia imagen de los lectores que éramos cuando estábamos leyendo la novela. Las novelas sirven, sobre todo para recordarnos. Lo he podido comprobar últimamente, dedicándome a preguntar a algunos amigos qué les quedaba de alguna novela leída años atrás. El resultado era el que ya he descrito: vagas nociones del argumento, detalles de algunas escenas, rasgos de personajes que se habían adherido a las paredes de la memoria del lector con más eficacia que la sustancia narrativa de la obra. Y casi sin excepción, quedaba un cúmulo de impresiones sobre el propio lector, la imagen clara del ejemplar donde se leyó la novela, del lugar o los lugares donde se fue desarrollando la lectura, de la situación anímica por la que atravesaba el lector. Uno de mis encuestados llegó a decirme que no recordaba apenas nada de una novela que leyó hace años de Boris Vian, pero no podrá olvidar nunca el sabor de las pasas que se tomaba mientras leía la novela: por eso digo que las novelas nos sirven sobre todo para recordarnos. Yo creo que de cada novela leída podemos dar noticia a los demás con simples gestos: sonrisas, fruncir de cejas, encogimiento de hombros, mueca de indiferencia o despre­cio, mueca de asombro. Si una cámara secreta me hubiera grabado mientras leía Conversación con el monstruo de Lázaro Covadlo, cuando pasara el tiempo, podría demostrar lo mucho que he disfrutado con esta novela con la sola estrategia de mostrar las imágenes de esa cinta: mientras leía debía ponérseme una cara de regocijo y felicidad que no consiguen suscitarme muchos libros. Si me preguntarais, qué te quedará de esta novela, respondería sin duda: la impresión de libertad y valentía de un narrador generoso (pues no se ha guardado nada de su arsenal inventivo y lo ha derramado sin tacañería por la páginas de su novela), unas cuantas escenas regocijantes (como la del inolvidable concierto de Nicky Maremotto o el viaje en avión que, enfundado en un abrigo lleno de dólares, el protagonista hace de Santiago de Chile a Buenos Aires) y sobre todo una cabalgata de personajes alucinados y hechizantes de los que el narrador, Ernesto Pasternak, nos va dando noticia como los bardos antiguos, sabiéndose receptor de una sucesión de hechos milagrosos, sorprendentes, irreales, que merecen ser consignados para que no se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Porque como el replicante de Blade Runner, el Ernesto Pasternak de la novela de Lázaro Covadlo podría decir con toda justicia que ha visto cosas que no podríamos llegar a imaginar, y ha conocido seres que si no fueran por él no existirían.

Yo no sé si es verdad que en la vida de cualquiera de nosotros, enterrada como las estatuas en la piedra a la espera de la gubia maestra que las haga salir al aire, hay una novela magistral. Puede que sí, puede que no. Lo que parece evidente es que hay personajes de novela en cuyas vidas caben varias vidas como las nuestras, están dotados de una fuerza arrebatadora cuyo propósito no es otro que el de conseguir permanecer entre nosotros, formando parte de nuestras circunstancias, una vez que el libro se ha cerrado, una vez que hemos desapercibido la atención en otros libros o nos hemos dejado distraer por otras ficciones. Ernesto Pasternak es de esos personajes, y no sólo porque las cosas que le pasan, las gentes que conoce y su evidente propensión a los raros le permitan atesorar una galería de monstruos que por fuerza ha de llamarnos la atención, sino, también o sobre todo, por el tono con el que decide encarar el viaje a su pasado, un tono que acompaña a las peripecias y la convierten en regocijantes gracias a un humor delicioso en el que se va escudando, sin descartar los apuntes líricos y las reflexiones inteligentes. Hacer una nómina de los personajes de esta novela para dar una idea de su singularidad puede ser una pretensión tramposa, pues esa idea que se dé es posible que falsee la intensidad dramática de Conversación con el monstruo. Pero, corramos ese riesgo, y apuntemos que en esta novela los lectores encontrarán a gente como el gran buscador de monstruos Vicente Zárate; el presunto filósofo renacentista Giordano Tallaferro, de quien se reproducen algunos pensamientos tan desasosegantes como éste: "toda certeza de la pasión se revela ilusoria bajo la luz de la mañana" ; el jefe de una secta, Silas Rodrigo; Shulamit, la dama de pechos perfectos, que pertenece a un movimiento scout sionista; María Inés, la dama que no es de este mundo, que ama a un hombre a quien ha buscado en todos los cuerpos con los que ha yacido. Hablando de damas, Conversación con el monstruo es también un monumental homenaje a ellas: el enamoradizo Pasternak, casi sin quererlo, va esbozando un tratado del amor que, por mucho que nos suscite sonrisas y a veces nos invite a la carcajada, desgrana el siempre problemático asunto de las relaciones entre los sexos con una eficiencia inaudita.

Vuelvo al principio: es evidente que sin las novelas, algunos de nosotros tendríamos menos recuerdos de los que tenemos. Ganarse sitio en nuestra memoria con algo que sea una vaga impresión general o datos, llamémosle, científicos que suelen agarrarse mal a las deseadas paredes de la memoria: por ejemplo, de los amigos a los que les pregunté casi ninguno recordaba en qué persona está narrada Madame Bovary, porque eso no es más que un andamio imprescindible para levantar la casa, pero que se ha de retirar luego ganarse un sitio en nuestra memoria es algo a lo que aspira todo escritor que lo sea de verdad, que no se conforme con hacernos pasar un buen rato proponiéndonos una mera adivinanza. Lázaro Covadlo conoce la alquimia de la narración: en este sentido es un narrador antiguo, y espero que no se tome a mal este adjetivo que yo utilizo como el más soberano de los elogios. Al decidirse a contar la vida de Ernesto Pasternak, al tratar de que la memoria de éste nos perteneciera, contaba con su prodigiosa capacidad de crear personajes, representarlos con unos pocos y selectos detalles, que pueden ir desde un comentario aparentemente intrascendente, hasta su propia manera de expresarse. De esa prodigiosa capacidad ya sabíamos los lectores que quedamos hipnotizados con los relatos de Agujeros Negros. De que esa capacidad no tenía por qué quedar recluida en la extensión breve de los relatos, también nos enteramos los lectores de Remington Rand, una infancia extraordinaria. Ahora, al confirmar lo que ya habíamos tenido ocasión de descubrir y probar, nos enorgullecemos de disponer de un escritor tan valiente como Lázaro Covadlo. Yo, con esta Conversación con el monstruo, no puedo sino manifestar mi entusiasmo y esperar contagiarlo a los amigos o a quienes me escuchen. Les invito pues a que entren en estas memorias de un tipo excepcional que conoció a muchos otros seres excepcionales. Y les invito a que se graben con una cámara mientras leen, para que dentro de algún tiempo, si alguien les pregunta, qué les queda de la lectura de Conversación con el monstruo, puedan recordar, antes que a ninguno de sus personajes, antes que a ninguna de sus desopilantes escenas, sus propias caras de regocijo, indicativo insobornable de que estaban disfrutando mucho con la lectura.

Lean, pues esta novela, para, sobre todo tener un buen recuerdo de ustedes mismos.
JUAN BONILLA
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COVADLO EN LA EDAD DE LAS TINIEBLAS Narración que surge de lo personal y se transforma en literatura.
ENRIQUE VILA-MATAS
Como Gombrowicz, el escritor argentino Lázaro Covadlo es alguien que parece haber elegido, en lugar de la gravedad, la extravagancia y la cabriola literaria, siendo probablemente Valle Inclán, Gómez de la Serna, Albert Camus y Jack London algunas de sus brújulas que le llevan a huir, como si de la peste se tratara, de la Forma en mayúscula, es decir, de la siempre limitada y absurdamente prestigiosa forma nacional, lo que le ha conducido, como se apunta en la contraportada de Conversación con el monstruo —el tercer libro que publica entre nosotros tras el éxito de Agujeros negros y Remington Rand—, a tender con su escritura puentes estilísticos entre ambas orillas del Atlántico. Pertenece pues al sector más atractivo de los nuevos escritores hispanoamericanos que están publicando en los últimos meses en nuestro país, pertenece Covadlo a la caravana internacional de los narradores que no quieren tener pasaporte, artistas de alma nómada y enemigos de los viajes obligados: caravanas de excéntricos que encabezan el chileno Roberto Bolaño, los argentinos César Aira, Juan Forn y Rodrigo Fresán, el peruano Jaime Bayly, el mexicano Juan Villoro, el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa y la cubana Mayra Montero.
Conversación con el monstruo podría perfectamente haber sido encabezada por estas palabras de Sergio Pitol hablando de Gombrowicz: “Miré hacia atrás, de pronto la vida me resulta incomprensible, incoherente, turbia, ajena. ¿Es verdad que todo eso me ha ocurrido?”. Se trata de un escrito en el que Pitol trata de recordar ciertos episodios de su relación con Gombrowicz y sólo logra convocar alguno de sus rasgos. Parecido esfuerzo es el que realiza Covadlo en Conversación con el monstruo, novela que parte de la experiencia autobiográfica del autor pero sólo para transformarla en literatura, novela que habla de los años en que la vida del autor entró en lo que él llama un sendero “monstruoso”, una desviación de su trayectoria vital: su ingreso en la secta de Silo, pero también habla del tiempo pasado en Patagonia, o de cuando militó en un movimiento sionista socialista y vivió en un kibutz de Israel, o de cuando la monstruosidad le apartó de la escritura.
En cierta forma, esta novela, que es un discurso de trazado judío sobre la estupidez y monstruosidad contemporáneas, habla con humor amargo del retorno de esa “edad de las tinieblas” que, según Cirlot, vivió hace ya siglos la humanidad: un pasado regido por monstruos. A modo de ajuste de cuentas con esa edad de las tinieblas en la que Covadlo vive y vivió, esta novela sonámbula que ocurre entre Argentina y España cuenta la historia de la importancia de llamarse Ernesto Pasternak y hacerse pasar por pariente del ruso, una historia que cruza el siglo del Mal y de los monstruos, y habla de la guerra civil española, de la represión estalinista, de un movimiento sionista, de una improbable secta y de los escritos de un presunto pensador genovés. Y así no es extraño que se diga en esta novela, que apuntala el singular edificio narrativo de su autor: “Al encontrarme en la calle entendí que había sido arrojado a un mundo vacío y ausente de sentido (...) un mundo exterior, hostil y tenebrosos, pese a que era noche de luna”. Es precisamente en noches de luna cuando hay que leer a Covadlo, trágico y raro pero en convivencia fascinante con el humor.
BABELIA (El País) 30/1/1999

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CONFIRMACION DE UN NOVELISTA
Evocar la propia existencia a través del papel que jugaron en ella los demás, o lo que es lo mismo: admitir aquello de John Donne de que nadie es una isla, nos devuelve a propuestas de otros tiempos. Eso es precisamente lo que le ocurre a Ernesto Pasternak, protagonista de la tan esperada nueva entrega de Lázaro Covadlo y, sin embargo, la novela es admirablemente novedosa.

Más que a los motivos que movieron a aquellos, que nos contaban que la vida es una aventura colectiva, todo parece apuntar a que el procedimiento mediante el que Ernesto Pasternak evoca su pasado, no es más que un recurso de Covadlo para organizar la gran cantidad de ideas –al parecer muchas autobiográficas– que han dado forma a la narración. Por lo demás, los fragmentos referidos al kibutz israelita, dan fe del escepticismo del autor ante el cooperativismo y demás sandeces de épocas remotas.

Tras su encuentro con José María Ballesteros, Pasternak repasará toda su vida mediante el procedimiento ya referido. De esta manera, constatamos una constante en la obra de este autor argentino: la puesta en marcha de la historia tras producirse el contacto entre su protagonista y un ser, más o menos prodigioso, que en Remington Rand, una infancia extraordinaria era el Diablo.

También al igual que en aquélla, Covadlo se vale de la experiencia de su personaje para ofrecernos una visión heterodoxa y amena de algunos episodios de la historia de este siglo –campos de exterminio nazis, desilusión de los militantes comunistas al cómo el estalinismo pretende reconducir la revolución española, el fascismo de los años siguientes, etcétera– que, de no ser retratados con el talento que él demuestra, raramente admitirían una visión jocosa.

En los últimos años, muchos autores han conocido el éxito por cuestiones extraliterarias. No es el caso de Covadlo, quien a todas luces merece la buena fama que le han otorgado sus primeras ediciones españolas.

Javier Memba, Esfera (diario El Mundo, Madrid) 27 de febrero de 1999.

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GALERÍA DE EXTRAVAGANTES
La aparición hace poco más de un año del libro de cuentos Agujeros negros acreditaba a su autor, el argentino Lázaro Covadlo, como indiscutible maestro del género breve: su humor tenebroso y su claridad expositiva, unidos a un vigor narrativo poco común, eran la antesala ideal de un mundo literario como el que entonces se nos descubría, indudablemente personal y fecundo. Después de Agujeros negros, Covadlo, en lugar de dar a la imprenta una nueva obra, prefirió recuperar para el público español dos novelas con las que había resultado finalista del premio Planeta del Sur. La primera de ellas, Remington Rand, la historia iniciática de un niño dotado de unos peculiares poderes mentales, quedaba lejos de las expectativas suscitadas con su volumen de relatos. Algo parecido le ocurre a la otra novela, esta Conversación con el monstruo que ahora publica Emecé y que tampoco alcanza la altura que debe exigirse a un autor del talento y la singularidad de Covadlo.
Puebla el libro un buen puñado de seres curiosos y extravagantes: un brigadista norteamericano que se hace pasar por el hermano subnormal de su amante española, un judío trágico y gordísimo al que sólo consuela la ingestión desenfrenada de alimentos, el líder de una secta que insta a sus iniciados a “avanzar por el camino de la transmutación”, un alcalde contrabandista catalán, un trasvestido que disfruta encarnando a la Rita Hayworth de Gilda, un supuesto científico dedicado a la teratología o ciencia que estudia las monstruosidades, un hombre que posee el don de la velocidad absoluta y que es sucesivamente músico, carterista, boxeador...
El propio narrador, Ernesto Pasternak, forma parte de esa misma galería de personajes extraordinarios: falso sobrino del escritor ruso del mismo apellido, su pasión por la obra de un improbable filósofo genovés (y, todo hay que decirlo, el delirio febril en el que cae al contraer paludismo) le llevará a creer en la existencia de numerosos dobles de su persona, en un juego infinito de espejismos, más que de espejos. Para entonces, para cuando ese juego se plantee con claridad, Ernesto Pasternak será ya un hombre maduro y habrá tenido tiempo de hablarnos, entre otras muchas cosas, de su relación con la primera mujer a la que amó, de un botín de medio millón de dólares que viajó de aquí para allá en distintos aviones, de la temporada que pasó en la Patagonia llevando vida de ermitaño...
Los materiales, como se ve, son de lo más diverso, y acaso en esta diversidad esté la causa de que la historia no llegue a cuajar. Abundan en el libro los episodios interesantes, y algunos de ellos tienen ese aire de juguete fantástico que tanto gustaban al tandem Borges-Bioy Casares. Ocurre, sin embargo, que muchos de esos episodios se agotan en sí mismos y conviven unos con otros sin necesitarse. Como el agua y el aceite, se juntan sin llegar nunca a mezclarse, y esa unión incompleta, la de la simple contigüidad, hace que al lector le asalte la sensación de que, bajo el texto por otro lado ágil y entretenido de Conversación con el monstruo, falta esa concepción global que debe otorgar un sentido no sólo a las piezas sino también al conjunto de éstas.
IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN
ABC CULTURAL, 14/1/1999

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FILOSOFÍA DE LA EXTRAVAGANCIA
Sinopsis: Un chico judío, enamoradizo profesional, tiene diversos encuentros con pintorescos personajes en el Buenos Aires de los años 50. Finalmente encontrará el equilibrio existencial en España.
El descubrimiento de Lázaro Covadlo se produjo hace unos dos años gracias a un brillante y sorprendente libro de relatos, Agujeros negros. Escritores como Enrique Vila-Matas y Quim Monzó, exquisitos amantes de la excentricidad, dieron la voz de alerta y desde entonces Covadlo pasó a formar parte de esa interesante turba latinoamericana —César Aira, Roberto Bolaño, Rodrigo Rey Rosa y Juan Villoro— que en los últimos años puja con personalidad y fuerza.
Pese a su reciente emergencia en España, Covadlo, 61 años, judío, argentino, residente en Sitges, no es precisamente un recién llegado a la literatura. Conversación con el monstruo quedó finalista del premio Planeta Biblioteca del Sur en 1993 —¿cuándo se decidirá algún editor a lanzar aquí a otro argentino, Ricardo Piglia, que lo ganó el pasado año?— y su actual publicación ayuda a completar el conocimiento de un autor que ha hecho del humor y la distorsión las señas básicas de su identidad. Lo que llama la atención en él es su prodigiosa sensibilidad para percibir los aspectos más extraños de la realidad, su desopilante y dislocada visión de las cosas a través de una prosa que fluye con ligereza y transparencia.
Esos aspectos también se dan cita en esta novela, quizá de forma menos impactante que en Agujeros negros, un libro con mayor voluntad de estilo. Entrañable relato de aprendizaje, Conversación... sigue la peripecia vital de Ernesto Pasternak, un muchacho mitómano y judío, y de los estrambóticos personajes de los que se rodea. Dice Covadlo que todos llevamos un monstruo dentro, un monstruo que nos aleja de los demás y nos hace únicos. Esa reflexión teratológica proyecta asimismo una nueva luz en la identidad hebrea, en su incombustible capacidad de supervivencia pero también en la intransigencia del sionismo. Tan capaz de reírse de los demás como de sí mismo, Covadlo sugiere que lo mejor es conocer, conversar con nuestro monstruo interior. Ése es el mensaje final de una novela tan maliciosa como inteligente.

Elena Hevia

EL PERIÓDICO (LIBROS), Barcelona. 12/ 2 / 1999

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EL SOBRINO DE PASTERNAK
Los monstruos sirven de espejo a la humanidad. Si observamos con cierta atención a nuestro alrededor, caeremos en la cuenta de que estamos rodeados de monstruos políticos, banqueros, famosos y famosas, prácticamente todos los caretos que fatigan la prensa y la televisión ocultan un engendro detrás del maquillaje.
Eso lo sabe bien Vicente Zárate, que para eso el hombre es teratólogo. La teratología es la disciplina que se ocupa de las monstruosidades y anomalías biológicas, pero también —y quizás sobre todo— de las malformaciones sociales históricas y morales. Porque la historia es —como dice Zárate— una gran productora de monstruos y de monstruosidades. Aunque a Zárate lo que más le interesan son esos monstruos que andan por el mundo sin llamar la atención, disimulados como los gatos negros en las noches sin luna. Ernesto Pasternak, protagonista y narrador de Conversación con el monstruo, cree que puede ser uno de ellos, sospecha que en el fondo él puede ser un monstruo como los que persigue Zárate, y así empieza a enredarse la madeja de sus aventuras.
Ernesto Pasternak, además de héroe de la revolución sionista, quiere ser escritor. Un escritor vital, un vagabundo, no un vulgar cagatintas. Una de sus primeras decisiones es fingirse sobrino nieto de Boris Pasternak, el afamado autor de Doctor Zivago y premio Nobel de Literatura. También decidirá tomar clases de boxeo. “Si aprendo a pegar bien —se dice— podré castigar a los críticos que me maltraten”. El destino de Ernesto, sin embargo, seguirá otros caminos tirando a monstruosos. El Buenos Aires de los años 50 aparece habitado por monstruos como el rockero y púgil Nicki Maremotto, el maestro de ajedrez Shloime Matrajt, que come para olvidar su experiencia en un campo de exterminio nazi o el ex brigadista Richard Bailey, que aprendió a hacerse el tonto —como tantos— para salvar la vida.
Covadlo hace que el falso sobrino de Pasternak (su amado monstruo) nos lleve de la mano a través de un par de continentes, unas cuantas mujeres y un sinfín de aventuras y tribulaciones que se inician en una tienda de campaña de un campamento de scouts sionistas y concluyen en un chalet en la costa catalana. Treinta años en la vida de Ernesto Pasternak contada por él mismo, relatada con dosis insuperables de ironía y humor. Una historia de monstruos y también un relato sobre la soledad y las pasiones, el trascurso del tiempo y esas “encrucijadas” vitales de las que habla el supuesto filósofo renacentista Giordano Tallaferro, cuyas jocundas enseñanzas serpean a lo largo de todos los capítulos del libro.
Lázaro Covadlo, nacido en Buenos Aires en 1937, se dio a conocer en España con la publicación en 1997 de un memorable libro de relatos titulado Agujeros negros. Conversación con el monstruo fue finalista en 1993 del premio Planeta Biblioteca del Sur y fue editado en el 94 en Argentina. Esperemos que su próxima entrega literaria no nos llegue con años de retraso, porque son muchos ya los lectores afiliados al club de Lázaro Covadlo.
JOSÉ FERNÁNDEZ DE LA SOTA
EL CORREO, 10 / 2 / 1999
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Tras imponerse con Agujeros negros, Lázaro Covadlo lanza una novela en la que ajusta con ironía y profundidad alguna cuenta pendiente con su pasado
EL UNIVERSO COVADLO
El autor argentino publica la novela “Conversación con el monstruo”

NURIA NAVARRO
Hay escritores que con un libro ingresan en el pantocrátor de los autores de culto. Salinger lo logró con El guardián entre el centeno. A Lázaro Covadlo (Buenos Aires, 1937) le ha ocurrido algo parecido. Le bastó con que la editorial Áltera publicara desganadamente su libro de relatos Agujeros negros para que gente como Enrique Vila-Matas, Sergi Pàmies y Quim Monzó se lanzaran al cultivo del elogio (desinteresado). Ahora acaba de aparecer Conversación con el monstruo (Emecé), una novela con carga autobiográfica escrita antes que Agujeros negros.
Una de las bazas de Covadlo es que ha vivido. Siguió a un gurú de la escuela de Gurdjieff —“mi fantasía era meterme en un monasterio zen, pero Japón quedaba muy lejos y acabé en la secta de Silas Rodrigo”—, se desilusionó del socialismo en un kibutz —“en una guardia, a oscuras, disparé contra una vaca creyendo que era un ser amenazante”—, consumió LSD —“estuvo bien”—, fue limpiabotas en Río de Janeiro, beatnik en Porto Alegre, bajó el Paraná en un kayak y ejerció de quiosquero. Eran intentos de interpretar el mundo. Y algunos aparecen en Conversación con el monstruo. “Si no tuviéramos recuerdos no podríamos inventar futuros posibles”, aclara el escritor, cuya gracia es saber convertir lo vivido en ficción sin caer en el enervante onanismo.
Después de tanto experimentar, Covadlo ha llegado a una conclusión: “Los escritores hacen el mundo”. Ése es, dice, el valor teológico de la literatura. “¿Qué es la realidad si no la visión que tenemos de las cosas? La base de nuestra cultura es la Biblia, repetimos sus ideas fundamentales, pero también Kafka, que ha dado nombre a una realidad absurda”. A su juicio, entre los libros que fundan el mundo están el Quijote, el Tao, El Lazarillo, los de Borges y el Utz de Bruce Chatwin. Como ellos, Lázaro Covadlo es “un creador de historias, más que un escritor de palabras”.
EL PERIÓDICO 9/ 2 /1999

AGUJEROS NEGROS (Relatos). ÁLTERA (Barcelona) 1997 - DEBOLSILLO - RANDOM HOUSE MONDADORI, PLAZA & JANÉS (Barcelona) 2002

EN LAS TINIEBLAS DEL SER

Tras la lectura casual de Agujeros negros consideré ineludible llamar la atención sobre este sorprendente libro, colocarme en la pechera de mi camisa una especie de estrella de cazador de talentos que otros críticos (siempre ocupados con los nombres consagrados) son incapaces de detectar. Es decir, que sentí y pensé como uno más de los peculiares funámbulos que protagonizan los relatos de este desazonante libro del escritor argentino Lázaro Covadlo, residente desde hace unos años en Barcelona, autor de una breve y sobria obra que ha explotado en su último libro, el primero que publica en España.

Covadlo pertenece a la generación posterior al boom que hasta fecha reciente ha sido ninguneada por las editoriales españolas. Por suerte, últimamente se han publicado entre nosotros varias joyas latinoamericanas de amplio brillo: en Alfaguara Materia dispuesta, de Juan Villoro. En Anagrama, Llamadas telefónicas, de Roberto Bolaño. En Mondadori, Ema la cautiva, de César Aira. Un punto en común: nada que ver con el realismo mágico. Algunos cuentos de Covadlo son de antología. Tres me han deslumbrado particularmente: Mucho cuero, Nunca apagaba la luz, y el impagable Nadie desaparece del todo.
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Preparativos para el abismo
Doce cuentos excepcionales de una voz narrativa que cuenta con un sorprendente mundo propio que nos habla de seres decididamente solitarios que tejen frágiles cuerdas sonámbulas al borde del abismo. Doce relatos que nos hablan de gente que comete crímenes perfectos que confiesa 50 años después para fastidiar las navidades a dos policías; doce cuentos que nos hablan de hombres completos que se vuelven casi incompletos del todo, de vientos que penan por su propio desamparo, de personas que de noche nunca apagan la luz... Doce cuentos desazonantes que exploran el corazón de nuestras tinieblas.

ENRIQUE VILA-MATAS, Revista Qué Leer, Barcelona, febrero de 1998

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LA CRÓNICA
COVADLO CON CUENTAGOTAS
SERGI PÀMIES

Lázaro Covadlo, escritor argentino, acaba de publicar un libro de relatos, Agujeros negros. Hace 22 años que circula por Barcelona. Salió de su país, como tantos otros compatriotas suyos, por piernas, pero no ama excesivamente hablar del pasado. De sus orígenes suele decir que cuando nació no sabía leer ni escribir, y las siguientes informaciones hay que sacárselas con cuentagotas, pero vale la pena hacerlo.

“El día que Gómez se hizo cortar la cabeza para que le fuera ofrecida a nuestro Presidente, éste le envió unas horas antes la bandeja. No era de oro, era sólo una bandeja de plata. Lo cierto es que el desempeño de Gómez en su función ministerial siempre fue algo mediocre. Sin embargo, dicen que se comportó como un valiente en el instante final, y cuando le ofrecieron inyectarle el usual tranquilizante lo despreció con gallardía” Así comienza el libro Agujeros negros (Ed. Áltera), la suma de 12 relatos espléndidos y perturbadores. Su autor es Lázaro Covadlo. Nacido en Buenos Aires, Covadlo llegó a Barcelona hace 22 años. Ahora vive en Sitges. A pesar de que le repugna potenciar el tópico del escritor que, para salir adelante, se ve obligado a desempeñar trabajos aparentemente contradictorios con su vocación (y que tanto amenizan las solapas de los libros y los informes de prensa), resulta que, para salir adelante, Covadlo tuvo que desempeñar trabajos aparentemente contradictorios con su vocación. A saber: representante de ropa, parrillero en un restaurante llamado La Pampa (los dueños eran unos franceses que nunca habían puesto un pie en Argentina), conductor de un camión volquete especializado en material para la construcción y máxima autoridad de un quiosco de periódicos y revistas. Como demasiados argentinos, él también tuvo que salir de su país, además de por piernas, por razones políticas. Eso —no hay mal que por bien no venga— le permitió poner en práctica un gusto por la aventura que ya había probado cuando, a los 15 años, abandonó provisional y airadamente el hogar paterno.
Al poco rato de estar con Covadlo, uno percibe que no le gusta hablar de su pasado. Para darse ánimos y para salvar el atraco biográfico al que lo someto con mi caótico cuestionario a mano armada, se refugia en el humor: “Cuando nací no sabía leer ni escribir”. Con cuentagotas van cayendo algunas informaciones complementarias. Estuvo en Maracaibo porque le encantaba la sonoridad del nombre de esa ciudad venezolana “y luego resultó que Maracaibo era un asco”. Su padre, que tenía un negocio de colchones, le inició en eso de los libros y le inculcó la necesidad de cuidar el espíritu. “Siempre quiso que leyera la Odisea, pero nunca llegué a contentarlo y preferí Tarzán de los monos”. Estudió Física en la universidad, pero las matemáticas pudieron con él. Fue periodista y todo lo hippy que pudo, trabajó en publicidad, publicó un libro, viajó, tuvo hijos, fumó mucho y bien, tuvo más hijos, una nieta, coleccionó apellidos curiosos, fue finalista de un premio literario con una novela que tiene la virtud de convertir lo biográfico en novelesco y lo novelesco en biográfico (y que incluye hallazgos tan inquietantes como éste: “Años más tarde se puso serio y le amputaron una pierna. No sabría precisar cuál de las dos desgracias ocurrió primero”).
“¿Sientes nostalgia de algo?”, le pregunto. Primero responde con una frase de bolero —“de lugares en los que nunca estuve”— y luego con otras, menos poéticas pero más sugerentes— “de Rusia, que no conozco, de donde vivían mis abuelos, de un montón de vivencias imaginadas”—. La conversación se anima cuando empezamos a hablar de literatura. Enseguida aparecen García Márquez y Jorge Luis Borges, maestros de casi todo. Y Raymond Carver, del que parece admirar la capacidad para crear climas aterradores a partir de situaciones aparentemente banales y de su talento para mantener en vilo al lector. Y, casi sin querer, surgen algunas pistas sobre las tripas de su peculiar voz narrativa: a) romper con lo establecido no sólo en la elección del argumento sino también de la forma, b) la obsesión por un lenguaje claro, que huya del rebuscamiento pero que, a su vez, fomente la musicalidad del texto, y c) la divagación como estímulo inicial para armar pequeños artefactos literarios que exploten ante el lector provocando una agridulce onda expansiva que refleja una gran perplejidad ante lo que denomina “maravilloso estado de estupidez general”. Y el humor, por supuesto, al que define como “lo más cercano a la no-estupidez por no hablar de inteligencia”. En la actualidad Covadlo dirige su propio taller literario, un invento que, observado a través de una metafórica lupa, ofrece, según él, una función parecida a la de los bancos: “les presta algo a los que ya tienen, pero no les sirve de nada a los que nada tienen”.
EL PAÍS (Cataluña) 17/ 12 / 1997

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DOCE CUENTOS SOBRESALIENTES

El escritor argentino Lázaro Covadlo ha escrito con estos Agujeros negros un libro de cuentos extraordinario, uno de esos libros de verdad sobresalientes que el buen degustador del género breve recibirá con incrédulo alborozo. Son doce cuentos, rebosantes de humor y de guiños literarios, escrito en un lenguaje desnudo de estériles grandilocuencias.

MARCOS GIRALT TORRENTE, BABELIA (El País), Madrid, 25 de abril de 1998.

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Me lo recomendó un amigo y desde que lo leí no he parado de, a mi vez, recomendarlo. Me siento muy cerca de esos relatos.

QUIM MONZÓ, La Vanguardia, Barcelona (Magazine), 19 de abril de 1998.

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SUTILES BOMBAS NARRATIVAS
SANTIAGO MARTÍNEZ
Nacido en 1937, en Buenos Aires, Lázaro Covadlo, pese a sus veinte años de permanencia entre nosotros, es un autor desconocido. No así en Argentina donde ha publicado ya un libro de relatos, “Los humaneros”, y dos novelas: “La cámara del silencio” y “Conversación con el monstruo”, finalista del premio Planeta del Sur 1994.
Los relatos que aquí nos presenta Covadlo muestran una madurez narrativa poco usual. Parecen concebidos como sutiles bombas de relojería, cuya finalidad última no es otra que provocar un estallido que subvierte los límites entre realidad y ficción. La ambición, el servilismo, la insatisfacción amorosa son temas de los que se sirve para enfrentarse con los inestables límites de la condición humana, presidida por la fatalidad de un destino azaroso e inevitable. Ese desplazamiento entre realidad y ficción se traslada, también a sus personajes: seres inconsistentes sacados de la más estricta cotidianidad, personajes subalternos de la vida, a los que cualquier leve modificación de sus hábitos los abisma en su propia irrealidad. Covadlo nos ofrece también una economía expresiva poco común y puesta siempre al servicio de la eficacia narrativa. La sutil ironía que empuja cada uno de estos relatos es fundamental: contribuye a la desrealización de los personajes a la vez que marca el distanciamiento necesario para subrayar los contrastes.
Así son estos “Agujeros negros”: “terribles entidades del espacio cuya gravedad atrapa todo lo que tiene cerca”. Como los personajes de Covadlo, también el lector queda atrapado por esta prosa rigurosa y sutil, que se abre, irónica, hacia los pequeños abismos cotidianos.
LA VANGUARDIA —Libros— (Barcelona) 6/3/1998

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Doce cuentos componen este sorprendente libro. En todos ellos palpita, agazapado tras una prosa diáfana y descriptiva, una suerte de horror que actúa como hilo conductor de todas las historias, lo que da al volumen una gran coherencia como conjunto. En cada cuento los personajes entablan una relación con los límites de lo humano: en unos casos la forma del límite es la muerte; en otros, la locura; en otros, el mal; pero todos ellos se asocian a un abismo que asumen como algo inevitable contra lo que casi nunca se rebelan. Lázaro Covadlo agarra el bisturí y lo aplica directamente al sentido común de lo cotidiano. Surge así un mundo invisible y silencioso, casi siempre hostil y cruel, que avanza indiferente al sufrimiento, mostrando en su implacabilidad una faz tenebrosa, sólo superable por el humor que trasciende en todos los cuentos. El autor coloca la realidad frente a un espejo cóncavo y describe —con inquietante naturalidad— su reflejo deformado; al lector tan sólo le queda el recurso de zafarse tras la risa que produce esa deformación grotesca para evitar sucumbir plenamente al desamparo.
Hay una literatura que rebasa los temas concretos, de manera que no es posible imaginar un solo motivo tras el que giran muchas de las grandes obras; destaca en ella la luz que es capaz de aportar a las experiencias humanas más comunes. En este caso y con la excepción de “Mundisueño” —un cuento destacable, que habla de la infancia y de la tristeza como una herida abierta entre la realidad y el deseo—, Agujeros negros sorprende fundamentalmente por su originalidad, no tanto por el tratamiento de los temas que refleja. Así, es posible imaginar un Covadlo agazapado tras una gran lupa, desde la que describe todo lo que ve. Tal actitud le emparenta directamente con un autor de la talla de Bruno Schulz.
CARLOS RAMOS CATALÁN
LATERAL, enero de 1998

REMINGTON RAND, UNA INFANCIA EXTRAORDINARIA (Novela) - Áltera (Barcelona), 1998. Edición Bosillo: Mondadori (Barcelona) 2000

Después de llamar la atención con el libro de cuentos Agujeros negros, Lázaro Covadlo, que vive en Barcelona, publica su novela Remington Rand, una infancia extraordinaria (Altera). Si Agujeros negros suscitó elogiosos comentarios de Gustavo Martín Garzo, Enrique Vila-Matas y Antonio Muñoz Molina, y puso en movimiento esa estrategia cada vez más rara y pura que es el boca a boca hasta convertir al escritor argentino en un autor de culto (cómo olvidar la versión de Fausto que hay en ese libro, ese contrato magnífico entre un hombre y el Diablo, uno de los mejores cuentos que uno ha leído en su vida), Remington Rand no hace sino fortalecer la impresión de que nos encontramos ante un autor de personalidad impactante. Lo fascinante de su novela es que mediante la narración de la infancia del protagonista se nos cuenta la historia del país durante esos años. El resultado tiene tanto de novela de aventuras como de retrato histórico.

JUAN BONILLA, La Esfera (diario El Mundo, Madrid), 27 de junio de 1998

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Otro escritor ya de referencia para apreciar la actual literatura argentina es Lázaro Covadlo (Buenos Aires, 1937, afincado ahora en Barcelona). Con la novela Remington Rand, una infancia extraordinaria (Áltera) confirma la maestría que mostró en su libro de relatos Agujeros negros, en la misma editorial. Remington Rand, escrita en primera persona, es una novela iniciática y de aventuras, y es también parte de la historia de Argentina. Eladio, mitad indio mitad brujo, narra su infancia extraordinaria en el Buenos Aires de los años cincuenta y entre los indios de la Pampa, donde fue toqui (cacique de los mapuches). “Cuando la vida se vive con peligro, pasa rápido”, dice. Todo eso, el dolor de la tragedia, la fiebre, los odios y pasiones incontenibles, ya pasó. Ahora es un hombre normal, que se aburre mucho. “Ya no odio sin razón; ahora raramente me hago cargo de sentimientos que no me conciernen”, concluye con desolación.

ROSA MORA, Babelia (diario El País, Madrid), 6 de junio de 1998

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LANCES DE UN PASADO BRUJO
El escritor argentino Lázaro Covadlo confirma si maestría como narrador en su novela Remington Rand.
Narrativa. Remington Rand. Una infancia extraordinaria. Lázaro Covadlo- Áltera, Barcelona, 1998- 302 páginas. 2350 pesetas
ENRIQUE VILA-MATAS
Un bombero, el último día de Sant Jordi en Barcelona aprovechó la reivindicación laboral de su sector para leer, colgado de un árbol de las Ramblas, la novela Remington Rand, del escritor argentino Lázaro Covadlo. La fotografía de este peculiar lector apareció en las páginas catalanas de este periódico y cuando alguien le preguntó al bombero rampante por qué había elegido precisamente ese libro declaró desconocer por completo los motivos. El bombero parecía salido directamente de Agujeros negros, ese excepcional libro de cuentos de Covadlo (Buenos Aires, 1937) publicado sigilosamente en noviembre del año pasado y que, si bien no parece haber sido leído por la élite de la crítica española, no ha parado en cambio de recibir entusiastas eleogios públicos por parte de reconocidos cuentistas como Muñoz Molina, Sergi Pàmies, Jiménez Lozano, Martínez de Pisón, Quim Monzó, García Sánchez, Martín Garzo, entre otros.
Entre tanta mediocridad literaria, Agujeros negros ha representado una verdadera bendición bruja para los amantes del cuento extraño. A la obsesión por un lenguaje directo y claro que huya del rebuscamiento y a la vez fomente la musicalidad del texto, se detecta en ese libro 12 relatos —ver, por ejemplo, el impagable Preparación para el abismo, donde un niño loco no soporta la sala de espera de la infancia— la búsqueda de puntos de vista distintos que, apoyados en un humor infinitamente serio, exploten como bombas de relojería en el sentido común del lector poco habituado a escritores que reinventan el mundo.
En Remington Rand, con la misma economía expresiva de su libro de relatos, Covadlo sigue reinventando el mundo, en esta ocasión contando las aventuras de otro niño loco, jinete solitario que lleva en su cuerpo la sangre de sus antepasados. Medio indio y medio judío —con el telón de fondo de la ambigua identidad argentina—, el que fuera un niño loco y ahora es un hombre normal que se aburre nos relata los lances de su pasado brujo y los trances de una infancia que califica de extraordinaria, y no hay para menos, pues su capacidad de penetrar en la mente de los otros tocando objetos que les pertenecieron unió, gracias a una mágica flojera de rodillas, la habilidad —“pude haberme apoderado del mundo”, nos dice— de dictar palabras y conductas a los demás, incluido el general Perón. Y todo esto, sus fabulosas aventuras infantiles, la historia de alguien que ha vivido muchos fragmentos de vidas ajenas, lo escribe en una Remington modelo 1896 para acabar confesándonos que se aburre, se aburre mucho, lo que lo lleva a pensar que alejarse de la infancia y de sus poderes brujos le ha dejado viviendo una vida fósil y sin altibajos, atado para siempre a una esposa rubia y a una Remington que fue de otro, de un escritor sucidado.
BABELIA (El País) 2/5/1998

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PATAGONIAN WELSH AND PAMPA INDIANS
Remington Rand: una infancia extraordinaria, by Lázaro Covadlo (published by Mondadori). An adventure novel with elements of the time-honoured magic realism tradition in this contintent, abou Pampa Indian, Eladio, recollecting his extraordinari childhood in the Buenos Aires of the 1950s and his life among the Pampa Indians where hi was made a “Toqui” (Indian chief), said to have whitchcraft powers. The whole history of race, with great Indian chiefs from the past like Cafucurç and Namuncurç, is revived in his memory as a proud tribute to his inheritance. The “Remington” name in the title refers both to the guns killing thousands of indians during Argentina’s military campaign into the wilderness under General Roca (truly genocidal by today’s standars), and to the typewriter Eladio uses write his memoirs mixing fiction whith real history.
IP
Buenos Aires Herald, 4/2/2001
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RECUERDOS DE UN TOQUI PAMPA
“REMINGTON RAND. UNA INFANCIA EXTRAORDINARIA”, de Lázaro Covadlo.
Mondadori. Barcelona 2000

Con un ingenioso juego de palabras que nos acerca al valor simbólico de sus objetos, la primera voz narrativa recrea desde una vieja máquina Remington —heredada del suicida Calixto Rosa— una historia fantástica que gira en torno al exterminio indígena por efecto de las carabinas Remington (de la Rand Company, la misma corporación que fabricara la máquina en la que ahora escribía) de los huincas (blancos) en la Guerra del Desierto. Desde la fuerza del teclado, el narrador se asienta en una fuerte deixis “Y esto lo escribo en la vieja Remington de Calixto Rosa que ya era vieja cuando él redactaba artículos para los periódicos...”, para remitirnos al soporte del texto como mediador para evocar tantas anécdotas extraordinarias vividas en su infancia. Cuando tocaba sus teclas, le ardían las yemas de los dedos, se reproducían las evocaciones o le subía un odio incontenible hacia Hipólito Irigoyen, Leandro Alem, L. Lugones, todos ellos políticos y poetas del tiempo de sus bisabuelos.
“Ya no odio sin razón”; con este otro marcador temporal que intercala en la narración nos revela el cambio de visión al darnos a entender el antes y el después y su posición en la elaboración del relato. Inductor de voces y conductas, desde pequeño pudo comprobar el poder de su mente, capaz de atrapar y recorrer el pasado, para conjugarlo en el presente en escenas de odio y pasión. Pasa revista a su infancia junto a su abuela mestiza y sus padres, durante períodos políticos comprometedores —Perón, los Montoneros— en los que asiste a reuniones sindicales junto a su padre, luego acusado de comunista.
Cuando logra vencer a la policía con sus recursos “sobrenaturales”, la madre les aconseja refugiarse en el campo, en casa de familiares en Coronel Salgado. Allí comienza otra odisea no menos sorprendente que la anterior, que le permite conocer a los pampas de la zona, con quienes traba una fuerte amistad. Nota que puede dominar a los animales y a los hombres díscolos de la zona y en más de una ocasión es venerado como toqui (cacique de los mapuches) que regresa a reivindicar a su gente.
Conoce su ascendencia y comprueba que el color de su piel y los rasgos físicos lo acercan a los Namuncurá, deteniéndose a relatar toda la historia de su estirpe. Con la Remington puede exponer los hechos en relación con la historia que lo involucra y lo acerca al mundo de los pampas. Aunque de genes europeos, los antecedentes de sus antepasados fueron los Calfucurá y Namuncurá y se siente igual a ellos en sangre y en aspecto físico (de allí se entiende la preocupación de su abuela cuando después de cada acción sobrenatural, le soplaba a los ojos para erradicar los viejos espíritus, repitiéndole que poseía “sangre de infieles”). La derrota de los suyos, anterior a la de Namuncurá, había sucedido en una toldería de los alrededores de Salinas Grandes cuando una tropa del General Roca en la que venía su bisabuelo Juan Manuel Álvarez, atacó y exterminó a los habitantes del lugar, entre los que estaba su bisabuelo Clemente Cachul, de los Catriel.
Recuerda a su padre como lector de Kropotkin, Bakunin, Proudhon, Ruskin, Fourier y a su madre siempre melodramática, con la palabra “infarto” incorporada a su repertorio diario, por los dolores de cabeza que le ocasionaba.
Como inductor de voces y de conductas extrañas, se solazaba poniendo en boca de sus contrincantes palabras sueltas escuchadas al azar, haciéndoles hacer su voluntad. Desde pequeño fue capaz de resolver sus cuestiones pandilleras y ya más grande, entre quienes se interponían en su camino.
Entre los radioteatros de Nené Cascallar con la voz de Oscar Casco y los encuentros con Baltasar y Cipriano Chocorí, pudo rescatar su pasado indígena y comprobar que traía la sangre de otros toquis más grandes que él: Caupolicán y Lautaro, cuyo hijo había continuado la lucha contra los huincas, y como el más grande: Calfucurá, podía mandar sobre los animales, adivinaba el pensamiento de los hombres y les hacía decir y hacer lo que él quería.
Recuerda su regreso a Buenos Aires, las anécdotas de su juventud, su primer amor y su posterior casamiento, para finalizar destacando que desde la Remington, al intentar reconstruir el pasado, lo hacía como hombre común, casado con una rubia, que tenía hijos y vivía una vida normal, muy aburrida.
Este libro es extenso y por momentos denso ante la calidad y cantidad de historias recuperadas, pero se justifica por el tamaño de la empresa que no podía ser recreada de otro modo. Es un verdadero deleite su lectura, porque más allá del grado de verosimilitud, permite conocer una historia bastante retaceada, y al mismo tiempo, la dinámica del relato y de las acciones, resultan altamente gratificantes, no sólo por las travesuras y los matices de este niño mitad indio mitad brujo, sino por el manejo seguro del lenguaje capaz de reproducir los mínimos detalles, las sensaciones y las escenas más grandilocuentes.
MARIA LUISA MIRETTI. EL LITORAL (Santa fe, Argentina) 24/3/2001

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UNA MÁQUINA LITERARIA
REMINGTON RAND. UNA INFANCIA EXTRAORDINARIA de Lázaro Covadlo. Barcelona. Mondadori, 2000. 257 páginas.
En España, Lázaro Covadlo (Buenos Aires, 1937), es considerado “un autor de culto”. Esa admiración —mezcla de cierta incapacidad de la crítica por no saber explicar ni qué escribe ni cómo lo hace—, nació inmediatamente después de la publicación de sus primeros libros, Agujeros negros y Remington Rand, ambos de 1997. Luego vendrían el estupendo volumen de cuentos Animalitos de Dios y la novela La casa de Patrick Childers. La narración de Covadlo resulta amablemente desconcertante; con las mismas sencillas palabras que atrapa al lector en una historia excepcional, lleva adelante una novela de elaborada estructura. Remington Rand. Una infancia extraordinaria cuenta la historia de un niño que tiene el extraño poder de “ver” la vida de las personas a través de sus objetos personales. Así, en primera persona y desde la madurez, Eladio, en tono de íntima confesión y en una máquina de escribir Remington 1896, escribe su infancia mágica gracias a ese don —al que se suma mandar “ondas cerebrales” a las personas para que hicieran lo que él deseaba—, alternándola con la de sus bisabuelos (un cacique pampa y un soldado de Julio A. Roca), la de toda su familia, la de los personajes con cuyos objetos estuvo en contacto y la de nuestro país hasta los años ’70. Covadlo reconstruye así, en registros distintos que se entrecruzan hábilmente, la historia política y social argentina en los últimos cien años. Al tiempo que se sirve de los ingredientes de la más pura fantasía con toda naturalidad, su narración es vigorosamente realista y se ancla en datos históricos precisos. Sus indios, gauchos, cautivas, soldados, damas, vecinos, inmigrantes, prostitutas, taxistas, en una gran lista de personajes que aparecen y desaparecen a medida que se suceden las situaciones y las épocas, son personajes de una complejidad y humanidad, que excede lo literario. Y lo extraordinario, entonces, es posible
PATRICIA RODÓN
REVISTA UNO, (Mendoza, Argentina), 28/4/2001

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Unos meses después de que el lector español tuviera la oportunidad de descubrir la obra narrativa de Lázaro Covadlo (Buenos Aires, 1937) a través de su colección de cuentos titulada Agujeros negros (Áltera, 1997), este conocimiento puede completarse con la publicación de la novela Remington Rand. Una infancia extraordinaria, finalista en el prestigioso premio Planeta del Sur 1997.
Remington Rand es la narración que, en primera persona, hace Eladio de su infancia. El descubrimiento, por parte del protagonista, de su facultad para recuperar el pasado vivido por otros a partir de los objetos, de su sensibilidad táctil respecto del tiempo, así como su capacidad para modificar voluntad y palabra de aquellos que le rodean, son los rasgos con los que el autor presenta a su narrador, protagonista, el niño Eladio, llamado, según algunos, a reunir a los descendientes de las tribus precolombinas del territorio argentino.
Tres aspectos destacan en esta novela, que hacen de ella y de su autor acreedores de elogio. En primer lugar, la narración parece tener la estructura de una novela de aprendizaje —de hecho, lo es—, pero dicha estructura no es más que un armazón sobre el que se construye una historia insólita, que resultará nueva para el lector, cuyo motor es la fascinación y creencia de Covadlo en la fuerza misma de la materia narrativa, sin artificios o recursos técnicos en primer plano. En segundo, puede pensarse —en la búsqueda de referencias y/o fuentes literarias— que nos encontramos ante una muestra más del llamado en su día realismo mágico; no es así, su autor saber renunciar a la sorpresa narrativa de las facultades de su personaje y lo integra, plenamente, en el devenir de la historia reciente de Argentina, de modo tal que, en ocasiones, algunos hechos reales parecen tener su explicación en la existencia y presencia de Eladio. Por último, y no menos importante, Covadlo cuida como el que más el registro de sus personajes y la lengua del conjunto de la novela, con lo cual el lector tiene la certeza de estar ante un texto muy bien elaborado y sin las cicatrices de la impostura. Es, sin lugar a dudas, una buena elección la lectura de esta novela.
JOSÉ FRANCISCO RUIZ CASANOVA
LATERAL, julio-agosto 1998