ALUCINACIONES
Entre los muchos rasgos que caracterizan la literatura de Lázaro Covadlo, escritor argentino residente en España, está su afición por los personajes extravagantes, cuando no directamente monstruosos. Extravagantes o monstruosos eran los protagonistas de los mejores cuentos de Agujeros negros (1997), extravagantes o monstruosos también los de las mejores páginas de sus novelas posteriores: Remington Rand, una infancia extraordinaria (1997), Conversación con el monstruo (1999), La casa de Patrick Childers (1999). No muy distintas son las criaturas que pueblan los relatos de su última obra, estos Animalitos de Dios que parecen brotar del sueño de la razón, de los rincones más oscuros e insondables del alma humana, verdaderos habitantes de los sueños o las pesadillas sin encaje posible con esta realidad nuestra de cada día.
Veamos algún ejemplo: un inválido que se entretiene pegando tiros desde su ventana, un hombre que cree que su mujer ha quedado embarazada de un osito de peluche, un pordiosero que descubre el camino de la santidad en el amor a todo tipo de animales, un suicida lacónico y ceremonioso, un historiador obsesionado por dejar constancia escrita, minuto a minuto, de todos sus actos, un médico militar al que se le aparecen los cadáveres de las personas en cuya desaparición colaboró activamente en los años de la dictadura... Prisoneros de sus propias alucinaciones, los personajes de Covadlo hace tiempo que atravesaron el umbral de la locura, y no parece que vayan nunca a regresar de ahí. La locura es, de hecho, el tema central de este volumen de cuentos, y el mayor de sus logros acaso consista en esa forma especialmente equilibrada y sensata de enfrentarse al desequilibrio y la falta de sentido. Acierta Covadlo al observar esa locura desde fuera, estableciendo entre los narradores y sus historias la distancia suficiente para que todo, incluida por supuesto la misma locura, acabe sometido a la más sólida de las lógicas narrativas. Lógica y locura: acaso en la armoniosa y feliz alianza entre ambas resida la clave última de las muchas virtudes que encierra la última entrega literaria de Covadlo.
Pero he hablado de una forma equilibrada y sensata, y tal definición no alcanza a trasladar una idea cabal de la riqueza de recursos narrativos que el autor acredita en este libro. Hablando de la obra de Covadlo, uno no puede dejar de aludir a dos de los elementos que en mayor medida contribuyen a caracterizar su concepción literaria. Dos elementos, la parodia y el humor, que pueden rastrearse en todos sus libros y que (no podía ser de otro modo) suelen presentarse estrechamente unidos. En cuanto a la parodia, insiste Covadlo en adoptar determinadas convenciones de la tradición narrativa para darles vuelta y desbaratarlas. Si en La casa de Patrick Childers proponía una revisión paródica de la literatura gótica, en varios de los cuentos de Animalitos de Dios hace algo muy parecido con géneros tales como el policiaco, el de terror, el cuento infantil, las narraciones extraídas del folklore o incluso la vida de santos. Gusta el autor de jugar con todas las tradiciones literarias: toma elementos de aquí y allá, los mezcla, los transforma, a menudo los violenta, y el resultado final tiene algo, si no mucho, de broma literaria. En cuanto al humor, parece evidente que este gran burlón literario que es Lázaro Covadlo no puede sino cimentar en él el núcleo central y más consistente de sus particulares construcciones narrativas. Un humor que unas veces se escora hacia lo grotesco (estoy pensando en el episodio de los celos de Florencio Galsgaard, en el relato titulado “Acero inoxidable”) y que, otras, puede acabar resolviéndose en un simple chiste (la historia del perdedor que pierde hasta en un concurso de perdedores, la del peculiar triángulo amoroso formado por un hombre, una mujer y Toti, ¡un osito de peluche!). Un humor en todo caso irreverente y zumbón que irremediablemente se gana la complicidad y la simpatía del lector.
En feliz contraste con la índole de su prosa, siempre sobria y contenida, las historias de Covadlo tienden a la desmesura y el exceso, lo que hace que algunos de sus cuentos se muevan en el borde mismo del precipicio, con grave riesgo de despeñarse. Pero es ahí, en ese borde del precipicio, donde el escritor, cuando consigue asentar sus pies y mantener el equilibrio, alcanza a dar lo mejor de sí mismo. Es el caso, por ejemplo, del cuento escuetamente titulado “Relato de carretera”, en el que, cumpliendo una especie de maleficio (“haré que vivas tus peores pesadillas”) y obedeciendo a la caprichosa pero implacable lógica de los malos sueños, un viajero pierde un autobús y acaba encontrándose desnudo en mitad de un bar de carretera: el lector tiene en todo momento la sensación de que el cuento está a punto de desmoronarse pero tal cosa no llega a ocurrir, y si eso es así es porque su autor avanza por el límite último del abismo con la destreza y el aplomo de un funámbulo experimentado.
Libros como éste son de los que afianzan en uno la certeza de que un buen cuentista jamás escribe un mal cuento. Lázaro Covadlo es sin duda un buen cuentista, y eso garantiza que, pese a las naturales e inevitables desigualdades, no haya entre los relatos de Animalitos de Dios ninguno que llegue a defraudarnos.
IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN, ABC CULTURAL, Madrid. 18 de noviembre de 2000.
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LA CRÓNICA
NOTICIAS DE COVADLO
SERGI PÀMIES
Nadie escribe como Lázaro Covadlo. Ténganlo en cuenta cuando se enfrenten a su último libro, una recopilación de relatos titulada Animalitos de Dios (Mondadori, 160 páginas, 1.500 pesetas), escritos casi todos en los dos últimos años. Encontrarán historias que empiezan, por ejemplo, con frases como ésta: “Le había sacudido un bofetón a su mujer a eso de las tres de la tarde”. Es un comienzo que sugiere vida cotidiana, violencia doméstica, acaso un lío de celos. Pues no. Quizá porque, como dice Ricardo Piglia, un cuento siempre cuenta dos historias, éste habla de los desaparecidos durante la dictadura argentina, reflexiona sobre la barbarie en general a partir de la barbarie en particular, juega con la hipocresía del juramento hipocrático y acaba haciéndole justicia a la hondura de un título inolvidable: Llovían cuerpos desnudos.
Covadlo vive en Sitges y es argentino, aunque también podría decirse que es judío y coleccionista de máquinas de escribir, y todo sería verdad hasta cierto punto, como que le cuesta hablar de sí mismo y que, antes que responder a las preguntas que le hago, prefiere perderse por los recodos de una conversación en la que caben el humor, la física cuántica, los recuerdos de ácidos lisérgicos, el patriotismo, la memoria, la ficción o una realidad que, según él, “suele confundirse con lo tangible. De mirada nerviosa, Covadlo (Buenos Aires, 1937) pone a prueba la capacidad de escandalizarse de su interlocutor en un juego dialéctico estimulante y confuso. Se deja fotografiar sin poner pegas, conversa con la fotógrafa y, de reojo, no deja de observar ese extraño mar de Sitges, que tiene la rara peculiaridad de estar mucho más tranquilo en otoño que en verano. Confiesa ser un pésimo contador de cuentos y tampoco podría ganarse la vida contando chistes. Y, sin embargo, escribe como nadie. Novelas, cuentos, lo que le echen. Aunque en Animalitos de Dios, tras dos novelas, ha vuelto a lo breve dejándose llevar por una metodología que tiene mucho de intuición. “Escribo por el gusto de la narración, sin esperar forzosamente el momento sorpresa. Si se da, se da. Si no, mala suerte. Mientras estoy en ello, disfruto del cuento. Ocurre como con el sexo. Uno no debería ponerse a follar pensando sólo en alcanzar el orgasmo. Si llega, bienvenido sea. Pero si no llega, también habrás disfrutado”, dice tras pedir su tercer café. Y lo que acaba de decir, de un modo aparentemente desordenado y huyendo del intelectualismo fácil, me recuerda algo que escribió Piglia: “El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Reproduce la busca siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta”. Y, sin embargo, lo que hace Covadlo no parece tan mental, y sus personajes, indigentes o fantasmas, hijos de osos o cuervos, parecen decidir por ellos mismos. “Me dejo llevar y a veces tiendo al disparate. Con los personajes me comporto un poco como con mis hijos: ellos quieren hacer su vida, así que yo me limito a ser un notario de lo que hacen”, añade.
Covadlo sonríe. Le ilusiona la aparición de su libro y también que su amigo y vecino Fernando Krahn le haya ilustrado la portada con un dibujo que dice mucho sobre Krahn, pero también sobre la especie humana. “Me identifico plenamente con el humor de Krahn. Me encanta su capacidad de reflexionar sobre el todo a partir de un pequeño detalle”. Cuando intento teorizar sobre su estilo, atraparlo con la camisa de fuerza de las etiquetas, Covadlo se escabulle con una sonrisa que, combinada con la tristeza de su mirada, produce un efecto similar al que, en una entrevista, él definía como de “chiste en un velatorio”. Insiste en no dejarse atrapar por lo teórico y, sin darle importancia, comenta: “Las teorías siempre vienen después de los hechos. Algunos insisten en que un cuento debe ser una máquina perfecta, pero la perfección es un objetivo poco estimulante. Si algo es perfecto, ya no se puede modificar y, por tanto, eso no me interesa porque se trataría de algo terminado, muerto”. Nos despedimos junto a un aparcamiento, él con la sensación de que no ha contestado a ninguna de mis preguntas y yo con la sensación de que mis preguntas eran idiotas y que, por tanto, hizo bien en no contestarlas. Cuando llego a casa, releo El fantasma de Castelldefels y Llovían cuerpos desnudos y empiezo a escribir este artículo a partir de una primera frase que me arrastra hacia las demás: nadie escribe como Covadlo.
EL PAÍS, 13 de octubre de 2000
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AL BORDE DE LA PERFECCIÓN
ANIMALITOS DE DIOS
Por Lázaro Covadlo-Mondadori-160 páginas-($13)
No es el primer caso, ni será el último, de un argentino que es primero reconocido en el exterior. Eduardo Lázaro Covadlo nació en Buenos Aires en 1937, y entre 1965 y 1973 publicó en Argentina sus primeros libros (que él mismo considera "borradores pasados por la imprenta"). Sin embargo, Animalitos de Dios desembarca con el aura que rodea al autor a partir del momento en que se publicó en España -donde reside desde 1975- el volumen de cuentos Agujeros negros (1997), que recibió el inmediato elogio de varios escritores españoles de renombre, como Enrique Vila-Matas o Antonio Muñoz Molina.
Luego, su novela Conversación con el monstruo , finalista del premio Planeta Argentina y publicada aquí por Emecé en 1994, fue reeditada por la filial española de la misma editorial. En dirección inversa, Mondadori promete ahora la publicación, en Argentina, de los dos primeros libros que cimentaron la fama del autor en España, el citado Agujeros negros y la novela Remington Rand, una infancia extraordinaria .
Al igual que su anterior volumen de cuentos, Animalitos de Dios contiene doce relatos. Todos ellos tienden a producir la impresión de que Covadlo posee un variado arsenal de recursos que ya son tradición en el cuento relativamente breve (poco más de veinte páginas el más extenso). Siempre hay una línea de acción concentrada, con giros más o menos imprevistos que modifican definitivamente la vida (o la muerte) de los personajes. Éstos son en todos los casos seres con características muy marcadas, con una cierta rareza o extravagancia. Y el humor, con predomio de la ironía, nunca está ausente.
En un par de casos, el resultado, dentro de la propuesta, roza la perfección. El título de uno de esos cuentos, "Acero inoxidable", alude al material de que estaba hecho un cinturón de castidad en el siglo XI, según una novela "histórica" escrita por la coprotagonista. Para su desgracia, la dueña de tan inexacta imaginación se casa con un historiador obsesionado por la exactitud de datos y registros.
El pugilato existencial entre ambos, narrado en tercera persona pero con la inclusión de fragmentos de los diarios en que ambos registran cada minucia de sus vidas, está formidablemente construido. En "El cuervo", un tétrico cuento infantil se entrelaza con el presente de la mujer que recuerda haberlo escuchado, siendo niña, de boca de su trágico padre.
Los diez cuentos restantes se sitúan un pequeño escalón más abajo. En algunos casos, porque no alcanzan la misma apariencia de perfección en todas las piezas del mecanismo; en otros, porque arriban a un final que no tiene tanta contundencia como el impecable desarrollo que lo precede. Entre los últimos está "Relato de carretera" (el más largo), un día en la vida de un hombre que, conminado por su mujer, viaja a encontrarse con ella y los hijos de ambos, hasta que en el camino algo le impide llegar a destino. Entre los primeros hay dos cuentos "argentinos". Uno, "Llovían cuerpos desnudos", es la debacle final de un médico retirado de la Armada que, cuando viaja en avión, cree ver por la ventanilla cuerpos de detenidos arrojados al Río de la Plata durante la dictadura. En el otro, "Colorado", un tal Covadlo recuerda, de sus tertulias en el Buenos Aires de los sesenta y setenta, a un amigo jujeño cuya figura termina confundiéndose inquietantemente con las historias folclóricas de aparecidos y desaparecidos que aquel muchacho solía contar.
La inventiva de Covadlo despliega un abanico de otros curiosos personajes, entre los que se cuenta un mendigo, beato, que se cruza con un Nietzsche anacrónico y termina santificado por Salomé (Lou Andreas).
PABLO INGBERG
LA NACIÓN, BUENOS AIRES 17/9/2000
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DESFILE DE MASCOTAS FEROCES
Lázaro Covadlo es argentino, aunque reside en Cataluña, más precisamente en Sitges, a pocos kilómetros de Barcelona, desde hace veinticinco años y, de hecho, es más conocido en España que en nuestro país. Agujeros negros es el libro con el que hace apenas tres años comenzó a hacerse conocido en las librerías hispanas, y desde entonces ha publicado en tiempo record las novelas Remington Rand, una infancia extraordinaria; Conversación con el monstruo y La casa de Patrick Childers, además de un libro de artículos periodísticos. La edición reciente de su obra puede hacer creer que se trata de un escritor novel, pero Covadlo no lo es. Antiguo redactor de Confirmado, antes de que la dictadura lo obligara a buscar otras salas de redacción, siempre matizó su profesión de periodista con la escritura de ficciones. Y en éstas, lo que predomina es el gusto por hacerle un hueco a la realidad para escaparse a través de él.
Como si trataran de cumplir con una de las pocas máximas que Ernest Hemigway se imponía a la hora de escribir sus relatos —“Dejar de lado todo e inventar a partir de lo que se conoce”—, las doce historias reunidas en Animalitos de Dios convocan al mismo tiempo la proximidad de lo conocido y la inquietud por lo que puede ocurrir. Y si bien es cierto que lo segundo procede más de una escritura que avanza por cuenta propia que del cálculo de efectos que se quiere provocar, la búsqueda de la proximidad es deliberada. Esa cercanía funda una confianza y también una complicidad con el lector. Ambas son condiciones necesarias para poder desarrollar el aspecto más artesanal de su estilo: un humor cáustico y sutil, impregnado de minucias de la vida cotidiana, y que la confluencia de la nacionalidad argentina con la residencia española no ha hecho más que agudizar.
Rastros de su pasado porteño subsisten en dos de los cuentos: “Llovían cuerpos desnudos” y “Colorado”. En ambos hay una línea temática común, como si los años de represión en Argentina hubieran impreso a fuego la presencia irreductible y el carácter fantasmático de la muerte. En el primero, un médico militar trata de ahogar con alcohol y comida el recuerdo de los “vuelos de la muerte”. El segundo está protagonizado por un extravagante personaje, el Colorado Amaral, frecuentador de los bares de la avenida Corrientes en la década de los setenta, que en un extraño sincretismo aunaba la mitología de su Jujuy natal y el troskismo, y que terminó abatido mientras soñaba un futuro revolucionario.
Tanto los anteriores como el resto de los cuentos de este volumen están sujetos al régimen de lo imprevisible. Y no porque su autor se asuma como un profeta de las sorpresas —su arte carece de esa mala fe— sino porque entre todas las resoluciones que estos relatos podrían tener, siempre opta por aquellas que, siendo posibles, resultan las más inesperadas. A un primer contacto casi íntimo, en el que se narran situaciones que cualquiera puede reconocer o al menos imaginar, le sigue un desarrollo que se desvía hacia un desenlace difícil de predecir.
Sin embargo, sería equivocado afirmar que las soluciones estén prefiguradas de antemano, pues la eficacia de estas historias no reside en los finales contundentes. Se sostiene, en cambio, en pequeños detalles de construcción que marcan una variación mínima, pero suficiente para determinar el curso posterior de los acontecimientos. Variación desconcertante que imprime un interés continuo, creciente.
Para ilustrar este procedimiento es necesario hacer una breve reseña de algunos de los argumentos. Un distinguido profesor universitario decide suicidarse luego de haber recibido un homenaje por sus cuarenta años de carrera: pero en el momento en el que está a punto de beber una copa de champán con cianuro, dos asaltantes irrumpen en su casa (“Intrusos”). Un hombre inclinado a la juerga y a la buena vida recibe el ultimátum de su esposa quien lo conmina, después de haberlo abandonado, a que se reúna con ella y sus hijos. Decidido a cambiar de vida, el hombre va a su encuentro, pero el colectivo en el que viaja parte cuando él todavía está en el baño de un parador. Corre semidesnudo para alcanzarlo, pero los parroquianos malinterpretan su actitud y lo toman por un exhibicionista (“Relato de carretera”). Una recién casada se niega a separarse de su osito de peluche, veinte años más tarde, su hijo tratará de desentrañar los motivos por los que su padre fue encerrado en un instituto psiquiátrico (“Los osos”). Un historiador obsesivo obliga a su joven esposa, escritora de novelas históricas, a apuntar en un diario hasta sus mínimos movimientos. Al leerlo, cada noche, le resulta imposible discernir la ficción de la realidad (“Acero inoxidable”). Un escritor profesional, que redacta libros ajenos por encargo, explica los motivos por los cuales un literato siempre debe llevar consigo un arma (“Un escritor debe ir armado”).
Otra de las características sobresalientes de estos cuentos es el contraste manifiesto entre el perfil de los protagonistas y las circunstancias que les toca vivir. Dotados de algún rasgo que los vuelve entrañables, y por eso mismo, cercanos y reconocibles, la suerte quiere que les sucedan cosas extraordinarias, no por fantásticas, sino por infrecuentes y raras. Incluso, el resto de los personajes con los cuales se relacionan también están dotados de una buena dosis de extrañeza. La elección no es casual y encierra una moraleja que toma la forma de una invitación al lector. En la identificación a la que ellos convocan y a la que éste accede gustoso, está la trampa. “Vengan, acérquense —parecen decir—, que nosotros vamos a acompañarlos a dar un paseo por esta galería del horror y del absurdo que es la realidad”.
El cuento que da título al libro es una muestra cabal de esa intención y de la voluntad mordaz que la acompaña. La figura de Antonio Medina condensa la inocencia y la tontería, exaltadas por una sociedad que cree ver en ellas una iluminación trascendental. Pordiosero de nacimiento y luego mendicante profesional, Antonio se las rebusca para perfeccionar sus métodos, al tiempo que incrementa sus lecturas licantrópicas y la adicción a los pegamentos. En ese estado de confusión, traba amistad con Friederich Nietszche, de quien extrae una única y equívoca enseñanza: el amor a los animales aplaca la fiereza humana. Rodeado de mascotas de toda laya, Antonio alcanza una santidad involuntaria, celebrada por numerosos fieles.
Cuentista de los buenos, Covadlo sabe exactamente dónde detenerse para que la impresión profunda que suscita cada uno de sus relatos permanezca en la memoria del lector y para que, como los buenos vinos, madure lentamente en su paladar.
JORGELINA NÚÑEZ
Diario CLARÍN /Cultura y Nación. Buenos Aires, 12/112000
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DOCE CUENTOS SIN AGUJEROS
Una docena de cuentos basta para reafirmar que Covadlo es un buen narrador y, tan grato como esto, que tiene historias para contar, algo no del todo frecuente en estos días (meses, años). Con un lenguaje claro, este escritor desparrama vitalidad e imaginación en la mayoría de los relatos que integran Animalitos de Dios. Sus cuentos atrapan desde las primeras líneas, ya se trate del enfermizo amor entre un historiador y una novelista (donde además de hacer reír y de erotizar, Covadlo hace reflexionar sobre las novelas históricas) o de la vida de un pordiosero que comparte vino barato con Nietzsche. En ciertas ocasiones la diversidad temática y tonal de los cuentos que se reúnen en una misma obra puede señalarse como una falla, pero en Animalitos de Dios se trata de un elemento positivo, subraya la vitalidad y la sorpresa que depara la lectura. La unidad es otorgada por una mirada que transita la crítica, la ironía, el humor, la piedad y la tristeza de párrafo a párrafo, una mirada libre, ágil. Dos o tres cuentos poseen un desarrollo un poco previsible y están por debajo del resto, pero "Animalitos de Dios", "Acero inoxidable", "Un escritor debe ir armado" y "La estructura de la belleza", entre otros, justifican acercarse a este nuevo libro de Covadlo
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Argumento: Temas diversos e historias que van desde el puro realismo a lo grotesco. Hay caso para todos los gustos en esta obra del escritor argentino radicado en Sitges desde 1975: el accidentado suicidio de un catedrático; un concurso para elegir al hombre más perdedor; un médico militar de la dictadura argentina que ve llover cuerpos; las trampas de la memoria en la cabeza de un exiliado; desencuentros amorosos entre arquitectos; un escritor que se ofrece de negro; el encuentro entre un obsesivo historiador y una escritora de novelas históricass; el imposible reencuentro entre un marido arrepentido y su mujer; la relación de una mujer con su osito de peluche; un padre políticamente incorrecto; una historia de amor en torno a los gatos, y la vida y obra de un pordiosero muy particular.
SERGIO CRISCOLO
Revista QUÉ LEER, Barcelona, enero 2001>
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QUERIDOS MONSTRUOS
El argentino radicado en España Lázaro Covadlo se dio a conocer con la publicación en 1997 de “Agujeros negros”, una deslumbrante colección de relatos publicados por una editorial (Áltera) tan excelente como desconocida. Gracias al éxito de aquella docena de cuentos, Covadlo pudo publicar las novelas “Remington Rand, una infancia extraordinaria”, “Conversación con el monstruo” y “La casa de Patrick Childers”, editadas respectivamente por Áltera, Emecé y Mondadori.
Ahora vuelve Lázaro Covadlo de la misma manera que empezó, es decir con otros doce cuentos en los que desarrolla todo su excepcional talento para la narración en las distancias cortas. ¿Se figuran un bar que convoque un concurso de perdedores? ¿Se imaginan que el rey de los fracasados se presente al concurso y que lo pierda por culpa de un fantasma? Hechos tan paradójicos, raros y divertidos se suceden en las páginas de “Animalitos de Dios”, cuyo título informa perfectamente bien de la filosofía que preside la escritura y el mundo literario de Lázaro Covadlo.
Una visión del mundo y sus atribulados habitantes (esos “animalitos de Dios” torpes y descarriados) tierna e irónica. El escritor contempla la parada de los monstruos con la sonrisa de un demiurgo amable y nada aciago, comprensivo y un punto socarrón. Covadlo redescubre el placer de contar sin efectismos y sin pretensiones, con amor y talento.
JOSÉ FERNÁNDEZ DE LA SOTA
EL CORREO, 10/1/2001
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Extraños personajes y, en no escasas ocasiones, insólitas historias que derivan en desenlaces no menos inesperados. Esta parece ser la tónica de Lázaro Covadlo. El singularísimo escritor argentino, desde hace años afincado en Barcelona, no deja de regalarnos con unos mundos excéntricos que, en su periplo hispano, empezaron a ser publicados por primera vez en Agujeros negros (1997). A este volumen de cuentos siguieron novelas como Conversación con el monstruo, Remington Rand y La casa de Patrick Childers. En Animalitos de Dios, el lector encontrará héteros de toda índole. El libro se abre con la historia de un profesor recién jubilado que, en el preciso momento en que intenta suicidarse, es asaltado por unos delincuentes, y concluye con la del mendigo Antonio Medina, quien se convierte en un santón vegetariano tras una conversación con Nietzsche. Entre una y otra, sobriedad en el arte narrativo y destilación de un humus que combina ironía cáustica y sorpresa para presentar una amplia gama de protagonistas desclazados y marginales donde los haya. Entre otros, el de un militar argentino obsesionado por la lluvia de cuerpos desnudos de aquellos a quienes asesinó; el de Cayetano Amaral, originario de Jujuy, y la corte de místicos y míticos monstruos que lo acompañan en su viaje a Buenos Aires; el de Florencio Glasgaard, un meticuloso profesor que anota todas las acciones en un dietario personal, y el de su esposa Anabel Camargo, una novelista que acabará traicionándolo por ser, precisamente, fiel a sus consejos de literalidad; el del novio que se ve despechado por una mujer que no ha sabido desprenderse de su fijación por un oso de peluche. Ninguno tiene desperdicio.
Los cuentos reunidos en torno al título Animalitos de Dios no parecen, en principio, guardar relación con la primera recopilación ni, mucho menos, con las novelas; sin embargo, todos los relatos comparten la marca de unas presencias procedentes de un imaginario tan singular como heterogéneo. Las influencias (en absoluto temidas) enraizan, entre otros, en Borges y Cortázar; en la narrativa anglosajona, en general, y en la norteamericana, en particular; en la novela negra, el jazz y el cine también norteamericano. Las realizaciones descansan en la firmeza de una escritura que es capaz de cristalizar la voluntad de hacer desvanecer, en primer lugar, las denominaciones genéricas y, en segundo, a fuer de introducir delirios y visiones como formas de conocimiento de la condición humana, la distancia entre realidad y ficción.
KARMEN OCHANDO
Revista LATERAL, Barcelona. Marzo 2001
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EMPECÉ POR EL ÚLTIMO CUENTO, ANIMALITOS DE DIOS, Y LO TERMINÉ CON UNA SONRISA: CADA PÁRRAFO ERA UN MOTIVO DE FELICIDAD.
Mataría –o al menos amenazaría a alguien con una pistola sin balas, ¿o con balas?, ¿es necesario tanto dramatismo?– por tener entre manos otro libro de Lázaro Covadlo; el viejo –tiene 67 ó 68 años, y su primer libro lo publicó a los 60– no es un autor reconocido ni famoso; no figura en ninguna lista de los más vendidos ni es un acontecimiento de mercadotecnia literaria, ¡quién hace filas para comprar un libro de Covadlo! Ni yo.
Animalitos de Dios –como un truco del más allá, o de Lázaro: su nombre tiene algo de milagro– apareció, se me apareció, en una mesa de saldos; el lugar maldito al que van a parar todos los bastardos del mercado editorial antes de caer en una trituradora de papel. Me gustaron la portada y el título y lo abrí al azar. Era un libro de cuentos. Leí las primeras líneas de uno de los del centro y me encantó su prosa: una escritura limpia y con la elegancia de otro tiempo que exhibía Bioy Casares en sus relatos. Más adelante, cuando lo leí todo, me di cuenta de que además era un escritor camaleónico: podía escribir como Chandler o como Cortázar. Y siempre era él. Lázaro Covadlo. Pagué una suma irrisoria por el libro y me fui a casa
Empecé por el último cuento, "Animalitos de Dios", y lo terminé con una sonrisa –en realidad varias: cada párrafo era un motivo de felicidad– y decidí leer el libro en orden. Fracasé. Leí el primer cuento –una sonrisa más, un momento más de regocijo– y volví a "Animalitos de Dios", ¡que historia tan… ¿por qué me cuesta tanto encontrar un adjetivo?! Terminé el segundo relato –otra sonrisa fantástica– y de nuevo volví a poner mis ojos en "Animalitos de Dios". Después de finalizar el tercer cuento sólo devoré un pequeño fragmento de mi adorado "Animalitos de Dios" y tomé la decisión de no leer más. Este condenado libro, pensé, es demasiado breve para agotarlo como si se tratara de un cochino best seller. Además tenía miedo de aprendérmelo de memoria. Tomé otros libros de cuentos –grandes libros de cuentos– para hacer la pausa más llevadera. Repasé a Monterroso y a Arreola. Me entretuve con los Cuentos completos de Truman Capote. Y regresé a Animalitos de Dios. En el séptimo cuento, "Acero Inoxidable", creí que me hallaba ante un prodigio, ¿por qué nadie me había hablado de Covadlo? Tuve que contener mi hambre de más historias con otro autor: Roberto Bolaño. Leí algo de sus Putas asesinas y en el momento menos pensado –¿este libro tiene algún tipo de narcótico?– tenía una vez más Animalitos de Dios entre las manos. ¿Por qué tanta adicción? ¿Por qué tantos halagos? Hace un tiempo, 6 ó 7 años, la literatura latinoamericana tuvo una pequeña sacudida con el manifiesto de McOndo, palabras más, palabras menos: No más Realismo Mágico, No más mujeres voladoras, No más encantadores de serpientes; Covadlo no debió leerlo; o lo leyó y lo desechó. Porque la literatura es otra cosa. Continuó con lecturas como El secreto de Joe Gould y dejó que pasara lo que ha pasado: una proliferación absurda de novelistas urbanos empeñados en contarnos sus borracheras y sus experiencias con las drogas; han aparecido detectives obvios que dejan al descubierto desfalcos millonarios de políticos corruptos y cientos de amantes irredentos que tratan de explicarnos el porqué los dejó la mujer de sus sueños. Entre tanto está él: un argentino que nos narra las desventuras del hijo natural de un oso de peluche y las angustias de un historiador que quiere ponerle un cinturón de castidad a su mujer; la matanza de una legión de gatos y el desconcierto de un hombre desnudo que tiene que besarle el culo a una princesa que tiene la piel cubierta de verrugas y se desplaza por el piso con sus brazos y piernas convertidos en muñones. Narra todo eso y fue capaz de escribir "Animalitos de Dios", ¿no quieren leerlo? Es el mejor cuento que me he leído en mucho tiempo.
Por FERNANDO GÓMEZ
Revista GATOPARDO, Bogotá, Noviembre 2004